Opinion · Por fin es viernes

La niña y la juez

Para el lunes todo debe quedar decidido, pero, ¿qué decidir?

Mi amiga es juez —muy reciente— de juzgado de familia, y como todo neófito en el oficio está llena de ilusión por su trabajo, es concienzuda, y todavía la rutina o la desconfianza no han caído sobre ella. Vamos, que cree en su cometido, que no es poco.

Tiene ahora mismo un  curioso caso sobre su mesa de despacho, un despacho muy pequeño, atestado de tantos papeles que a mi me producirían agobio, le digo.

—Y a mi también, no creas.

Las pilas de carpetas azules casi no dejan entrar la luz por la única ventana. En cambio, la vista es hermosa: los árboles de un parque otoñando en ocres y dorados, intentando retener el sol que se va.

Mi amiga la juez me cuenta, sin dar nombres completos, el sumario al que parece dar preminencia sobre los que amarillean como hojas de noviembre sobre la mesa.

—Sabía que la historia te iba a interesar —dice.

El caso implica a una pareja matrimonial y a su hija de…

Consulta los papeles para buscar la edad.

—Seis años. Nuria tiene seis años.

El padre y la madre se han separado, y mi amiga la juez debe decidir con cual de los dos se debe quedar a vivir, principalmente, la pequeña.

El padre es técnico en Recursos Humanos de una compañía telefónica, y viaja fuera de Madrid —el domicilio familiar hasta el momento— cada semana. Hasta el año pasado eran viajes cortos por la península. Pero, a partir de ahora, debe viajar por Latinoamérica, porque la compañía telefónica obtiene allí sus mayores dividendos. Así que el padre, que es un hombre razonable, comprende que tiene una difícil tarea con la niña. Pero dice que la llevaría a un buen colegio. Interna, claro, qué remedio, él no va a poder ir a buscar a su hija a la salida de las clases, como hacen otros padres, ni prepararle la cena, ni repasar con ella los deberes, ni cogerle la mano cuando se despierte en la oscuridad presa de un mal sueño…

La madre en cambio tiene todo el tiempo del mundo: ha sido despedida de su trabajo en una institución cultural —falta de recursos, promesas incumplidas—. La madre ha volcado todo su afecto de separada en la pequeña Nuria. No la deja ni a sol ni a sombra, está pendiente de ella continuamente. Vigila su higiene, revisa sus deberes.

—Es estricta y a la vez cariñosa —me puntualiza la juez.

Pero también me cuenta que la regaña y la besa alternativamente, presa a veces del llanto. La niña parece asustada por los arrebatos de la madre. En el informe dice que la progenitora sufre de depresión, pero que eso no afecta a sus deberes de madre, según un experto siquiatra. Actualmente reside en Barcelona, a donde pretende llevarse a la niña.

El padre ha montado un número en el juzgado, y eso ha perjudicado mucho su causa, según la juez. Se ha mostrado repentinamente colérico, machista. Entonces a la madre le ha dado un ataque de histeria, y la pequeña se ha quedado acobardada, temblorosa.

La juez me ofrece un café de sobre mientras interrumpe la conversación para despachar unos asuntos con un secretario calvo y bajito, con aspecto de llevar muchos años en el oficio.

El secretario ha visto de todo en la vida, y lo que quiere es irse pronto a casa, a ver el partido.

Mi amiga la juez continúa su relato. La niña —dice— está muy bien educada, desde luego. Contesta a lo que le pregunta sin titubeos, tratándola a ella, como le han enseñado, de señora, incluso de señoría.

Y como mi amiga la juez es una persona resuelta y moderna, ha decido averiguar directamente de Nuria, sin testigos, y lejos de los oídos del padre o de la madre, con quién de los dos quisiera ella quedarse.

La niña ha respondido:

—Con ninguno de los dos, señoría.

Lo que ha colocado a la juez de familia en una difícil coyuntura.

Mi amiga termina de sorber el café y luego aparta la mirada hacia la ventana. Me gustaría preguntarle qué va a hacer, aunque ya sé que no me va a adelantar su decisión.

Tendremos que esperar al lunes, como el padre, la madre y Nuria.