Memoria Pública

El sumario de la causa del juez Baltasar Garzón contra el franquismo

Campañas rastreras

07 Feb 2016
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Francisco Espinosa Maestre
Historiador

Para Mirta Núñez

Transcurridas ya casi cuatro décadas desde la transición sabemos con certeza que el franquismo no pasó en vano. La España que surgió de esos años que van de 1977 a 1982, por más que volviera a ser una democracia formal, carecía de relación alguna con la España aplastada por el golpe militar de julio de 1936, por la guerra y por la interminable represión. Esto afecta a todos los partidos pero muy especialmente a la izquierda, aniquilada sin contemplación alguna. Sin embargo, ocurre algo curioso: la derecha surgida de la dictadura y de la transición tiene relación con el franquismo. No sólo es que la antigua AP (creada por conocidos franquistas) o el PP que le sucedió no hayan abordado nunca algo parecido a una ruptura con el pasado franquista, sino que incluso algunos de los principales líderes del PP asumen tranquilamente aquel régimen. Esta actitud ha ido a más con el tiempo. Incluso hemos podido ver  cómo se negaban a realizar mapas de fosas o cómo no aplicaban la descafeinada normativa legal tras la aprobación de la ley de memoria histórica. Estamos una vez más ante el viejo lema de la derecha española: acato pero no cumplo.

La cautela de los primeros tiempos fue desapareciendo a medida que la derecha aumentaba su poder, llegando a extremos preocupantes en la legislatura 2000-2004 y en la que ahora toca a su fin. Todo esto supuso una deformación constante de las palabras, que, como es sabido, no se quejan de nada. Fue así como el PSOE pasó por un partido de izquierda siendo un moderado partido de centro y el PP por ser de centro mientras la realidad mostraba constantemente que caminaban por casi inexistente  línea que en España separa a la derecha de la ultraderecha. La izquierda simplemente se adaptó a las nuevas circunstancias, aunque esto supusiese romper con su historia y con sus señas de identidad. Cuatro décadas de dictadura y una transición controlada por la derecha supusieron el abandono de las ideas y principios que guiaron a la izquierda española hasta 1936. Todo ello fue amputado del cerebro de la mayoría de sociedad española. O sea que mientras que la izquierda partía de la transición, la derecha hundía sus raíces en el franquismo.

Este fenómeno ha supuesto que la derecha y sus medios –toda la prensa en papel y parte de la electrónica, más conocidos como “la caverna mediática”– mantengan unos tics que serían rechazados en cualquier país democrático. Me refiero, por ejemplo, a los ataques directos contra aquellas personas que por cualquier motivo les producen rechazo o contra aquellas que intervienen en iniciativas que no son de su agrado. Son ataques sin límite alguno, en los que las falsedades y calumnias juegan  papel primordial. Si luego se demuestra que la realidad es otra les restaran importancia o simplemente pondrán alguna pequeña nota perdida en uno de sus medios. Pero ya el daño ha sido hecho. En esto la derecha mezcla el viejo dicho  “calumnia que algo queda” con la conocida frase de Goebbels “una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad”.

Recientemente estamos asistiendo a una de estas campañas, en este caso dirigida contra la profesora de la Universidad Complutense y directora de la Cátedra de la Memoria Histórica Mirta Núñez Díaz-Balart. Tiene tres niveles esta campaña. En la base estaría el odio que la derecha ha mostrado desde un principio contra el movimiento en pro de la memoria histórica. Odio que demuestra una vez más su enraizamiento con el franquismo. A la derecha española no le importa nada que decenas de miles de personas permanezcan a estas alturas bajo la condición de desaparecidos en multitud de fosas comunes esparcidas por todo el país. Lo que quisiera la derecha es que todo esto se olvidara definitivamente. Las declaraciones de los dirigentes PP en este sentido desbordan ampliamente la zafiedad. El segundo nivel se refiere a la alcaldesa de Madrid Manuela Carmena. La derecha/ultraderecha aún no ha asumido, con Esperanza Aguirre en cabeza, la pérdida de la alcaldía de Madrid y la campaña permanente contra Carmena funciona desde antes de que ésta tomara posesión del cargo y no acabará hasta que lo deje.

El tercer nivel es el que desde hace varias semanas afecta a Mirta Núñez. La cuestión de fondo no es otra que el cambio de una serie de nombres del callejero de Madrid asociados al golpe militar y a la dictadura, nombres que debieran haber caído hace mucho tiempo. La derecha y la utraderecha no soportan estos cambios que parecen arrebatarle su historia. Lo grave es que como carecen de argumentos razonables optan por el recurso a la mentira, al insulto y a la calumnia.

En los últimos días de enero y los primeros de febrero han sido numerosos medios los que al referirse a Mirta Núñez han aludido a ella como “la hijastra de Fidel Castro”. La intención es clara: la “comunista” Carmena pone en manos de una “hijastra de Fidel Castro” y de los de la memoria histórica, todos comunistas, el cambio de calles en Madrid. ¡Horror! ¡Nuestro querido callejero, fiel reflejo de nuestra sagrada historia patria, en manos de la horda roja! ¡Otra vez el Frente Popular! ¿Surgirá de nuevo, como siempre en nuestra historia, una Esperanza de Aragón que nos libere del yugo extranjero?

De hijastra hablaron, entre otros, una tal Tatiana Rivas en ABC (27/01/2016); La Vanguardia (29/01/2016), recogiendo la opinión de la delegada de gobierno en Madrid Pilar Dancausa (EFE); Actuall (29/01/2016), medio que se define como provida, profamilia, liberal conservador y cristiano (esta página se creó por iniciativa de otra  similar denominada Hazteoir, declarada “asociación de Interés Público” por el ministerio de Interior encabezado por el opusdeista Jorge Fernández Díaz en 2013); un Alejandro Vara de Voz Populi (30/01/2016), quien aludió a la  “al parecer hijastra de Fidel Castro”; El Mundo (01/02/2016), recogiendo la opinión de Esperanza Aguirre (Europa Press) y diversos medios como Telemadrid o El País (Bruno García Gallo), que aludieron a la “hijastra” sin problema alguno y sin aclarar que no había tal hijastra.

Cualquier persona con una cultura media sabe que hijastro/a es el hijo o la hija aportado a una nueva relación por alguno de los miembros de la pareja. Como bien indica su primer apellido Mirta Núñez es hija de un matrimonio posterior de la primera esposa de Fidel Castro, por lo cual es imposible que sea o pueda ser catalogada como “la hijastra de Fidel”. La causa de que haya sido así considerada no puede deberse a otra cosa que al odio y la mala baba de la derecha y la ultraderecha ante el hecho de que el Ayuntamiento presidido por Manuela Carmena haya contado con la Cátedra de la Memoria dirigida por Mirta Núñez para cambiar una serie de nombres del callejero de Madrid. Puro franquismo no ya sociológico sino militante.

La trayectoria de la profesora e historiadora Mirta Núñez Díaz-Balart la convierte en la persona indicada para dicha tarea. Aguirre y la ultraderecha que representa carecen de argumento alguno. Ante esto, la táctica siempre suele ser la misma: se busca algún error real o ficticio, achacable o no a quien se quiere atacar, y se retuerce a capricho, se infla y se explota hasta la saciedad. La intención es que no se note la falta de solidez de los argumentos ni se ponga al descubierto más de la cuenta la ideología reaccionaria de los denunciantes. De este modo, aunque lo que se quiere es frenar el proyecto objeto de discusión, el objeto de ataque pasa a ser la persona a la que se adjudica su realización. El fin justifica los medios.

¿Acaso la prensa, agencias y periodistas aludidos le pedirán disculpas a Mirta Núñez Díaz-Balart por haber mentido sobre su inexistente relación familiar con Fidel Castro? ¿Le enviarán una nota reconociendo su error el concejal del PP Pedro Corral y Esperanza Aguirre? Esta última, que aún no ha superado ver a Manuela Carmena ocupando la alcaldía que pertenece por tradición a los de su clase, se permitió incluso llamarla Mirta Díaz-Balart, saltándose así el apellido del padre. Total, qué más da. Ellos van a lo que van: España es suya desde hace siglos.

Pensemos que lo que está en juego no es otra cosa que la memoria histórica de la derecha española. Cuando dicen que “hay que respetar la historia” lo que realmente quieren decir es que hay que respetar su historia y cuando afirman que “no hay que reabrir heridas” lo que están diciendo es que todo lo relativo a las víctimas del fascismo, incluidos sus responsables, debe seguir oculto. Nada debe moverse: ni las fosas, ni el callejero, ni los vestigios de la dictadura. Por ejemplo, la lápida de los ocho carmelitas asesinados en Carabanchel Bajo debería estar dentro del cementerio, pero ellos la quieren fuera. ¿Se imaginan lo que dirían si se decidiese colocar en la fachada del mismo cementerio los nombres de los vecinos asesinados por los fascistas, que no fueron precisamente ocho? Que todo esto ocurra en un momento en que su partido, el PP, se desmorona corroído por la corrupción interna a causa del saqueo permanente de las arcas públicas puede indicar que necesitan desviar la atención de la gente hacia otras cuestiones que les permitan respirar un poco. Aunque sea a costa de mentir una vez más.


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