La Presa Inglesa. Un episodio del ‘Grand Tour’

Manuel Gutiérrez Aragón

Parece una historia de agentes secretos del siglo XVIII, y en cierta manera lo es. Los misteriosos cajones habían tenido las letras YP marcadas en sus tablas. Y así fueron inventariados por el archivero de la Academia de Bellas Artes de San Fernando cuando fueron depositados en sus almacenes. Las cajas habían contenido esculturas, dibujos, cuadros, libros. Pero, ¿qué podía significar el que fueran registradas con la misma señal, YP? ¿Qué vinculación tenían esas piezas entre sí?, se preguntaba el académico José María Luzón ante los viejos archivos.

Repartidas por varios museos españoles y sitios reales, existían diversas obras de arte catalogadas con las desconocidas siglas YP. Esas dos letras relacionaban entre sí objetos tan dispares como mapas, armas, acuarelas y listas de botellas de vino toscano y queso parmesano. Una  antigua urna cineraria conservada en el Museo Arqueológico Nacional también estaba inventariada con las letras YP. Pero de esta urna sí se sabía el destinatario. Gracias a una carta enviada por un agente español en Roma al jefe del gobierno, conde de Floridablanca, se pudieron descifrar alguna de las abreviaturas con las  que las cajas fueron consignadas, como la de H.R.H.D.G, y de la que se conocía su pertenencia al duque de Gloucester, hermano del rey inglés. Habían llegado al museo procedentes del botín tomado a un navío en el siglo XVIII. De ese cabo tiró el académico y profesor Luzón para llegar por primera vez a poner nombre al desconocido barco: era el Westmorland, un buque de carga que había navegado bajo bandera británica.

Pero la investigación no había hecho más que empezar. ¿Por qué llevaba a bordo el Westmorland ese tesoro de mármoles, libros, mapas y pinturas de los maestros italianos? Algunos jóvenes de la clase alta inglesa completaban su educación con un viaje por el continente. A veces lo hacían junto a artistas y hombres de negocios aficionados al arte. Visitaban Francia, Suiza, y sobre todo las soleadas tierras italianas, que les permitían entrar en contacto directo con la antigüedad clásica. Los aristocráticos viajeros del Grand Tour, asistidos a veces por sus tutores, clérigos, criados y acompañantes, también hacían compras, como cualquier turista. Esas adquisiciones, ya fueran colecciones de acuarelas, piezas de mármol o cajas de vino, eran expedidas aparte cuando regresaban a sus mansiones. En esta ocasión, los ilustrados viajeros consiguieron llegar sanos y salvos a Gran Bretaña mientras la guerra estallaba entre su país y Francia. En cambio, las obras de arte, cargadas ya en el Westmorland, esperaban en el puerto italiano de Livorno un momento propicio para echarse a la mar con garantías de llegar a buen puerto. El capitán del barco, Willis Machell, fue retrasando levar anclas, intentado burlar a los espías que le acechaban para informar a la marina francesa de su partida y la obligada ruta hacia las Islas Británicas por Gibraltar. Pero la prudencia del capitán se veía discutida por los aseguradores británicos de la carga, que le instaban a partir cuanto antes. Así que el capitán Machell  salió de Livorno con la marea de la mañana del 7 de diciembre de 1778. El buque estaba tripulado por sesenta marineros y lo defendían veintidós cañones. Poca cosa para las dos fragatas francesas, Caton y Destin, que lo esperaban al otro del cabo de Gata, donde el viento cambia y las maniobras de huida se complican o se favorecen, según la suerte o la pericia. Y el barco fue abordado y hechos prisioneros todos sus hombres.

Los profesores José María Luzón y Dolores Sánchez- Jáuregui estaban cerca de desentrañar el misterio de las letras YP que se encontraban en los archivos de la Academia. Se consultaron los papeles de las aseguradoras de la época, y se contrastaron con las anotaciones que algunos de los ilustrados jóvenes del Grand Tour habían escrito en los márgenes de sus guías de viaje. El puzle estaba completado: las iniciales YP, comunes a aquellas obras,  significaban que todas ellas procedían de La Presa Ynglesa.

Los tribunales de la mar declararon “buena presa,” es decir, conforme la las leyes de la guerra, la captura del Westmorland.  Su carga – ahora considerada como el mejor botín de aquella contienda, que, al final, resultó ser la de la Independencia Americana-  fue puesta a subasta en el puerto de Málaga. La majestad de Carlos III siempre se interesó por el coleccionismo artístico. Así que se convirtió en el principal comprador de los objetos de los despojados viajeros. Una vez abiertas las cajas su contenido fue donado, en su mayor parte, a la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Pero no únicamente. El gran cuadro de Mengs que ahora podemos ver el la exposición, La liberación de Andrómeda, fue regalado por el comandante de una de las fragatas francesas a su ministro de marina, y acabó en San Petersburgo.

Los objetos dispersados por la guerra y el botín han vuelto a reunirse por unos meses. Primero se ofrecieron en el museo Ashmolean de Oxford, y ahora se exhiben en la Universidad de Yale, EEUU, en el Yale Center for british art. Es de esperar que más pronto que tarde podamos visitar esta misma exposición en una sala española, ya que la mayor parte de lo expuesto pertenece a la Academia de Bellas Artes de San Fernando.

El ver congregado todo el cargamento en una misma muestra supone una doble mirada. Por una parte las obras se pueden contemplar como obras de arte en sí mismas, y por otra en el conjunto en que fueron adquiridas.

Los viajeros reunieron aquel tesoro artístico para poder admirar – y en cierta manera administrar y controlar-  el  pasado: antigüedades romanas, copias de estatuas, urnas funerarias, vigorosos grabados de Piranesi, delicadas acuarelas de Robert Cozens (cuyo color se ha preservado mejor que en Inglaterra) Los cuadros de Mengs y Pompeo Batoni – no hay que olvidar que ambos pintores estaban de moda en la época- tienen un lugar de honor en la exhibición. Pero también los libros comprados en el viaje, así como las guías, papeles de música y hasta un tratado de peluquería, formando todo un cortejo unitario que acompaña la fisicidad de las obras más relevantes.  Nuestros viajeros llevaban en una mano el bastón de caminante y en la otra un libro de Horacio.

Los mitos y las historias de la antigüedad clásica eran revividos por los ávidos viajeros del Grand Tour. Nosotros, al entrar en las salas de la exposición, miramos los objetos a través de sus ojos, con una mirada renovada. Los vemos como ellos los vieron. En el Grand Tour, aquellos jóvenes que a su regreso iban a ser jueces, ministros, diplomáticos, miembros de la élite gobernante, descubrían in situ lo que habían estudiado en el colegio mientras bostezaban ante los tratados de latín y griego.

Gran Bretaña era una potencia que aspiraba a un poder global. Tener la posibilidad de tocar las columnas con las que se sostuvo en Imperio Romano era una enseñanza directa, más allá del aula. Y entre los pensadores y escritores de la época, Gibbon, Hume, lord Byron fueron algunos cuya obra no hubiera sido igual sin el Gran Viaje.