AGUAS HELADAS // LORENZO SILVA
El fuego ha devorado un buen pedazo de California. Entre los damnificados, un puñado de eso que desde hace unos años se ha dado en llamar “celebridades” (copiando del inglés celebrities). Por lo visto, a Spielberg hubo que evacuarlo y a Sean Penn se le quemó el castillo.
La desgracia de los opulentos siempre proporciona un secreto regocijo a los desheredados. Pero no se entusiasmen: de estas grandes catástrofes que en los últimos años ponen patas arriba regularmente a la primera potencia, quienes peor parados salen son los muchos destripaterrones que en su territorio malviven. Spielberg arreglará sin despeinarse los desperfectos y a Penn el seguro le levantará otro castillo.
Los que las estarán pasando canutas son todos esos que no tienen dólares para pagarse el amparo que el Tío Sam está demasiado apurado para prestarles. La revista Time nos informa que cada minuto de la no-guerra de Irak cuesta 500.000 dólares. La semana pasada se probó con éxito el escudo antimisiles en Hawai: se logró abatir un objetivo balístico que volaba más allá de la atmósfera. Imaginen lo que vale el cacharro capaz de semejante hazaña. ¿Hasta cuándo se sostendrá este agravio? La Historia nos enseña que de una u otra forma todos los imperios acaban suicidándose, cerrando los ojos a lo que de veras los amenaza. No será de Irak, ni de allende la atmósfera, de donde llegue el golpe.
ANUNCIOS ANIMADOS // FERRAN CALVET
Hay anuncios que se entienden enseguida; por ejemplo, el de los principales fabricantes recomiendan Calgonit. Será verdad o no, pero está claro, y además se ilustra con un operario sacando la resistencia de la lavadora que parece que le hayan salido flores.
Otros requieren alguna complicidad por parte del espectador; por ejemplo el de la estantería Grünfuld que va con el tornillo Haröralt, que sólo tiene sentido si uno ha comido albóndigas suecas en una tienda de muebles -por cierto que éste es muy gracioso pero nadie se acuerda de qué anuncia, o sea que el gasto en publicidad sólo le ha hecho provecho a IKEA.
Otros no hace falta que se entiendan porque sólo aspiran a ser molones. Por ejemplo los de coches y los de maquillaje. Se ve el coche por delante, por detrás, de escorzo y corriendo que se las pela por una carretera sin radares. Esos son para los tíos, que nos mola cruzar la provincia de Soria a toda leche. O se ve a una moza recién enjalbegada, con las pestañas de palmo y poniendo morritos complacientes. Esos son para las tías, que les mola ir por la Quinta Avenida con las pestañas como rastrillos.
Y luego están los anuncios tan originales que no se entienden ni pa’tras. Por ejemplo el de Volkswagen Polo. Sale un notas que ve los plátanos azules y el cielo amarillo, pero su Polo es rojo por mucho que le digan que es verde…
Vale, colega, estás daltónico perdido; ¿pero tu coche corre, o es para nenas?
WIKI ON THE ROCKS // ALBERTO OLMOS
Aprendimos a insultar leyendo a Carlos Boyero. Parecía fácil y estaba bien pagado, pero luego, cuando te ceden un hueco en un periódico, te das cuenta de que la cosa tiene su miga, y de que Rafael Reig te lleva mucho descaro de ventaja.
Ahora Carlos Boyero se nos ha ido a El País. Muerto Umbral, y migrado este vitriólico crítico de cine, El Mundo se queda sin izquierda tronante, sin columnistas históricos, como un reloj con las agujas arrancadas: el mecanismo sigue funcionando pero que ya no nos sirve para consultar la hora.
Boyero ha sido, para muchos estudiantes de periodismo de mi generación, la piedra de toque de la verdad. Frente al rollo macabeo de los grandes pensadores, la malicia de los articulistas orondos y la mezquindad verbal de los que escriben para cumplir, encontramos en Boyero la voz de la calle. Vamos, que la película era una mierda y Garci un coñazo.
Esta pureza intelectual, de cerebro tan cultivado que ya entendió que es mejor repudiar la retórica (“mierda”, “coñazo”, ¿para qué más?), se estaba desarrollando en las páginas idóneas, las de El Mundo, donde cada artículo suyo era como ver a un tipo hipotecado vomitando en los manteles del banquero.
En El País también hay banqueros, claro, e inquietantes nódulos de poder; pero nuestro héroe se sentirá sin duda más cómodo, moderará su mordisco, y quizá nos haga entender que ha llegado la hora de tomarle el relevo.
EL ANTÍDOTO // MAGDA BANDERA
Juro que no fue en el Calcolítico: Hasta hace pocos años, viajar en un tren de largo recorrido era propio de jóvenes, mujeres que no tenían carné de conducir o emigrantes sin coche. En definitiva, de pobres, aventureros y ecologistas pioneros que se rifaban las ventanillas para dormitar, espiar el reflejo del pasajero de enfrente o concentrarse en el paisaje hasta olvidar el intenso aroma a chorizo de pueblo que flotaba en los vagones.
De eso ya no queda nada. Los trenes se han convertido en un desfile de maletines que huelen a colonia de la buena. Sólo los hombres y las escasas mujeres de negocios pueden costearse los altarias, los alvias, AVES y abusos varios que han desterrado a los expresos.
En la actualidad, sólo queda un convoy al día para ir de Barcelona a Madrid a un precio asequible. Es nocturno, lento e incomodísimo. Aun así, los 120 pasajeros que consiguen plaza para deslomarse celebran su suerte. El resto de trenes cuesta un mínimo de 105 euros*. El tramo Madrid-Sevilla es aún más elitista: 20 AVES, 0 expresos.
Lo peor es que la mayoría de quienes sufren las obras del AVE se limitará a verlo pasar delante de sus narices. Son los usuarios del Cercanías, estudiantes y trabajadores que no quieren o no pueden viajar en coche.
Sabíamos que hay clases sociales e imaginábamos que este Gobierno no iba a eliminar los vagones de primera para añadírselos a los expresos en extinción, pero resulta frustrante descubrir que para ser ecologista haya que tener dinero. “Lo que importa es el total”, ya se sabe.
* Ida y vuelta
mbandera@publico.es
EL OJO DE LA MOSCA // JULIÁN HERNÁNDEZ
En medio del desfile del 12 de octubre aparecía la Legión y el locutor que retransmitía el aburridísimo evento recordaba al respetable que este aguerrido cuerpo desfila a una velocidad de 150 pasos por minuto: los chicos tienen prisa, ya sea porque les persigue su “celosa novia” (como dice Moncho Alpuente) o porque la cabra tiene que llegar a su hora para zamparse el forraje. Esta medida del ritmo, del pulso, es habitual en música. El metrónomo se regula en golpes por minuto, en “beats per minute” (B.P.M.) como bien saben los D.J.’s. Es precisamente en la música de baile donde esta medida marca el estilo. La música disco de los setenta parecía condenada a ir a 120 B.P.M. y se ha ido acelerando hasta llegar a los 160 B.P.M. del acid house más hard-core o del bacalo más hortera que vomita el coche tuneao. Alguien tiene que llevar el compás o la rave se nos va al garete.
Legionarios y bacaladeros no son los únicos que se apropian de un pulso. Las modelos desfilan invariablemente a 135 B.P.M., les pongan la música que les pongan los diseñadores. Muy por debajo están los exasperantes 50 B.P.M. de una procesión de Semana Santa; y muy por encima los 300 B.P.M. de un manifestante corriendo delante de la policía (lo que se conoce como “darse con los pies en el culo”). Es un mundo de velocidades superpuestas. Nuestra arritmia natural la corrige el marcapasos de la vida cotidiana y así desfilamos hacia el pálpito primigenio del Universo.
EL DECANO // JUAN LUIS CANO
Lo malo no es lo que piensa el primo de Rajoy, lo malo es que Rajoy se lo crea y tras él todos los que se tragan sus palabras sin masticar. Asegurar que el cambio climático es una falacia a estas alturas es como asegurar que el flequillo de Aznar es un bisoñé, es decir, algo absurdo.
Pero es que además es peligroso hasta insinuarlo. El ser humano es vago por naturaleza y sólo nos faltaba el primo de Rajoy para que perdamos la poca conciencia ecológica que tenemos. Claro que si vemos que la tierra se va al garete se sacan las Vírgenes en procesión y se acaba el problema, como con la sequía. Ahora caigo. Cómo he sido tan torpe. Eso es lo que le pasa a Rajoy, que no le preocupa que nos estemos cargando la Tierra porque está lo de las procesiones y, por supuesto, todo cuanto nos acontece en éste pobre planeta lo decide Dios. Lo que nos faltaba: El señor Rajoy se ha vuelto creacionista.
La opinión de la comunidad científica viene a decir que el cambio climático no solamente es el mayor problema con el que se encuentra ahora mismo la humanidad, sino que, como no se tomen medidas urgentes, puede llegar a ser el único problema.
Los primos son muy peligrosos. En todas las reuniones familiares siempre hay alguno que se toma una copilla de más y comienza a decir tonterías. En esos casos lo mejor es darle un cachetito en la espalda y mandarle a hacer un pis y a la cama ¿Sería el mismo primo el que le dijo a Rajoy lo de los hilillos del Prestige?
ANUNCIOS ANIMADOS // FERRAN CALVET
Hay anuncios que dividen al público entre los que están encantados y los que se llenan de ronchas nada más verlos. Es el caso del último de El País, cuya versión completa me he tomado la molestia de transcribir para que todo el mundo pueda tomar posiciones al respecto:
“La calle, las casas, las caras, la gente, los sueños pendientes. La lluvia, los fuertes, la guerra, las balas. Los punks, los modernos, lo enfermo, lo que parece caduco pero es eterno. Las fobias, las novias, las nuevas memorias, las partes perdidas de la historia, la gloria. China, Internet, marihuana, Tijuana. Las curas, el sueño, los sin techo, los dueños. Ventajas, cuellos con joyas, alhajas. Cielos, miradas con rabia, Arabia. Secretos, famosos, poetas austeros. Políticos, versos, literatura, sinceros… Un niño que nace, el sol, la agonía, lo escrito, el futuro, la noche, la vida… las vidas”.
Hay quien dice que suena a rap de pastel, como el Amo a Laura pero en versión para progres. Hay quien odia específicamente lo de el niño que nace justo cuando la banda sonora hace un cambio como super-emotivo. Hay quien juzga imprudente hacer rimar miradas con rabia y Arabia, como si no tuviéramos ya bastantes problemas con el Islam y sus cosas…
En cambio mi tía abuela es de las que están encantadas con el anuncio porque dice que hay un trozo en el que sale Calahorra. Ya le he dicho que no, que está rodado en Shangai, pero como está sorda no hay manera…
WIKI ON THE ROCKS // ALBERTO OLMOS
Todos los veinticinco de diciembre, durante la cena de Navidad y a eso de las nueve de la noche, en mi casa apagamos la televisión. Pasados unos treinta minutos, la volvemos a encender. El discurso de su majestad el Rey ha concluido.
En mi casa no hay un gran conocimiento político, ni tesis sólidas sobre el modelo de Estado que conviene a España; ni el menor afán en socavar la institución monárquica. Simplemente, no nos interesa nada el discurso de su majestad el Rey. Por eso apagamos el televisor.
En realidad, lo que querríamos en mi casa es cambiar de canal, algo tan sencillo como hacer zapping y detener el tiovivo de programas en uno de nuestro gusto. Pero, como es sabido, cuando su majestad el Rey da su discurso de Navidad, en todos los canales lo emiten, y si uno quiere ver la televisión lo único que puede ver es a don Juan Carlos I, con sus cosas.
Como digo, mi familia no está especialmente interesada en descubrir las herrumbres de la Corona, ni en fiscalizar el uso que la familia Real haga del presupuesto millonario que recibe. No tenemos banderas republicanas ni quemamos fotos del Rey; aunque no nos sabemos los nombres de los nietos que corretean por los palacios, no deseamos que tropiecen con el trono.
Sin embargo, y dado que la tele es nuestra, y que nos gusta mucho ver la tele, y que llevamos ya décadas apagándola en la fecha y hora antedichas, no sería mala idea que, algún día, nos dejaran cambiar de canal.
EL ANTÍDOTO // MAGDA BANDERA
Como todas las abuelas, la mía recordaba los poemas que recitaba de niña, pero solía olvidar la compra que había planificado dos minutos antes. Poco antes de morir, empezó a delirar y nos helaba la sangre cuando hablaba de niños que aparecían muertos en el río y caballos que galopaban por los montes. Así fue cómo sus nietos tomamos conciencia de que había vivido una guerra de la que nunca quiso hablar.
Cuarenta años callando. Todo lo más, un suspiro hacia adentro.
Por eso, para saber algo de la guerra, he tenido que viajar a lugares que acababan de sufrirla, como Irak o la ex Yugoslavia. Y lo he hecho inconscientemente, sin saber qué perseguía mientras conversaba con jóvenes de mi edad que sólo deseaban divertirse y recuperar lo imposible. A veces, tras unas cervezas, brindaban por los amigos que estaban en el extranjero o algo más lejos.
No hace mucho, uno de ellos me contó que su primo acababa de aparecer en una fosa común. Aquel día todo cambió: Al fin enterraron sus restos y casi todas las preguntas.
Ese día también yo entendí muchas cosas. Entre otras, por qué buena parte de los impulsores de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica son nietos de los que renunciaron a desahogarse en su momento, precisamente, para protegerles. No saben nada de la guerra, ni quieren venganza, pero del mismo modo en que se hereda el color de los ojos, a veces se traspasa la pena. Lo dicen los psicólogos, los mismos que no tuvieron nuestros abuelos.
mbandera@publico.es
EL OJO DE LA MOSCA // JULIÁN HERNÁNDEZ
En medio del desfile del 12 de octubre aparecía la Legión y el locutor que retransmitía el aburridísimo evento recordaba al respetable que este aguerrido cuerpo desfila a una velocidad de 150 pasos por minuto: los chicos tienen prisa, ya sea porque les persigue su “celosa novia” (como dice Moncho Alpuente) o porque la cabra tiene que llegar a su hora para zamparse el forraje. Esta medida del ritmo, del pulso, es habitual en música. El metrónomo se regula en golpes por minuto, en “beats per minute” (B.P.M.) como bien saben los D.J.’s. Es precisamente en la música de baile donde esta medida marca el estilo. La música disco de los setenta parecía condenada a ir a 120 B.P.M. y se ha ido acelerando hasta llegar a los 160 B.P.M. del acid house más hard-core o del bacalo más hortera que vomita el coche tuneao. Alguien tiene que llevar el compás o la rave se nos va al garete.
Legionarios y bacaladeros no son los únicos que se apropian de un pulso. Las modelos desfilan invariablemente a 135 B.P.M., les pongan la música que les pongan los diseñadores. Muy por debajo están los exasperantes 50 B.P.M. de una procesión de Semana Santa; y muy por encima los 300 B.P.M. de un manifestante corriendo delante de la policía (lo que se conoce como “darse con los pies en el culo”). Es un mundo de velocidades superpuestas. Nuestra arritmia natural la corrige el marcapasos de la vida cotidiana y así desfilamos hacia el pálpito primigenio del Universo.