Si es usted de los que se conmueven con la matanza de Gaza y, tras el recuento de cadáveres, ha llegado a la conclusión de que la respuesta de Israel a los ataques de los activistas de Hamás es desproporcionada, es muy posible que esté siendo víctima de “la maniobras de los fétidos propagandistas de la Izquierda usurpadora”, cuyo sistemático odio por Israel “enlaza a los nuevos progres de mundo con el terror nazi, por no ir más lejos”. Si es usted de los sentimentales estúpidos que vomitan con las imágenes de una morgue atestada de niños envueltos en sudarios blancos, lea a Alfonso Ussía en La Razón y aprenda de sus enseñanzas: “La modita de hoy es recelar de Israel y amar apasionadamente a los palestinos. A todos, incluidos los terroristas”.
No hay equidistancia posible. No se puede estar al mismo tiempo en contra de los atentados terroristas y de los bombardeos con F-16, porque eso es propio de pacifistas, la especie de progre más dañina e imbécil. Además, en España, nos advierte el preclaro Pío Moa en su blog, tenemos tendencia a ponernos “de parte de los terroristas”, y ello porque el Gobierno “es, entre otras cosas, el mayor cómplice que ha tenido ETA en su historia”. Así que ya saben: “No hagan el menor caso de sus protestas humanitarias”.
Sepa usted que las imágenes de edificios volatilizados por las bombas son engañosas. Que no le manipulen: si ha habido muertos seguro que eran terroristas, porque la precisión de cirujano de la aviación judía es proverbial. “Quien vea el mapa de las operaciones realizadas sabe que el esfuerzo de las fuerzas israelíes para evitar víctimas civiles palestinas es tan denodado como el habitual de los terroristas de Hamás por matar el mayor número de civiles israelíes”, sostenía este lunes en ABC Herman Tertsch. “Los defensores de esta operación militar de Israel somos los que sufrimos por todas las muertes”, añadía el más objetivo de los analistas del con-flicto de Oriente Próximo que jamás haya existido.
“Israel, señores, por si no se habían enterado, son los nuestros”, nos recuerda Juan Carlos Girauta en Libertad Digital. “Lo son, porque el judío es y seguirá siendo la figura que apela a Europa (…) Es el igual a quien hicimos diferente, el compatriota alemán, polaco, austríaco, francés que dejó de serlo de repente concitando un odio milenario”. Y si los nuestros matan en cantidades industriales, sus razones tendrán.
A protestar
Pero a “nuestros progres de guardarropía”, todo lo anterior les trae al pairo. Así que “no se extrañen si en pocos días, una vez, eso sí, que vuelvan de vacaciones, los titiriteros de Zapatero convocan a la población a una protesta general contra Israel”. Lo profetiza en La Nación Carlos Dávila, siempre tan sensato. Están avisados.
Llevaba razón Gistau ayer en El Mundo cuando rebatía al cardenal Rouco por citar como ejemplo de “verdadera familia” a la formada por José, María y el niño que está en la cuna. “Es complicado que el modelo de familia normal esté representado por una virgen a la que un arcángel anunció que había sido fecundada por el Señor: casos así no abundan en las maternidades de la Seguridad Social”, aseguraba. Y es que la fecundación por paloma interpuesta es difícil de aceptar hasta para los amantes de la colombofilia. Son cosas que no ocurren ni en las mejores familias.
La multitudinaria misa exaltadora de la familia cristiana celebrada el domingo en Madrid sirvió a Juan Manuel de Prada para recordar en ABC que “la familia es una institución natural a la que Dios comunica una gracia sobrenatural”. Pese a ello, De Prada, que no debe fiarse por completo de la gracia divina, alerta de la gran conspiración puesta en pie por los “propagandistas de la mentira” y sus efectos: “matrimonios deshechos a velocidad exprés (…); hijos desparramados y convertidos en carne de psiquiatra; abortos en cantidades industriales; nuevas fórmulas combinatorias humanas negadas a la transmisión de la vida, etc.”. ¿Va a poder Zapatero más que Dios?
Ni José Apezarena, que es sabio y del Opus, tiene la respuesta. A lo más que llegó fue a preguntarse en El Confidencial Digital por qué Rouco organizó un acto tan complicado con lo mal que está el tiempo. “Con la defensa de la familia está en juego tanto, que vale la pena asumir el riesgo del fracaso. Merece la pena el gastar energías y trabajo de muchos, y convocar a la gente a pasar frío en la calle durante dos horas. Para que se oiga su voz”. No extrañó, en consecuencia, que un tal Navajas, el bloguero de la fe, se pasara un folio en La Razón dando las gracias a los asistentes. “Gracias por hacer un poco más austera la cena de Navidad y así ahorrar para el transporte y el hotel de toda tu familia. Gracias, porque ya has adelantado a tus hijos que este año los Reyes van a traer un poquito menos de regalos (…) Gracias, hijos, porque vuestra oración, sencilla y breve, también ha llegado al cielo”. Gracias Álex por no escribir a diario.
No hubo milagro
Tanta oración no obró el milagro de ganar para la causa al tenaz matrimonio cristiano formado por Enric Sopena y Margarita Sáenz Díez. Para él, que fue de la Obra antes que del PSOE, fraile antes que monaguillo, hubo en Madrid una concentración de “sepultureros”, que “enterraron una vez más toda esperanza de que la religión católica vuelva a ser algún día la de Jesús de Nazaret” (El Plural). Para ella, que fue Demóstenes y se le ha olvidado, “hay otros modelos familiares comprometidos radicalmente con la familia” (Cadena Ser). También en la duda hay fe.
Al mensaje navideño del rey le ocurre lo que a Papa Noel. Hay que tener mucha fe para creer que un tipo tan gordo entra por las chimeneas y, ya puestos, hacer abstracción de que el sujeto va vestido con un pijama rojo y se ríe muy raro antes de permitir a los niños sentarse en sus rodillas. Por idénticas razones, nadie se atreve a decir que el discurso del monarca es más falso que un euro de madera, aunque todo el mundo sepa que se escribe en la Moncloa y no en la Zarzuela. Así, se alaba o se critica, obviando que sólo estamos ante un busto parlante que nos ameniza los langostinos.
Agapito Maestre cree en Papá Noel y, por lo que se ve, tuvo problemas de ardores con el pavo, que es muy indigesto. Sólo así se explica su virulencia navideña en Libertad Digital: “Creo que el Rey tampoco merece confianza alguna. No, Señor, usted no tiene credibilidad porque ha tragado, como el resto de la casta política, con la falsificación de España como nación”. ¿Nadie tenía a mano un alka-seltzer? Maestre se hubiera ahorrado la irritación de colon de haber leído a su colega Girauta, también en LD: “Nada, hombre, Señor, Majestad, que hace usted bien en decir generalidades porque es su papel, porque es Navidad y porque todos sabemos que se lo han escrito. No hay problema”. ¿Te das cuenta, Agapito?
Hay que reconocer, como apunta el editorialista del Diario YA, que el discurso coincide con “el abuelo chillando que su sopa tiene que ser sin sal”. Pero eso no es motivo bastante para sugerir que el jefe del Estado lleva en la inopia desde la coronación: “¿De verdad cree Su Majestad que el PP y el PSOE, con la inestimable ayuda de comunistas, separatistas y otras especies que no querrá el cielo que estén en extinción algún día, van a arrimar el hombro(…)? ¿No ha tenido Vd., señor, suficientes ejemplos en los últimos 30 años para estar convencido de lo contrario?”.
La gran pregunta es otra. ¿A qué hora cenó en Nochebuena Luis María Anson? “Acaba de concluir su discurso en televisión cuando redacto estas líneas”, confiesa el académico en El Imparcial. Eso es pasión por la monarquía y por el periodismo. ¿Que cómo estuvo el rey? Lean: “Algunos creen que don Juan Carlos debería mojarse más. Yo no. A mí me parece que hace lo que debe hacer y en la debida proporción”.
Olor a naftalina
Lo que quizás le pierda al rey es el escenario. “Entre la realización austera, con ese fondo menos de palacio que de salón de bodas y banquetes lord Winston, y el matiz crepuscular que va adquiriendo el rostro del monarca, el mensaje navideño exuda olor a Ancien Régime”, opina David Gistau en El Mundo. En otras palabras, que el discurso huele a naftalina y así no hay manera de saborear el pato. Que conste.
Coronada la etapa reina de la Navidad –que, como todo el mundo sabe, es el período que media entre que El Corte Inglés ilumina sus fachadas con renos azules y los sustituye por un cartel que pone 50% en firmas internacionales– es tiempo de repasar el tratamiento que nuestros grandes opinadores han dispensado a estas entrañables fechas, una lección magistral de cómo esquivar los tópicos con la gracilidad del hipopótamo.
El diario Ya, católico, apostólico y sentimental, colgaba en la Red el pasado día 16 de diciembre uno de los textos cumbres del periodismo de mantecado y alfajor. Su editorial invitaba a rebelarse contra el consumismo imperante con el refinamiento de los clásicos: “Nos hemos acostumbrado a ir corriendo a los grandes almacenes para que el vecino no nos quite la última videoconsola, el modelo definitivo de batidora a pilas, lo más chic en ropa de fiesta. (…) Recordemos que el Hijo del Hombre se calentó con el aliento de un buey y una mula, y que sus padres comieron de lo que les dio la gente del lugar. No lo olvidemos esta vez”.
Sin alcanzar semejante cima literaria, la secretaria de Organización del PSOE, Leire Pajín, nos desveló su pasión navideña en un especial publicado por El Mundo el 17 de los corrientes. Pajín escribe como lo haría el Ángel de la Anunciación de su belén peruano: “En general, prefiero la decoración sencilla, mezclada con la más innovadora, esa que nos ofrece, por ejemplo, el ancestral ramillete de acebo, las velas, las piñas de los pinos decoradas para la ocasión, etc… Cuando ya han pasado estas fiestas, conservo el acebo en la puerta, hasta entonces lo coloco dentro. ¡Este año me ha durado 12 meses!”. Tiene mano esta mujer con las plantas.
En Navidad es pecado eludir la Navidad. Cristina L. Schlichting, que en eso del pecado es una autoridad mundial, se lo reprochaba a Gallardón a mediados de este mes en La Razón, porque el alcalde de Madrid había osado felicitarle las Pascuas sin bolas ni belenes, sino con la imagen de un carrera de principios de siglo en Madrid, justo lo contrario que la vicepresidenta De la Vega, con su “original postal artesana realizada por las Hermanas de San Vicente de Paúl en Haití”. ¿Qué moraleja encierra esta aparente chorrada? Pues que “la izquierda aprovecha hasta los christmas para tender anzuelos al votante creyente; la derecha deja entrever sus complejos hasta en las felicitaciones”. Excuso decir que Schlichting no mordió el anzuelo.
Hacia Belén va
“En realidad estamos ahí, de procesión hacia Belén, entre un tumulto de pastores, aunque estemos aparentemente fumando un cigarro o con un casco blanco de ipod en la oreja, asistiendo sin enterarnos del todo a la historia de una piedad interminable”. Lo escribía un tal Peyró en El Confidencial Digital. Amén.
A diferencia de Federico I de la Cope, que está de vacaciones para llegar relajado a ese fin del mundo que nos augura, su admirada Esperanza Aguirre no se toma un respiro ni para engullir un polvorón. Además de arreglar con Zapatero su financiación autonómica y de conseguirle un sueldo a Acebes en la corporación Cibeles –que no le falte de nada a este hombre, por Dios–, la lideresa ha dado un golpe de Estado en Cajamadrid para nombrar mandamás a quien le salga de los calcetines. ¿Mola o no mola ser liberal?
Ausente el de Teruel de la tertulia episcopal, el inefable Francisco Marhuenda se arrogó la tutela de la presidenta con un argumento de peso: “Yo confío mucho en Esperanza Aguirre”. A tanto llegó que Javier Rubio, intendente mayor de Losantos en Libertad Digital, le afeó la conducta: “Me choca tu entusiasmo en defender a Esperanza Aguirre; es algo a lo que no estaba acostumbrado”. Poco antes, el director de La Razón había revelado a la audiencia la hondura de sus principios. “Una de las cosas que aprendí en la vida es que hay que tener claro quién te ha nombrado”, explicó. Lara, el de Planeta, puede estar tranquilo.
Estaba difícil defender a la diosa del liberalismo, pero para el editorialista de El Mundo no hay nada imposible. Lo que está mal no es tomar al asalto la cuarta institución financiera del país, sino que se lo permita una ley “que debería ser reformada cuanto antes”. Si esto era equilibrismo, lo de Arcadi Espada rozaba la competencia desleal al Circo del Sol. “Ella es la presidenta de la Comunidad. Esas batallas las tiene ganadas”, proclamaba ayer en Onda Cero. Y es que, teniendo a mano a Montilla y los nacionalistas, ¿para qué nos vamos a meter con Esperanza?
Menos comprensivo se mostraba en la Estrella Pablo Sebastián, que sigue sin perdonar que Aguirre le retirara su beca de 6.000 euros al mes en Telemadrid por leer titulares. En opinión de Don Pablo, su maniobra “vaticina el nuevo intento de asalto al liderazgo del partido, a corto o medio plazo (en el congreso de 2011) tanto por parte de la propia Aguirre como por Rodrigo Rato o el mismísimo Aznar”. En la columna de al lado, Don Germán (Yanke), damnificado mayor de la aguerrida liberal, describía la escena al completo: “Los dirigentes del PP de Rajoy saliendo a la cancha con sus raquetitas de badmington cuando lo que se está jugando es un partido de rugby”.
Esto es la guerra
¿Rugby? Aquí se libra una batalla. Enric Sopena y su pluma de destrucción masiva cree en El Plural que Aguirre “pelea cuerpo a cuerpo y avanza con la bayoneta calada(…). Con la operación Cajamadrid ensancha enormemente su territorio de poder. Y engrandece su leyenda de triunfadora”. Que alguien salve al soldado Rajoy.
Einstein sostenía que el azar no existe porque Dios no juega a los dados, aunque no está comprobado que no lo hiciera a la lotería. Uno puede creer en los niños de San Ildefonso y en el desaparecido calvo de la Navidad, o ir de Marina Castaño que, hasta escribiendo de infancia y liposucciones, como ayer en La Razón, le sale la vena mercante: “No hay nada mejor que tener un amigo con barco, para que sea él quien se ocupe del mantenimiento”. Marina es un primor por lo desprendida que parece.
En la lotería cree hasta Montilla, que ha estado este fin de semana en Moncloa para ver si Zapatero le daba el Gordo, como si fuera Doña Manolita. Ayer a la tarde estuvo Esperanza Aguirre para recoger sus décimos. Antonio Lucas, que es joven y poeta, dice en El Mundo que “la lotería es la superstición oficial, la falsa magia timbrada, la niña bonita con culo de peseta y pezón de cava”. A Pujol le tiraban pesetas cuando venía a Madrid a pedir el 15% del IRPF, pero el de Iznájar que gobierna la Generalitat no quiere calderilla.
“Para compensar el bombo catalán, Zapatero aprovechó el fin de semana para sortear también el número andaluz recibiendo tras Montilla a Manuel Chaves (…). Este sorteo tiene una virtud: no gusta a nadie, preocupa a la mayoría y siembra de recelos a todos”, asegura Javier Ruiz de Vergara en La Nación. Está visto que estos tíos no son de buen conformar, todo lo contrario que aquellas monjitas que pidieron a Pío Cabanillas padre cuando era ministro que les diera el Gordo, según recuerda J. A. Gundín en La Razón. La necesidad era mucha, pero se resignaron a su suerte: “No ha sido el Gordo, pero el segundo premio nos ha venido muy bien, gracias”.
Que la vida es una tómbola lo sabía hasta Marisol. Y Josep Pernau, que recuerda en El Periódico que en la Guerra Civil cada bando organizó su propio sorteo. “Ganara quien ganara el conflicto, el juego de la lotería saldría victorioso siempre. Era el triunfo de la fe en unos números, por encima de las ideologías”.
Losantos y el destino
Sin embargo, puede que la lotería sea “un juego inequívocamente capitalista en el que gana más quien más invierte”, como explica Ignacio Camacho en ABC, que es como decir que para burlar al azar basta con comprar todos los números o liarse con la bruja de Sort. ¿Tiene Federico I todas las papeletas para dejar la Cope si Rajoy se impone con holgura en las elecciones europeas? Pues sería lo lógico, pero Joan Valls, que escribe en Libertad Digital y cobra del turolense, se ríe del destino: “Para Losantos no hay recambio; no sólo por la originalidad del personaje, sino, sobre todo, porque sus seguidores así lo han querido”. ¡Qué buen vasallo si hubiese buen Señor!
Si aceptamos que toda sociedad tiene los políticos que se merece, estamos obligados a ser más indulgentes con los que nos ha tocado en suerte, aunque sólo sea para ponernos a salvo a nosotros mismos. Ya muy mayor y con la cabeza en otra parte, le preguntaron a Dolores Ibárruri su opinión sobre los políticos de la época, incluidos Suárez y Fraga. “Pues qué quiere que le diga, hijo. Todos, muy buenos camaradas”, respondió Pasionaria. Es evidente que en esto no creó escuela.
Gabriel Albiac ve todo tan negro que un día este hombre nos da un disgusto. Disertaba ayer sobre la clase política en activo y no tuvo mejor idea que comparar a sus representantes con Maquiavelo, que además de listo, malo y muy putero, era, al parecer, altamente resistente a la tortura. “Hubo una vez políticos. Hombres. Ahora, sólo deshechos”, concluye desesperanzado su artículo en La Razón.
Lo peor viene cuando se personaliza. De Magdalena Álvarez dice Martín Ferrand que “domina el esperpento” con más arte que Valle-Inclán y que tiene un “lenguaje desgarrado, como de verdulera antigua”. El de ABC se muestra, por el contrario, muy comprensivo con Esperanza Aguirre y Francisco Camps, que “visitaron sin ser vistos” el lugar donde se vino abajo el túnel del AVE a Valencia. Las fotos no dejaban lugar a dudas. Aguirre y Camps se echaron literalmente al monte, lo cual, por abusiva reiteración, no debe de ser noticia.
El arte de brear a los políticos puede degenerar en obsesión. Enric Sopena, marido de Margarita Sáenz Díez, la emprendía ayer con Aznar, igual que esos estresados empleados japoneses a los que se permite apalear diez minutos al día el muñeco del jefe. “Dios los cría y Mussolini, Franco y Bush los juntan”, afirmaba en El Plural, después de meter en el mismo saco de “la derecha extrema que atenaza al PP” a Esperanza Aguirre y al “centrista” Ruiz Gallardón.
También se puede jugar a la equidistancia. ¿Quién se ha bajado más los pantalones?, viene a preguntarse César Alonso de los Ríos en un artículo en ABC que pasará a la historia porque no menciona ni una vez a ETA. “Hay una diferencia entre Zapatero y Rajoy: aquel ha sustituido los pantalones por una toalla mientras a éste se le ven los huevos”, sentenciaba con sutileza.
Sentido y sensibilidad
Los políticos sufren, y menos mal que el Supremo ha dicho que grabarles con cámara oculta es de muy mal gusto. Luis del Olmo reflexionaba ayer en Punto Radio sobre su padecimiento: “Muchas veces he pensado en los compañeros de ‘El jardín de los bonsáis’ que imitan perfectamente a los personajes… Si eso se malutilizara, podríamos hacer mucho daño”. Del Olmo tiene sentido y sensibilidad.
Dado el periodismo de altura que se ejerce en la actualidad es comprensible que el ácido (úrico) debate vivido el miércoles entre el PP y el Gobierno a cuenta de los carísimos mingitorios de la Moncloa haya recibido críticas unánimes por maloliente, escatológico y poco edificante. La higiene democrática y hasta la periodística es incompatible con las aguas menores. Dicen que la culpa la tuvo Rajoy por acusar a Zapatero de bajarse los pantalones ante el PNV… Una cosa debió de llevar a la otra.
“Sería conveniente que el PP elevase el nivel del debate y no se enfrascara en unas refriegas que no dejan a sus señorías muy bien paradas”, aconsejaba ayer La Razón. Su argumento era consistente: como “los asuntos de índole económica y social” tienen al país entre muy malamente y hecho una mierda, “este choque dialéctico no debería producirse en el Congreso”. En similares términos se pronunciaba El Mundo, para el que la lluvia dorada de descalificaciones entre la diputada Dolors Nadal y la ministra Salgado “comprometen el buen nombre de las instituciones”.
Pese a todo, el espíritu del periodismo exige la aproximación a una verdad que, como sostenía Rousseau, tiene mal olor al salir de ciertas bocas. A esta ingrata tarea se aplicó Fernándo Jáuregui, quien, aprovechando la copa de Navidad de Moncloa, se personó en los inodoros cual notario de saneamientos y derivados. “No me han parecido nada impresionante, la verdad: parece que el único avance en los nuevos urinarios es que son digitales, es decir, programables”, tal era el veredicto en su columna en el Diario de Navarra.
Pendiente de Zapatero y de la copa, Raúl del Pozo eludió el sinuoso camino hacia las letrinas, aun sabiendo que “la taza del váter es el verdadero trono de los estadistas”. Lo confirmaba en las últimas líneas de su columna de ayer en El Mundo: “Me voy sin visitar el váter, humilde rincón donde hasta el más hombre se baja el pantalón mientras llega la navidad con el calor del establo”. El propio David Gistau perdió interés por el debate cuando comprobó que los retretes en cuestión “ni siquiera eran una metáfora comparable a la de las cloacas del Estado de aquellas viejas sesiones sobrevoladas por los GAL” sino que se trataba simple y llanamente de averiguar “cuánto cuesta cagar en palacio”.
Tirar de la cadena
¿Quiere esto decir que la taza de Roca no tiene utilidad? En absoluto. Sirve para arrojar a ella el artículo de ayer de Rodríguez Braun en La Razón, justo cuando dice que “si la jornada laboral ha disminuido es sólo porque los trabajadores son más productivos, y no gracias a ninguna lucha por ningún derecho social”. Y para tirar después de la cadena y que se disipe así el mal olor.
Rosa Díez va de David con su honda, su descaro y sus vestidos de Devota & Lomba y los Goliat que tiene a derecha e izquierda le facilitan las piedras y el trabajo. El martes en el Congreso obligó al PP a sumarse a su manera de expulsar a ANV de los ayuntamientos y dejó en la UVI el renovado pacto antiterrorista; fuera de él, se pronunció por una ley de plazos sobre el aborto. “La señora Rosa Díez es una sirena ya madura, pero entona una melodía tremendamente grata a los oídos de muchos españoles”, decía Enric Juliana en La Vanguardia a propósito de otro asunto: su cruzada antinacionalista. ¿Se los lleva al huerto o al fondo de mar?
A Federico I de la Cope le tiene tan cautivado que pudiera llegar a temerse por su matrimonio. “Encima mandando en el ruedo, dirigiendo la lidia”, afirmaba ayer mientras relataba que no fue Trillo sino Astarloa y Pizarro los que negociaron con ella la moción sobre ANV. “Lo que más me gusta es cómo debió disfrutar. ¿Queréis apoyarme? De rodillas, perro; de rodillas. Y a ti no te admito. ¡Que venga Astarloa!”.
Caído por Losantos y por el EGM, el ex de ABC José Antonio Zarzalejos se hacía eco de este amorío en La Estrella Digital: “Escandalizarse porque determinados comunicadores de extrema derecha de la emisora eclesial apoyen a un partido que, como UPyD, no es conservador, resulta algo peor que una ingenuidad: es una estupidez. Hace mucho tiempo que en la derecha española –en la social, política y mediática– la coherencia dejó de ser un valor y pasó a ser sustituido por el desquiciamiento sectario”. En conclusión, que Federico está trastornado y Rosa Díez “rentabiliza con listeza los espacios que los medios le proporcionan”.
En esta misma constelación digital, González Urbaneja ya ve a la política vasca convertida en un “líder de la oposición con posibilidades abiertas para el futuro”. Sustenta su teoría en la ley de gases, según la cual Rosa Díez tenderá a ocupar cualquier espacio vacío o disponible. “¿Podría ser Rosa Díez el cartel sorpresa del desorientado PP?”, se pregunta de entrada. Como ha demostrado en la Asociación de la Prensa de Madrid, Urbaneja sabe mucho más de humo que de gases.
Paso a Demóstenes
Quien siempre es fuente inagotable de conocimiento es Margarita Sáenz Díez, esposa de Enric Sopena y tan plural como su pareja. “¿No será que ahora (a Rosa Díez) le interesa sobresalir por encima de todos cara a las elecciones europeas?”, inquiría ayer en la animada tertulia de Francino con su perspicacia habitual. Aún tuvo tiempo para otra reflexión de altura: “El problema es que está arrastrando al PP, con un coste electoral para el PP que ya veremos en cuánto se cuantifica (sic)”. Margarita es Demóstenes, o casi.
Cayo Lara, el nuevo procónsul de IU, ha caído muy simpático a los círculos de la derecha porque ha empezado a hablar de huelga general, una expresión justificadísima del malestar social siempre y cuando no gobierne el PP. Así que, salvo Javier González Ferrari, que no tiene “la más remota idea de quién y cómo es Don Cayo” y le augura en La Razón “una duración más bien corta” al timón de “ese buque fantasma conocido como Izquierda Unida”, el resto del columnismo más diestro hace votos para que el azote del Pocero lo sea también de Zapatero, rima mediante.
El maestro Raúl del Pozo –también en lo de seguir aparentando que alguna vez simpatizó con la izquierda–, describe en El Mundo a la nueva esperanza roja con tintes épicos, líricos y hasta dóricos porque, como dice, “todo empezó en Grecia”. De ese “gañán y asceta” que es Lara, afirma que “parece un tipo corriente, un campesino de donde nace la gente llana, no el Warren Beatty de Reds, pero cree que ha llegado la hora de que el PCE despierte y vuelva a pasearse a cuerpo por las calles”.
En ABC, Ignacio Camacho no sabe exactamente si Lara tiene “mucho entusiasmo, mucha confianza o muchos huevos para aceptar el cargo en un momento así”, pero le augura cierto futuro: “Si Izquierda Unida se pone al frente de esa frustración popular y le añade una pátina ideológica de anticapitalismo, al pairo del reciente descrédito del sistema, quizá logre abrirse un sendero por el que transitar acompañada de trabajadores cabreados, desempleados recurrentes, jóvenes sin futuro y demás habitantes a la orilla de la desesperación”.
Basta escucharle hablar para comprobar que Cayo no es Séneca. Pero es capaz de decir algunas verdades que incomodan, tal y como podría atestiguar Carlos Herrera, que ayer le entrevistó en Onda Cero. “Coincidirá conmigo mucha gente en que el mejor desarrollo de lo que conocemos como socialdemocracia, en medidas sociales y derechos de los trabajadores en Occidente, se ha producido cuando había un contrapunto al sistema capitalista en el otro bloque (…). Hay una crisis de la civilización; ésta es la crisis que está provocando el sistema capitalista”. Y así.
Empanadillas para la izquierda
De momento, una tal María José Navarro, en La Razón, tan arrojada como para estar cerca “de un grupo de intelectuales de izquierda” y llevarles “unas empanadillas de bonito” para que aprecien lo que es “el buen vivir”, desea lo mejor al sustituto de ese “plomazo”, “sieso” y “aguafiestas” de Gaspar Llamazares. “Así me evito desearle lo mejor a Eberhaard Groske. No es por nada, es que no sé decirlo”, concluye María José, de Martes y 13. Por poner un pero, le faltó el saludo: ¡Ave, Cayo! Hay que ser educados.