Memoria Pública

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80 años del fin de la resistencia en los barrios obreros de Sevilla

22 Jul 2016
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Sol López-Barrajón

Hace 80 años en la noche del 22 al 23 de julio los cañones zumban en Triana, Macarena o San Julián, se forman barricadas en todos los barrios que están con la República. La Sevilla roja se agita pero Queipo aplasta la resistencia sin misericordia. Detrás quedan, a la luz del amanecer, las barricadas, los palos y las escopetas de caza, el gran armamento de la resistencia que guarda el recuerdo de la lucha El coraje por la defensa de la República se encuentra desparramado por las aceras. Allí permanecerán los cuerpos para escarmiento. La gran población obrera tenía que ser obligada a aceptar el nuevo orden por medio del terror antes de que los militares nacionalistas pudieran dormir tranquilos.

 

Barricada en Triana

Barricada en Triana

Para consolidar su supremacía en Sevilla, Queipo contó con la Legión, al mando de Antonio Castejón Espinosa, y con los Regulares de Marruecos llegados desde Cádiz, A pesar de todo este tropel cuartelero el general tiene problemas. Uno de ellos era la organización de la represión de sus adversarios y que resolvió con el nombramiento de un capitán llamado Manuel Díaz Criado como delegado de Orden de Público para Andalucía Occidental y Extremadura. Este individuo ya tenía un glorioso historial conspirativo y delictivo desde la proclamación de la República y, sin lugar a dudas, reunía un brillante perfil para el puesto: era un sádico. Sin pérdida de tiempo, se fue a tomar posesión de su cargo y poner a la policía a sus órdenes, a la par que reunía a su alrededor un equipo de fieles seguidores compuesto con lo más granado de personajes ávidos de sangre, los que aplicarían la nueva justicia en España.

Pero Queipo tropezó a su vez con un nuevo problema. Tenía que matar a mucha gente, decenas y decenas de “rojos”, y eso creaba dificultades logísticas y operativas importantes ,así que hablo con el partido de Falange, que tan ardorosamente apoyaba la sublevación y contaban con hombres de gran abnegación y entrega, de tal manera que ofrecieron al señor delegado una recién creada Brigadilla de Ejecuciones (el nombre se lo dieron ellos) formada por voluntarios y dirigida por el Vieja Guardia Pablo Fernández Gómez, que se encargaría de asesinar a todos aquellos que el señor delegado dispusiera.

Empezaron muy pronto a funcionar y demostraron con creces el gran arrojo y valentía que tenían en eso de disparar a hombres y mujeres amarrados por los codos. Lo único desagradable eran los gritos, los insultos o que muchos de esos rojos no se dejaban matar y se negaban a andar hacia la tapia, de tal forma que había que matarlos al bajar del camión y dejarlos tirados por el campo a las afueras de la ciudad. Ya pasaría luego “el camión de la carne” y los recogería.

Pero aquí no acaba la historia, a estas Brigadillas de Muerte, se sumaron los terratenientes sevillanos, los señoritos y el mundo del toro. El más destacado fue el torero El  Algabeño, otro asesino en serie al frente de una cuadrilla de pistoleros. Se ofreció enseguida a Queipo de Llano para realizar el trabajo sucio de la represión encabezada por este militar golpista. Bien formando parte de la camarilla de guardaespaldas de Queipo  o matando a quien se pusiera por delante. Empezaron a trabajar en Sevilla dando un buen repaso a los barrios obreros, Pero en lo que verdaderamente destacó, y por lo que pasó a formar parte del imaginario fascista, fue en el llamado “saneamiento de los campos”. Desde el principio del golpe militar, unidades voluntarias e irregulares de caballería financiadas por el capital latifundista andaluz, se hicieron dueñas de la campiña, buscando, acosando y asesinando a cuantos jornaleros les parecieran sospechosos de izquierdismoé García Carranza, el Algabeño, mataba porque sí, porque poner cartuchos de dinamita en el cuerpo de los jornaleros y hacerlos estallar era motivo de conversación y vanagloria machista mientras se tomaba unas manzanillas en cualquier bar.

Ese fue el núcleo de un grupo de pistoleros que aterrorizó inicialmente a la ciudad y que luego sembró el miedo en los campos, una “policía montada”, que llegó a utilizar garrochas para reducir a los campesinos fugitivos, en una sórdida atmósfera donde abundaban piquetes falangistas o requetés, sin descuidar a los paramilitares. Emulando sus tardes de gloria taurina, hay algún testimonio que asegura que El Algabeño llegó a torear a algunos presos utilizando su fusil como muleta. Autor de numerosos crímenes de guerra, el diestro de La Algaba murió como consecuencia de las heridas sufridas en la batalla de Lopera contra las Brigadas Internacionales. Eso sí, en virtud de sus méritos, Franco le nombró a título póstumo teniente honorario de Caballería.                                      Muerte en Triana

Pero no queda ahí la cosa. La represión de Queipo no acabó en los paredones y en las cárceles que muy pronto se multiplicaron. También en las prohibiciones. Prohibido el luto. Prohibido llorar en público. Prohibido inscribir a los muertos.

De manera que aquellos que murieron defendiendo la legalidad republicana en las barricadas de Triana y Macarena, los detenidos que asesinaron dándoles el “paseo”, no se encuentran inscritos en ninguna sitio, no están, no existen. Solo existían en el recuerdo de las familias y estaban tan aterradas que pasaron muchos años antes de que alguien hablara y contara lo que había oído entre susurros a la abuela. La política del miedo funciono a la perfección.

Todavía le faltaba al general dar más énfasis criminal, se le ocurrió que estaría bien torturar a los rojos a través de las ondas. Así que, desde los micrófonos de Radio Sevilla cada noche el pueblo escuchaba despavorido sus soflamas radiofónicas, su voz tenebrosa que lo impregnaba todo de miedo:

“Y ahora tomaremos Utrera, así que vayan sacando las mujeres sus mantones de luto”

“Canalla marxista! Canalla marxista, repito, cuando os cojamos sabremos cómo trataros”

Seguía retumbando su voz´.