Comandante Menoyo: elogio del héroe como hereje

Manuel Gutiérrez Aragón

Eloy Gutiérrez Menoyo era un hombre de palabras justas y escogidas. Nunca le oí una queja personal, o un reproche directo. Hablaba igual para españoles de visita en la isla que para cubanos de a pie. Un hombre de acción de los que salen en la novelas de Baroja, lo que no quitaba para que fuera un político que nunca podría dejar de intentar acercar la vida a la idea. Le conocí durante un almuerzo con un amigo común, llamémosle Mauricio. El amigo fue quien relató la última estancia de Menoyo en las cárceles de Cuba, en una prisión que después se convirtió en criadero porcino. El criadero tuvo que ser cerrado por falta de salubridad, los animales se morían. Pero, al parecer, valía para encerrar personas. En su paso por las celdas, Menoyo perdió parte de la visión de un ojo y su oído quedó deteriorado por una paliza.

Eloy prefería hablar de otro tiempo, cuando trabajaba de barman en La Habana y mezclaba cócteles tras la barra, mientras conspiraba para derrocar la dictadura de Batista, al igual que su hermano, miembro del Directorio Revolucionario. Oyéndole hablar, yo creo que la pérdida  de su hermano mayor -que fue quien condujo a toda la familia a Cuba, tras la guerra civil española-, muerto en el asalto al Palacio Presidencial de Batista, marcó para siempre al joven gallego. Una mezcla de sentimientos personales e ideas políticas.

La historia de Gutiérrez Menoyo da tantas y tan enrevesadas vueltas, que en pocos meses pasó de héroe a traidor, para unos, y de traidor a héroe, para otros. Pero sus críticos de entonces, -antiimperialistas, jóvenes progresistas, incondicionales de la Revolución cubana- también envejecieron o simplemente perdieron sus ilusiones. ¿O más bien la que se volvió vieja fue la propia Revolución?

La cosa es que la evolución política de Gutiérrez Menoyo ha terminado por ser respetada, aunque poco conocida en su argumentación dentro de Cuba. No tenía acceso a la televisión, a la prensa o a la radio. Cuando le conocí, Eloy iba de pueblo en pueblo en su Ford rojo predicando de viva voz su propuesta por el Cambio Cubano, como se llama su partido. Sin embargo, no formaba parte de los disidentes aceptados por la UE o el exilio de Miami, y lo acusaban de dialoguero con el gobierno cubano. Tampoco el régimen de los hermanos Castro le aceptaba. El antiguo comandante Menoyo se sabía vigilado en sus idas y venidas.

Menoyo había conseguido, al fin, ser más que un héroe o un traidor: ser un hereje de cualquier dogmatismo, de cualquier concepción irremediable de la política.

Para lograr quedarse en Cuba, Menoyo rompió su propio pasaporte durante una estancia en la isla. Un pasaporte con visado puede ser el bien más preciado para un cubano, el sueño dorado, y él va y lo destruye. Como si un musulmán destruyera el Corán, o un cristiano el Evangelio. Una herejía más.

No muy lejos de donde almorzábamos en aquella ocasión,  en LaVíbora, acababan de detener a una señora mayor que se hacía pasar por gestora de visas. Cobraba un adelanto de las personas que solicitaban el visado, y se ofrecía a agilizarlo en el consulado correspondiente. Después, iba contando cuento tras cuento a su impaciente clientela.  Nadie se atrevía a denunciarla, por si acaso le caía un castigo también al solicitante: la pérdida definitiva de la posibilidad de salida.

En su testamento político, Menoyo habla de la simulación del cubano de a pie, de su humillación diaria y del doble lenguaje.

Las dos monedas que se manejan en Cuba -la real, que no vale nada, y la del peso convertible, que no es una moneda real- parecen una metáfora kantiana de táleros y dólares ideales.

Gutiérrez Menoyo parecía, al final, partidario de la tolerancia y de la comprensión, por no decir del perdón. Quizá porque él mismo necesitaba ser perdonado por muchas cosas.

Lo que sigue claro es que defendía la idea de que, en Cuba, o caben todos o no cabe ni Dios.