Mañana de Halloween

Las prisas por investir a Mariano cuanto antes, después de casi diez meses de piloto automático, obedecen a varias y poderosas razones. La principal, por supuesto, es el temor a que se pasen los efectos de la burundanga repartida entre los diputados socialistas y algunos recobren la voluntad justo antes de bajarse la bragas. No es el caso de Antonio Hernando, quien subió a la tribuna de oradores absolutamente inmerso en el papel que le había tocado defender en esta ocasión. Hernando es un diputado del método y por momentos, cuando habla del honor y la honradez, parece que hasta se lo creyera. Robert DeNiro trabajó durante unos meses de taxista en Nueva York recopilando el cargamento de tics necesarios para interpretar a Travis Bickle, aquel taxista enloquecido que dudaba entre salvar a una puta o matar a un candidato a presidente; Hernando, con treinta minutos en el estrado, tuvo de sobra para apearse de sí mismo, de sus más íntimas convicciones, e interpretar a la alfombra roja que Mariano necesita para salvar a España. Hacer de alfombra, claro está, es mucho más difícil que hacer de taxi. Eso sí, la actuación tuvo empaque suficiente como para escenificar el mucho asco que le daba al grupo socialista la política de Mariano, tanto que van a votar hoy no mientras que el sábado van a abstenerse. Hay 48 horas entre una votación y otra: a este período se le denomina cuarentena.

“Más vale que deje usted de ser Rajoy” le espetó Hernando al candidato. Para él era fácil de decir, como que dejó de ser Hernando de un día para otro. Mientras hablaba, el ministro del Monólogo Interior, Fernández Díaz, escuchaba muy atento el móvil. Probablemente, por el modo en que se tapaba la boca para que no le leyeran los labios, hablaba con la Virgen del Perpetuo Socorro. Es otro gesto de la nueva política ésa de que los prebostes imiten a los entrenadores de fútbol cuando imparten órdenes desde el banquillo. Hernando acentuó la semejanza futbolística al advertir que el apoyo implícito en la abstención del sábado no significaba un cheque en blanco, que se acabó el rodillo de la mayoría absoluta: en los años venideros el gobierno tendría que aprender a legislar votación a votación, partido a partido. Cholismo puro y duro. La advertencia culminó con un rosario de las diversas traiciones que el PSOE ha cometido desde los ochenta -el abandono del marxismo, la OTAN, la reconversión industrial, la puñalada sindicalista-, para que le quedara claro a Mariano con qué clase de gente se juegan los cuartos. “El tiempo nos dio la razón” dijo Hernando. Era verdad, antes sólo tenían El País.

Mariano replicó, como casi siempre, desde el mejor de los mundos posibles: el de su imaginación. Allí, en Marianolandia, el paro ha bajado, la competitividad sube, el empleo es de calidad, las familias viven felices, los perros se atan con longanizas. Gran parte de su afán consistió en apropiarse del discurso de su predecesor en el uso de la palabra y lo hizo con tanta fidelidad que por momentos, más que una réplica, parecía una fotocopia. “Coincidimos en muchas cosas” dijo, muchas más de las que cualquiera de los dos estaría dispuesto a aceptar. En efecto, como en tantos otros momentos álgidos del biparditismo, Mariano y Hernando eran el derecho y el revés de un superhéroe con identidad secreta: Batman y Bruce Wayne, Superman y Clark Kent, Hulk y Bruce Banner. “Yo no voy a hacerme socialista” aseguró Mariano, pero no sonó muy convincente, como si toda Metrópolis no supiera que por las noches el presidente se pone el disfraz de justiciero para arreglar los atropellos que su partido comete por el día.

La aparición de Pablo Iglesias en la tribuna vino precedida de una desertización entre las filas populares en la que le enseñaron el respeto que le tienen, un batiburrillo de murmullos coronado por un graznido femenino que, durante unos segundos, pensé que era una alucinación auditiva: “¡Venezuela!”. Me froté bien los ojos pero no pude distinguir de qué montón de laca había salido el sustantivo. Pablo empezó con una referencia a la Triple Alianza (PP, Ciudadanos y PSOE) que va a darle el gobierno regalado a Mariano, aunque se le escapó una más que obvia referencia histórica: el Eje, donde no hace ninguna falta que les explique quién sería Alemania, quién Italia y quién Japón (les doy una pista: cultiva bonsais). Después se fue creciendo y creciendo, pasando de Valle-Inclán al abrazo del oso, hasta derramarse en una declaración bastante intempestiva: “Hay más delincuentes potenciales en esta cámara que ahí fuera”. Lo llamaron payaso y sinvergüenza, y la algarabía en el patio fue digna de la otra Corea.

Con lo cual, Pablo le dejó a huevo la respuesta a Albert Rivera, quien le señaló que no se puede aceptar la dignidad de una cámara de representantes al mismo tiempo que se la cuestiona. Es la política cuántica de Unidos Podemos, que pretenden rodear el Congreso de los Diputados sentados en el mismo Congreso de los Diputados. Entre disquisiciones de física y pancartas de preescolar a Albert se le pasó el turno guardándole las espaldas al PP hasta que, de repente, se dio cuenta de que no se trataba tanto de desvestir a Pablo Iglesias como de investir a Mariano II. Al salir a la calle, todavía no me quedó muy claro por qué la sesión de investidura estaba programada para el sábado, aunque alguien me explicó que lo de dejar 48 horas entre votación y votación se trataba de una norma antigua, de los tiempos en que los diputados venían en calesa desde provincias. La verdad, yo pensaba que todo era cuestión de que Mariano no saliera presidente el lunes, no fuese a ser trending topic la noche de Halloween.