El viaje a los límites

Manuel Gutiérrez Aragón

En el museo Thyssen- Bornemisza se acaba de inaugurar la que seguramente va a ser una de las exposiciones estrella de la temporada. La gran muestra Gauguin y el viaje a lo exótico reúne no solo pinturas, dibujos, tarjetas postales y fotografías del pintor francés que raramente se pueden ver juntas, sino también  los trabajos de otros artistas que podemos considerar como compañeros intelectuales del viaje. Y quizá una de las claves de la muestra es que no se trata solamente de unos cuadros – maravillosos, demoníacos  fundacionales de la vanguardia- colgados de la pared, sino la verdadera confrontación entre los límites y los excesos, entre lo real y lo fantástico, entre el testimonio y el narcisismo.

Una negación del mercantilismo ya globalizado en la época industrial, empujó al pintor fuera de su patria, de Europa, del mezquino mundo burgués – el pequeño peor que el grande- en el que un artista que estaba tratando revolucionar el arte pudiera encontrar sentido. Hay dos formas de buscar la perfección, una mira hacia la Edad de Oro, y otra hacia adelante, hacia la promesa de un mundo perfecto, el Paraíso en la tierra. Desde luego, no solo estamos hablando de arte. Paul Gauguin trataba de buscarlo en las islas más lejanas, en la vida primitiva y salvaje que después dio origen al bautismo de toda aquello como “primitivismo” artístico. Y además, una vida fácil, sexo fácil, economía de subsistencia.

Los pintores que acompañan la muestra de Gauguin en el museo Thyseen se dejaron seducir por este pionero que les llevó más allá de las fronteras establecidas. Franz Marc o Emil Nolde están representados en la exposición y no solo acompañan al maestro, sino que sus propios cuadros son tan deslumbrantes como los del fundador. Uno nunca deja de sentirse atraído a esos caminos rojos y ocres que aparecen en medio del verde exuberante. ¿A dónde llevan esos caminos? ¿Qué selva hay más profunda que la del deseo? ¿Dónde puede uno esconderse mejor que en el laberinto del propio cerebro?

En las páginas escritas por el propio Gauguin se rastrea este combate en la jungla espesa de la locura, en el que la luz solo aparece a ráfagas intensas y deslumbrantes. La aventura personal del pintor está a la par de sus colores, miradas, trazos.

La abuela de Paul era Flora Tristán, una mujer feminista, “socialista, anarquista” dice de ella su nieto, que no llegó a conocerla (El libro de Vargas Llosa El Paraíso en la otra esquina ficciona estos dos personajes en una misma  novela) La madre de Gauguin, que era la hija de Flora, viajó a Lima con su esposo y el niño recién nacido. Paul tuvo, pues, una infancia peruana. “En Lima vivía en una casa con una terraza en lo alto –en aquel país delicioso no llueve nunca- y los propietarios habían instalado a un pariente loco allá arriba. Le conservaban atado con una cadena a una anilla, y los inquilinos estaba obligados a mantener al loco, alimentarlo y atender a sus necesidades.” En una ocasión el loco se escapó y entró en la habitación del niño. Se miraron un rato en la penumbra. Después el demente se marchó, “sin hacerme nada.” “Otro día los retratos y cuadros de la casa empezaron a moverse, a cobrar vida por sí solos.” El niño Gauguin estaba presenciando un terremoto, pero visto a través de los colores del miedo y la fisicidad del movimiento telúrico.

Los episodios alternativos de violencia, amistad y violencia otra vez con su colega Van Gogh han pasado a la leyenda, el cine, a la música. Pero nada como el propio testimonio de Gaugin sobre el incidente definitivo, tras tirarle Vincent un vaso a la cara: “Te perdono de corazón, pero si se repite puedo perder el control sobre mi mismo y estrangularte. Adiós.”

La  huida de Gauguin en busca de una vida más auténtica, más depurada, aboca finalmente a un encuentro con la vida administrativa de las colonias, donde la humillación, la miseria y la religión se imponen a los nativos.  Y entonces se comprende mejor ese grito rojo, ocre y naranja del “color Gauguin” en medio del Paraíso.

Gauguin fue devorado en vida por su propia biografía. Un amigo le escribió a Taití: “¡No debes volver! Gozas de la inmunidad de los difuntos famosos, has entrado en la historia del arte. Quédate en Oceanía.”

Qué extraño es el éxito.