Libre te quiero

26 Oct 2012
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Durante algún tiempo el género documental ha vivido de una manera marginal al cine, mucho más inclinado a la ficción que al testimonio filmado. No siempre fue así. Las películas documentales de Murnau o de Flaherty – hoy ya clásicas-  gozaron del favor del público en su momento.  Recuerdo que en los cines franceses se anunciaban en el descanso “esquimales helados,” unos polos con sabor a menta, apelativo que venía del documental de Flaherty Nanuk, el esquimal, una película fundadora del género. Ni los que vendían esos polos, ni los que los compraban, solían conocer el origen del nombre.

Hoy el documental vuelve con fuerza, compitiendo con la dudosa especie de los documentos televisivos, inmediatos, directos, contundentes. Es la mirada del creador la que hace que una información pase a otra categoría, a una región más rica, precisamente porque la realidad no se le impone, sino que elige lo que de ella quiere contar. Y así tenemos ahora la ocasión de contemplar la película de Basilio Martín Patino, Libre te quiero – título tomado de la canción de Amancio Prada, que suena una y otra vez en la cinta como único “comentario”-  Las imágenes muestran varios días de manifestaciones y acampadas en el corazón de Madrid, en la Puerta del Sol y aledaños, convertidos en plaza de discusión y resistencia por el movimiento ciudadano del 15-M. Las imágenes, sin comentarios en off, van creciendo a lo largo del metraje, hasta llegar a emocionar precisamente por lo que tienen de transparente, de alegría, de intensidad, de renovación. Lo que hacen los ciudadanos en la toma de la plaza y la manera en que las imágenes lo cuentan, pasan a ser una misma cosa. Ahí está la mirada. El sonido de la película es el sonido ambiente, sin que Patino añada opinión o glosa. La gente lo cuenta todo por sí misma. Pero allí se puede comprobar que la vida de la plaza no se interrumpe – como a veces se ha dicho- sino que las tiendas están abiertas y la gente entra y sale del Metro. Comidas, canciones, discusiones recomponen un ágora antigua y resucitada: la ciudad habitada de nuevo. El mensaje político contra los políticos está presente, claro está. Pero también hay otras muchas cosas que descubrirá el espectador atento.

El género documental ha desplegado muchas de sus posibilidades, innumerables, apenas exploradas. Las cámaras digitales hacen que el hecho mismo de grabar sea más discreto, más ágil, y que se pueda recoger mejor el fenómeno fílmico. El llamado documental de creación es producto del mestizaje del testimonio puro y duro y la recreación de la realidad con ciertas reglas o limitaciones. El que estas reglas aparezcan claras y manifiestas es importante, porque si no se corre el riesgo de que el testimonio esté falsificado, lo que daría paso a una realidad infectada. Para eso es mejor no hacer documental, sino hacer directamente ficción, es más decente.

El documental Libre te quiero, de Patino, es de corte clásico. El veterano director ha buscado la pureza de líneas.

En la otra punta de las maneras de filmar historias de hoy en día, he podido ver un documental de creación que seguramente va a dar la vuelta al mundo por los festivales y por la Red, y que además será de referencia obligada para cinéfilos, sobre todo para los que vayan a cultivar el documental como realizadores. El film se llama Mañana ( Federación Rusa. 2012) y su director, el ruso Andrey  Gryazev, es también el director de fotografía, guionista, montador y productor del mismo. ¿Se puede hacer algo más parecido al control que un escritor, por ejemplo, tiene sobre su obra? Mañana es una historia extrema, como extremosa es la sociedad rusa. Narra unas situaciones desesperadas, agónicas, desafiantes. Un grupo de artistas que viven al margen de casi todo lo respetable, se plantean hacer una manifestación artística muy radical: volcar coches de la policía, grabar las imágenes y difundirlas por Internet. No es una acción política, sino “gratuita.” El arte por el arte, más allá de buscar cualquier justificación, incluida la que lo defiende o explica. En realidad, arte puede ser todo aquello que se reclama como tal, porque si no, ¿qué es? Gryazev enlaza con la tradición de los grandes nihilistas. Naturalmente, la reacción policial no se hace esperar, y los artistas son condenados a prisión. Podíamos concluir que los mejores clientes de este arte, los que más creen en él, son los jueces y policías. Todo está filmado en bruto, incluyendo la respuesta policial. ¿Es una reconstrucción? ¿Es un hecho real? Gryazev nos dice en los créditos que no tiene por qué haber sucedido así. Parece que fuera un documental sobre la realidad de mañana, según el título de la obra. Mientras tanto, lo que vemos es la propia película como un documental del futuro. Día tras día vamos viendo que el cine documental no ha hecho sino empezar a grabar nuestra historia.


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