El golpe y los demócratas

28 jul 2009
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Para combatir el olvido, que es un enemigo muy poderoso, el depuesto Manuel Zelaya ha puesto tienda junto a la frontera de Honduras, donde los golpistas que le expulsaron del país en pijama siguen haciendo de su capa un sayo pese a la supuesta presión internacional. Además de por su sombrero, a Zelaya le miran mal algunos demócratas de toda la vida, para quienes las elecciones son la única vía de acceso al poder salvo que quien lo ostente sea Chávez o alguien de su agenda de teléfono, en cuyo caso los golpes de Estado están justificados o son interpretables.

Tal es así, que un mes después de que el presidente legítimo fuera invitado por la fuerza a tomar las de Villadiego, sesudos analistas como Marco Vicenzino, un profesor de Geopolítica que dice haber colaborado con The New York Times, sostenía en El Mundo que Zelaya era un suicida por jugar con fuego: “Habría podido evitar la crisis simplemente con que se hubiera limitado a la única legislatura para la que fue elegido”. Nótese la sustitución de “golpe” por “crisis”, que es un término mucho más amable y llevadero.

Zelaya, según parece, es culpable también de matar de hambre a los hondureños, quienes, como todo el mundo sabe, hacían tres comidas diarias regadas con vino de Rioja antes de que él llegara. Con el agravante que este “hijo y nieto de terratenientes y terrateniente él mismo, pudiendo hacerlo si hubiera querido, nunca dio de lo suyo para aliviar la condición miserable de su pueblo”, tal y como denunciaba Ramón Farré en La Opinión coruñesa.

Por estas razones, pedir, al estilo de Carmen Gurruchaga en Onda Cero, que “los golpes de Estado se queden en su casa y que la gente derrote en las urnas lo que tenga que derrotar”, es casi una ingenuidad, habida cuenta de que los golpes son de naturaleza inquieta y no se conforman con la playstation.

De perfil
Si a estas alturas no sabe a qué carta quedarse, pase de perfil como Melchor Miralles en RNE, que parecía posar para un sello de 20 céntimos: “Cuando no se respetan los cauces democráticos, pues esto es lo que hay (balbuceos). Lo que parece mentira es que no aprendan. La situación en la zona es enormemente delicada. Como cunden ejemplos indeseables, pues vamos a ver (…) Los países democráticos debemos ser inflexibles (…) y no se puede hacer ni medio guiño ni media gracia a todos aquellos que no respeten las reglas del juego democrático”. Eres grande, Miralles.


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