Memoria Pública

El sumario de la causa del juez Baltasar Garzón contra el franquismo

San Simón: la isla de la muerte.

25 Oct 2016
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Sol López-Barrajón

Ningún enclave tan pequeño de Galicia acumula tanta historia, tanta belleza y tanto horror. San Simón es una isla diminuta en medio del Atlántico. Mira a la ría de Vigo y como extendiendo la mano, con un puente, se acerca a la pequeña isla de San Antón.

A lo largo de su historia, la isla de San Simón, fue empleada como monasterio, lazareto y hogar para niños huérfanos. Fue habitada y abandonada en numerosas ocasiones. Saqueada e invadida y desde octubre de1936 a marzo de 1943 convertida en el uno de los mayores mataderos franquistas.San Simón fue un campo de concentración temido, oscuro y siniestro donde la muerte era la salvación para dejar de padecer.

Piensen en los barracones de los campos de concentración de Auschwitz o Mauthausen, magen repetida de judíos escuálidos hacinados en lo que fue su corredor de la muerte, pues eso era San Simón, un lugar de exterminio de presos republicanos procedentes de todo el territorio español.La isla de San Simón va a significar para el franquismo represión, tortura y muerte. Un lugar para deshacerse de una parte de los miles de presos que no caben en las cárceles.

Cercados por las grandes olas de la represión y la guerra, miles de prisioneros se enfrentaron a las más duras condiciones de vida. Dormían amontonados, en filas prietas que les impedían el movimiento. Comían lo que podían: la mayor parte de las veces un rancho pobre cocinado a base de mondas de patatas. El agua era escasa, la comida inexistente, la ropa se fue rompiendo convirtiéndose en girones, los zapatos, se rompieron o se perdieron de manera que iban descalzos. Los presos de San Simón, deambulaban por la isla como fantasmas. Los que ya no podían arrastrar su cuerpo, se acurrucaban entre los piojos, la lluvia, y la humedad esperando morir para que terminara aquel calvario.images-jpgmemoria

Cientos, miles de hombres de todo el Estado español, acusados de delitos que nunca habían cometido, de hombres inocentes que verán sus vidas truncadas y que nunca podrán olvidar, los que quedaron vivos, esa isla, en la que pasaron los años más terribles de sus vidas.

Pero el frío y el hambre y la sarna no eran lo peor de San Simón. Quienes por allí pasaron sufrieron la peor de las torturas: un permanente estado de miedo. Miedo a que su nombre resonase alguna noche, envuelto en la oscuridad del paseo y la muerte. Un miedo alimentado por las falsas esperanzas de libertad comprada al que durante un tiempo fue el director de la prisión, Fernando Lago Búa, “El carnicero de San Simón”, un miedo acrecentado por las voces, los insultos y los malos tratos propinados por un hombre de Dios: el padre Nieto, un jesuita vigués que oficiaba la misa con su pistolón al cinto, era el encargado de dar el tiro de gracia. Según recogen los comentarios de algunos presos que quedaron vivos, este jesuita, llegó a machacar la cabeza con un enorme crucifijo a un preso que estaba a punto de ser fusilado El motivo, no quiso confesarse.

En las primeras semanas de la guerra San Simón fue una especie de cárcel provisional para presos gubernativos que aún no habían sido encausados por la jurisdicción militar, con el propósito en muchos casos de sacarlos, bien entrada la noche, y conducirlos a juicios militares o directamente asesinarlos. En esa época, muchos de los detenidos de San Simón fueron víctimas de sacas organizadas por elementos de Falange y por los llamados “cívicos”, y ejecutados en las cunetas de las carreteras y ante los muros de los cementerios.

La podredumbre moral que envolvió la isla en aquellos años: los fusilamientos masivos, las condiciones inhóspitas de los presos, las enfermedades y el hambre que convirtieron San Simón en el centro penitenciario más terrible del franquismo, ya que se decía que de San Simón no se regresaba vivo.
Al finalizar la guerra a los franquistas se les planteó el problema de qué hacer con los no aptos –bien por desnutrición o bien por su avanzada edad para trabajar. Desde 1936 hasta 1944, 6000 enfermos crónicos, viejos, inútiles y discapacitados que se habían convertido en un estorbo fueron concentrados en un único centro penitenciario, en el que pagaran muchos, con su propia vida por su doble condición de parásitos sociales y de enemigos de la Patria. La Isla de San Simón fue el lugar escogido para encerrar a este colectivo.

Hambrientos, enfermos y tristes, aquellos nuevos inquilinos del infierno fueron prisión y azuzo el hambre de todos los que allí se encontraban. La gran hambruna que se vivió a principios de los cuarenta causo estragos entre la población de reclusos. En San Simón murieron 450 presos de hambre.
El 12 de febrero de 1943, coincidiendo con el principio del fin del régimen nazi, se evacua la isla de “despojos humanos”, mediante decreto de Franco en el que se posibilitaba que los reos pudieran escoger destino penitenciario. Por decreto de 17 de Diciembre de 1943, 274 septuagenarios, pueden ir libremente a morir a sus casas. Algunos no llegaron fallecieron por el camino.

El campo de concentración de San Simón fue un antro donde se practicó la tortura física y moral con tanta saña como lo hiciera la pasada Inquisición. Acostumbrada aquella soldadesca a un comportamiento cruel e inhumano en todos los conceptos, se habían formado un complejo de superioridad y los prisioneros para ellos eran cosas tan insignificantes que los mataban con tanta facilidad y desenfado como si se tratara de simples muñecos de entrenamiento. Eran los vencidos, los derrotados, los que a nada tenían derecho. Fueron tratados como animales atacados por una enfermedad contagiosa, todo rodeado de alambradas y unos guardianes ebrios de venganza y odio.

El sufrimiento y la muerte de aquellos que han quedado por el camino en aquella maldita isla,arrimados a los camposantos, con los huesos entreverados de suicidas, represaliados o marineros devueltos por el mar, se ha cementado con cal viva, para que se pierda su rastro. La de San Simón es una de las historias de la guerra que ha sido silenciada. Pero, poco a poco, la capa de olvido comienza a desaparecer. Y las olas que cercaron una parte de la verdad histórica ya no son tan altas. Es un deber moral no arrinconar tanto sufrimiento, aunque muchos no quieran oírlo y otros prefieran olvidarlo.


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