EL DECANO// JUAN LUIS CANO
Hoy es el gran día. Ése en el que nadie se va a acordar de la crisis o la desaceleración, según quien lo hable, porque hoy sabremos si España llega a la final del Europeo o se queda con la miel en las botas. Hoy, lo que no consiguen los políticos, sino más bien todo lo contrario, llegarán a hacerlo realidad 23 jugadores y un entrenador: unir a un país. Ya sé que parece la vieja fórmula del franquismo de dar fútbol y toros a la plebe, ¡pero, coño, es que uno se emociona una barbaridad!
Los eventos deportivos son los únicos en los que nadie se pregunta si el de la bandera española es facha, a ningún madridista le importa que el que meta el gol sea Iniesta o el del pase maravilloso sea del Atleti (perdón, que del Atleti no ha ido ninguno, otra vez será), del mismo modo que a ningún culé le importa que sea Casillas quien pare los penaltis. Así de grande es el deporte.
El sector de la hostelería también va a notar los beneficios de esta fase final, porque son tantas las comidas que se han jugado los españoles: que si ganan, que si pierden, que pago una comida para todos, que sea verdad, que sí, que sí… que vamos a ver estos días un montón de grupos de amiguetes y amiguetas alrededor de una mesa en un restaurante departiendo sobre remates, subidas por la banda y goles. Imaginemos que llegamos a la final. Deberían invitar al resto del país esos plomos de periodistas deportivos que nos han dado el palizón con el rollo de Raúl. Pues ya ves tú, al final no ha ido.
AGUAS HELADAS// LORENZO SILVA
Dos parejas de mediana edad están sentadas en la terraza del club náutico. Hablan de barcos. Al parecer, uno de los dos matrimonios está sopesando comprarse uno que tenga cuatro metros más de largo y uno más de ancho que el que ahora poseen. El hombre echa cuentas de la amplitud adicional que eso representa en camarotes, cocina, etcétera. El otro hombre comenta: “El otro día vi en un programa que hay gente que compra barcos ya viejos para amarrarlos y vivir en ellos”. Una de las mujeres observa: “Bueno, el barco para unos días vale, pero para vivir todo el tiempo, debe acabar agobiando”. A lo que el primero responde: “Mujer, ten en cuenta que esa gente no está acostumbrada a casas buenas, sino a vivir en chamizos, ellos no notan tanta falta de espacio”. “Claro, tienes razón”, admite la escéptica. Terminan parsimoniosamente sus consumiciones y se dirigen caminando al muelle, donde los esperan sendos Range Rover. Suben a ellos con aire de poderío. Desaparecen tras un recodo, a lomos de sus cuatro toneladas de confort. Decididamente, la vida es del color del cristal con que se mira. No hay en esos clientes del club náutico ni asomo de inquietud ante la crisis. Siguen quemando cantidades ingentes de gasóleo, por mar y por tierra, y sólo para matar el tiempo. Si un día falta combustible, ya se apretarán los otros, los que están hechos a vivir en un chamizo. Que para eso tienen costumbre.
¿VENTANA O PASILLO?// ISABEL REPISO
A mí la poca sangre en las venas me puede. La Bea de Crónicas Marcianas o Sébastien Tellier en el plató eurovisivo son dos caras de la misma moneda, esa que espero nunca caiga en mi bolsillo. Una vez salí con un chico desapasionado, al que dejé abandonado en la sala de un cine. De haber vuelto a mi butaca, hubiera tenido que alegar diferencias irreconciliables: la genética nunca miente.
Por eso llevo una semana leyendo esas secciones deportivas de las que siempre he pasado y que, hasta el jueves, me garantizan adrenalina pura y 100% confort. Nada de lanzarme desde un puente atada a un arnés. Lo único que te pide el cuerpo ante un partido como el del pasado domingo son sofá y cervezas. Si no fuera porque la Eurocopa dura lo que dura, ya me habría suscrito a Marca. Les confiaré que prefiero ver un España-Italia que leer a Murakami; cuestión de biorritmos. Con lo que me gustan los barrios populares donde la gente se grita de balcón a ventana, ¿cómo no iba a bajarme al bar de la esquina para ver los penaltis?
Sí, señor. Los precios seguirán inflándose, el planeta recalentándose y los de Aragonés no podrán frenar el Euribor, pero saber que este jueves jugamos me hace cosquillas en el estómago, ¿disculpan la frivolidad? Un concierto, una cena, una acampada… se llama felicidad programada. La alegría compartida me puede. El fútbol no es más que un pretexto.
CUALQUIERA TE DICE NADA// ALBERTO OLMOS
El otro día me extrajeron una muela del juicio. Anestesia, pinchazos innumerables, tirones con fórceps, apalancamientos con mi barbilla como punto de apoyo; dolor. Las encargadas de la extracción eran dos mujeres. Durante un momento, sopesé lo sexy de la situación: dos chicas haciendo cosas con mi cuerpo, dentro de mi cuerpo. Luego, extrañamente, pensé en torturas, y me recorrió un escalofrío. La situación era similar: el cuerpo de una persona a expensas de una autoridad, una encarnación del poder con fórceps, tenazas, posibles ganas de infligirte el dolor más agudo, de sacarte los dientes como quien arranca plantas en una orgía violenta, aniquiladora. Pensé que no soportaría ni la menor laceración, que cantaría al primer atisbo de sangre.
Dice Woody Allen en Annie Hall: “En cuanto te quitaran tu tarjeta de crédito, lo contarías todo”. Exacto. Como no soy un político mendigando votos con demagogia, puedo decirlo: no somos valientes y no podemos fiarnos de la ética de tiempos felices.
Ha habido una huelga de camioneros de apenas una semana. La gente ha sentido miedo, ha arrasado supermercados, ha llenado su casa de papel higiénico. Ha quitado comida de las manos de otra gente. Ha cuestionado la acción en cuanto se ha sentido incómoda. Ha sido egoísta.
En caso de guerra, de atentado, me gustaría saber quién de nosotros cree que va a estar a la altura.
¿VENTANA O PASILLO?// ISABEL REPISO
Lo de echarse a la calle cada vez está más difícil porque el tiempo –la chic météo de los franceses– anda loco, como Keith Richards ante un cocotero. Salir en sandalias es un órdago que ni los más valientes, no sea que tengas que ponerte las romanas en las orejas y entrar en la zapatería más cercana en busca de unas katiuskas (con Espinete dibujado, gracias). Al salir de la tienda te calzas las sandalias en las manos y vas remando a casa, ¡a ver si sólo va a sudar la camiseta Manolo el del bombo!
Ahora que se lleva tanto eso de los electrodomésticos inteligentes, deberían inventar un armario que consulta las previsiones por satélite, te mide los niveles hormonales y selecciona la ropa por ti, como hace Patricia Field con SJP en Sex and the City. Así no volverá a pasarte eso de empapar las chanclas y resbalar como un pato mareado ante tu amiga la divina, ni aquello de cocerte el pie dentro de tus botas cowboy ¿o debería decir cowgirl? Ahora mismo escribo una carta a los académicos advirtiéndoles de que no hay un palabro neutro para definir tal estética ¡ni siquiera en inglés, que es el idioma que gobierna el mundo! Qué estrés tan grande. Entre el tiempo, mi frustrada vocación de ser miembra de Peta, Greenpeace o cualquier otra institución y la ansiedad por ver el final de Carrie Bradshaw me va a dar algo. Mejor me tomo una pastilla sin prescripción y me relajo, que todo es ponerse.
CUALQUIERA TE DICE NADA | ALBERTO OLMOS
Somos muchos los que de manera habitual buscamos nuestro nombre en Google. Es una manera de comprobar si existes; y si efectivamente existes, además puedes conocer el dato de cuánto existes. Por ponerles un ejemplo: Rosa Montero existe 680.000 veces.
No todos somos Rosa, claro, y en verdad la mayoría de las personas que ponen su nombre en Google sólo encuentra que ni siquiera su nombre es suyo, sino de un montón de gente que hace cosas raras. Ejecutivos, consultores, un asesino de niñas en Perú. Ellos no salen en Google porque para Google la mayoría de las personas no existe. Para Google sólo existen los que le piden, casi por favor, existir. Esto es, los que venden en la red su intimidad.
El caso es que a esta empresa un jurado reunido en Asturias le ha dado un premio. Dice Rosa Montero, miembro de la cosa, que Google le mola. Te buscas y sales 680.000 veces. O sea que hay que premiarlo. Dice también que posibilita el conocimiento y, con el jurado todo, que ha democratizado el acceso a la red. Es como decir que Nestlé ha democratizado el acceso a la comida, o que Ikea defiende el derecho a una vivienda digna. Lo reconozco: Rosa Montero siempre me ha parecido de una inteligencia muy particular. Casi molecular.
Google, Nestlé e Ikea son empresas, y lo único que defienden es forrarse. Premiar a Google es una macarrada. Google es vacío, no existe sin nosotros. Piensa en poner algo y que no salga nada. ¿Entonces?
EL OJO DE LA MOSCA// JULIÁN HERNÁNDEZ
Llora el teléfono, cantaba Doménico Modugno. Babea el teléfono, pintaba Dalí. Tanta secreción del mayor instrumento de tortura inventado por el ser humano (tras la batería de un grupo de rock) sólo es comprensible porque el chisme es una prolongación del cuerpo. Los hay fijos, los hay móviles, los hay de todos los colores. Son teléfonos, y la telefonía se demuestra andando. Toda conversación a través del dichoso aparatito consiste en pasear. El cable de teléfono, ese que se enredaba entre los dedos, daba un margen limitado de movimientos a los hablantes. El móvil y el inalámbrico dependen de la cobertura y del alcance. ¿Cuántos kilómetros andamos al año hablando por teléfono? Para que luego digan que la tecnología nos convierte en seres sedentarios…
A mayor intensidad y/o duración de la conversación, mayor caminata. La calle, los aeropuertos, las puertas de los hospitales, el pasillo de casa: todos ellos (y bastantes más) son los circuitos interminables que recorren, a zancadas o pasito a pasito, los usuarios. Desgastamos suelas y suelos mientras hablamos de lo trascendente y lo intrascendente; gastamos nuestros sueldos en conversaciones vanas y banales; aumentamos los beneficios de las compañías telefónicas a cada paso que damos. ¿Qué fue de las cabinas que nos obligaban a permanecer inmóviles? Que se lo pregunten a José Luis López Vázquez. Y que tiemblen los gimnasios, que tenemos ejercicio para rato.
AGUAS HELADAS// LORENZO SILVA
Según el estudio llevado a cabo por unos científicos norteamericanos, tener un mayor nivel de inteligencia disminuye las posibilidades de sobrevivir en situaciones de crisis. Lo han probado con moscas. Para ello, las seleccionaron genéticamente: por un lado, las que eran capaces de reconocer a la primera matices de sabor y aroma; por otro, las más lerdas, las que necesitaban probar cuatro o cinco veces para distinguir lo dulce de lo amargo, etcétera. Puede parecer poco sofisticado, pero tratándose de moscas no se les puede poner un comentario de texto de Schopenhauer, y si estos científicos norteamericanos dicen que esa es una forma de medir el caletre del díptero habrá que suponer que saben de lo que hablan. El caso es que, una vez que las tuvieron convenientemente separadas, sometieron a unas y a otras a circunstancias de precariedad vital. Las listas palmaron en más de un 80%, mientras que las obtusas mostraban razonables tasas de supervivencia. Ya afirmaba Shakespeare, por boca de Hamlet, que no es bueno darse demasiada cuenta de las cosas, porque a la postre eso disminuye el arrojo y por tanto las opciones de prevalecer frente a los peligros y las adversidades a que hemos de enfrentarnos en esta selva que viene a ser la vida. Ahora que parece que empieza a pintar en bastos, si tiene usted a algún tonto cerca, tiene un tesoro. Olvide cualquier idea más o menos complicada que se le ocurra para afrontar la crisis. Limítese a imitarlo.
¿VENTANA O PASILLO?// ISABEL REPISO
Ahora que el órdago de los festivales españoles de cine consiste en especializarse no parece mala idea mirar hacia fuera. Egipto, por ejemplo, acaba de celebrar la I edición del Festival de cine árabe-iberoamericano realizado por mujeres de El Cairo –asfixia en las vías respiratorias– y Nueva York celebrará entre el 23 y el 26 de octubre su Black Lesbian & Gay Film & Music Festival.
Espero que la Seminci y los festivales de Málaga y Sevilla encuentren su especialización cuanto antes pero me pregunto si no será a costa de limitar la participación a una quiniela de requisitos: destinado a historias queer con protagonistas negros, películas caribeñas realizadas por transexuales o, si me apuran, directores que tengan un lunar en cada hemisferio del culo [las nalgas son taaan geriátricas].
Con tales premisas se entiende que los hombres blancos sean mayoría en los festivales sin especialidad ninguna, tipo Cannes, Berlín o Venecia. Pero qué digo ¿no estaban especializados en exhibir vestidos, cosméticos y a estrellas multimillonarias?
Mientras Valladolid, Málaga y Sevilla se lo piensan, yo brindo para que sobrevivan con este daiquirí de ron blanco y jugo de limón con lima, que es la especialidad de la terraza que hay debajo de mi
casa. Desde que se cargaron la EGB, el reto de todo adolescente es ser un especialista precoz así que no sé de qué se extrañan los potenciales directores de tanto festival.
CUALQUIERA TE DICE NADA// ALBERTO OLMOS
Hay algo adictivo en la estupidez. Dalí relata en su Vida secreta que empezó de manera natural a hacer locuras y que acabó haciéndolas conscientemente, dado que esa actitud le daba acceso a áreas insospechadas de saber y de disfrute. La estulticia daliniana, aún hoy a debate, sigue siendo la cara visible de muchos personajes públicos, y resulta casi irritante tratar de distinguir entre farsantes farragosos y auténticos genios. El Chikilicuatre, por ejemplo. Su canción es idiota y no me interesa lo más mínimo. Sin embargo, un grupo musical como Los Punsetes acuña también letras medio subnormales, pero mientras los escucho siento que estoy ante algo delirante y divertido, genial. La música española lleva mucho tiempo asistiendo a la carrera de fondo de otro artista descomunal: Sr. Chinarro. ¿Por qué la sociedad asimila tan gratamente la estupidez estúpida y desprecia la estupidez inteligente? Preguntarse por “el porqué de mis peinados” es tan brillante que borborigmos pre-cerebrales como chiki-chiki o aserejé deberían quedar prohibidos en cualquier espacio en el que dejen fumar. A los niños les gustan, pero nosotros no somos niños y cuando tienes un cáncer de pulmón a la vuelta de la esquina lo mínimo que esperas de una canción es que esté a la altura de un absurdo (la vida) que sólo se retrata riéndose directamente de ella, y no de lo que haces. La diferencia, sí, es que Sr. Chinarro no humilla la música.