Memoria Pública

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Madrid, en el callejón de la memoria

26 Abr 2017
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Gutmaro Gómez Bravo
Es profesor en el Dpto de Historia Contemporánea de la UCM

El Ayuntamiento de Madrid ha propuesto distinguir a Carlos Morla Lynch con una calle, en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica. La justificación es la siguiente: “Diplomático chileno. Destinado a Madrid antes de la guerra, fue amigo íntimo de García Lorca (al que dedicó un libro con los recuerdos de su prolongado trato)  y de los más destacados poetas de la generación del 27. Al estallar la guerra, su embajador, Núñez Morgado, y el cónsul, Pablo Neruda, abandonaron sus puestos, dejándole a cargo de la embajada en la que dio refugio a más de mil personas, que salvaron así sus vidas de una muerte probable. Tras la guerra acogió a diecisiete republicanos españoles, igualmente amenazados de muerte. En uno y otro caso la embajada estuvo expuesta a continuas amenazas de asalto. Llevó un diario, al que tituló España sufre (2008), documento excepcional para conocer de primera mano la vida cotidiana en el Madrid en guerra”.

La historia entendida en función de la maldad o la bondad de sus protagonistas es lícita, siempre que se señale el contexto y no se omita el significado que tuvieron las acciones en su propio tiempo. En otras palabras, esos méritos, innegables hoy a nuestros ojos, no fueron valorados del mismo modo por sus coetáneos. La guerra duró treinta y dos meses, a lo largo de los cuales las autoridades republicanas y una buena parte de la comunidad internacional, no dejaron de denunciar que muchos países estaban reconociendo y apoyando a los sublevados bajo el paraguas del derecho de asilo. La guerra civil tuvo en Madrid una de sus primeras batallas en el terreno de la opinión pública internacional. Las directrices de la política de los años 30, marcadas por el empuje y agresividad de los totalitarismos frente al retroceso de las democracias, se impusieron sobre cualquier otro aspecto ideológico, altruista o humanitario.

El apoyo económico, militar y técnico de Alemania e Italia a los sublevados es bien conocido. Igualmente, la historiografía no ha dejado de elevar el impacto del aislamiento internacional en la derrota republicana. El papel de Chile en ese proceso no fue menor: su delegado, Agustín Edwards, consiguió articular el rechazo latinoamericano a la candidatura española para la reelección en el Consejo de la Sociedad de Naciones. La cuestión de los ‘asilados’, precisamente, fue el argumento fundamental para el boicot a la acción exterior republicana. La figura de Lynch, no puede, en modo alguno, entenderse fuera de este contexto.

Según sus propios datos, la embajada de Chile acogió a 2300 refugiados a lo largo de toda la guerra. Los primeros en llegar fueron cerca de 200 oficiales con sus familias que habían participado en el golpe de estado en Madrid. La siguiente oleada se produjo con el reconocimiento de Franco por parte de Italia y Alemania. Chile se hizo cargo de 700 súbditos con pasaporte alemán, además de una larga lista de aristócratas, religiosos y políticos del amplio espectro conservador, conocedores e implicados igualmente en el golpe. Algunos de los más conocidos y destacados, como Ramón Serrano Súñer, Rafael Sánchez Mazas o Raimundo Fernández Cuesta, fueron evacuados o “canjeados” gracias a  la mediación del propio Lynch.

Ante el incremento de los bombardeos sobre Madrid, las embajadas solicitaron la creación de una zona neutral en torno a sus sedes. El ministro Alvaro del Vayo rechazó públicamente dicha propuesta, alegando que convertiría de facto a los golpistas en parte beligerante. Mientras la ofensiva sobre Madrid se recrudecía, el cuerpo diplomático en Madrid amplió su protección a distintos edificios, produciendo un fuerte enfrentamiento con el gobierno republicano trasladado ya a Valencia. Chile, que tenía su sede en la calle del Prado, frente al Ateneo, extendió su pabellón sobre cinco casas en torno al Paseo de la Castellana, acogiendo refugiados de las embajadas de Perú, Turquía, Polonia, Finlandia o Noruega, acusadas de espionaje franquista.

La presión del Gobierno republicano aumentó y llegó al asalto de delegaciones como la de Perú o Turquía. En la evacuación de los refugiados de la embajada de Chile intervendría finalmente Cruz Roja pero la situación habría llegado a un punto de no retorno definitivo. El 10 de abril de 1938, el gobierno chileno envió el siguiente cable: “no conviene que la embajada de Madrid acoja asilados de izquierdas, lo que disgustaría al general Franco que no reconocería ese derecho de asilo”, razón que explicaría la enorme desigualdad en la cifra de asilados de uno y otro bando. Los Diarios de Guerra en el Madrid republicano de Lynch constituyen un documento de relevancia de más de 700 páginas que muestran cómo la política de asilo se tradujo en el apoyo a los rebeldes sobre el terreno. Su autor no lo oculta aunque señala que su objetivo era utilizar su posición para salvar vidas. Esta es, por tanto, la hipótesis que hay que despejar y contrastar con otras fuentes que no sean las autobiográficas.

La primera sorpresa que muestra la documentación de archivo son sus contactos directos  con el Estado Mayor franquista, aspecto que no menciona jamás en sus diarios. El 8 de agosto de 1936, Lynch comunicó por cable “su cambio de domicilio con cien refugiados a la calle Hermanos Bécquer 8”. Lo hizo a Franco, a Mola y al general jefe de la división reforzada de Madrid-Navalcarnero que dirigía los bombardeos. Casi un año después, en junio de 1937, tras el bombardeo de Gernika, Berlín pidió oficialmente al Cuartel General de Franco que incluyera a la embajada de Chile bajo su protección.

La nota de contestación, omitida por Lynch en sus diarios, procedía del 2º Jefe del Estado Mayor de Burgos y recomendaba que pintaran una bandera chilena en la azotea de todos sus edificios como código de aviso a la aviación. Por último, cabe destacar un grave incidente con las autoridades republicanas que Lynch describió del siguiente modo en su diario el 10 de febrero de 1938: “han penetrado cuatro agentes de la DGS en el decanato chileno, llevándose la documentación profesional, un estudio sobre la guerra, del agregado militar”. La documentación del archivo de Salamanca revela, sin embargo, que la orden fue dada por el Estado Mayor del Ejército republicano, no por la policía política. Pero señala algo mucho más importante: “que no es agregado militar extranjero, que es español del estado mayor y que tienen interés en las posibilidades de entrada, en el metro y en los puntos débiles de defensa Madrid”.

La actividad de la embajada chilena aparece, por tanto, y desde el principio de la guerra en la órbita del servicio de información militar franquista. Lynch hace referencia al SIM republicano, al que con sorna llama “sindicato de información” pero nada dice de sus relaciones con el alto mando sublevado, que se estableció muy pronto y al más alto nivel. El personaje encargado de ello fue Enrique Rafols, acreditado el 5 de agosto de 1936, como cónsul agregado en embajada de Chile en Madrid. Llegaba de Barcelona, pero había pasado por Burgos para recoger fondos para los refugiados y órdenes claras sobre operaciones militares que debían realizar: introducir artilleros en la embajada para los bombardeos, organizar las evacuaciones de los oficiales y establecer las comunicaciones, usando la radio, el cable y la valija diplomática.

En sus diarios Lynch le resta importancia y solo lo menciona en tres ocasiones. Al principio trata de ignorarlo refiriéndose a él como un tal Rafols, a pesar de que fue cónsul de Chile primero en Barcelona y más tarde en Port-Bou hasta 1931. Poco después lo señala como parte del “Estado Mayor” del embajador quien parecía haber enloquecido. Y, por último, cuando éste se traslada a valencia y Lynch se queda al mando de la embajada en Madrid, muestra su deseo de utilizarlo para salvar a más gente.

Los informes de Rafols señalan más bien lo contrario. Con amplia experiencia diplomática y paramilitar (en 1919 había formado la Brigada Automovilista de los Somatenes Armados de Cataluña para combatir el anarquismo), Rafols fue la pieza fundamental para fijar la estructura inicial de información militar y evacuación franquista dentro de Madrid, sobre todo, a través de la protección diplomática. De hecho operó también como cónsul de la embajada de Perú, hasta que la sede fue asaltada por el gobierno republicano. En su hoja de servicios puede leerse su actuación en Madrid: “procedí a montar en el Decanato del Cuerpo Diplomático un secretariado para mejor favorecer los perseguidos, llegando a establecer, en poco tiempo, unas 4.000 fichas de casos que intervine personalmente. En septiembre de 1936 organicé un servicio de automóviles oficiales en la Embajada de Chile, aportando hasta 14 coches arrancados a los rojos, y pude así conseguir encauzar la distribución de víveres para los refugiados en las Embajadas, y especialmente en los diferentes refugios dependientes de la de Chile”.

Al terminar la guerra, Rafols fue representante diplomático de España en Nápoles, Eslovaquia y Alemania, donde fue distinguido como Oficial de la Orden del Águila Alemana por los nazis. Carlos Morla Lynch fue enviado también a la embajada chilena en Berlín, motivo por el que su expediente sigue reservado en el Foreing Office.


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