¿VENTANA O PASILLO?// ISABEL REPISO
Las siglas ya no son lo que eran. Los periódicos ingleses hablan de DD, adjuntan la foto de una mujer crecida y una se pegunta si será alguna Brigitte Bardot posmoderna. Tu gozo en un pozo. La noticia es que Marks & Spencer cobra más caros los sujetadores maxi, copa DD para más señas.
Los almacenes atribuyen el precio al coste de los materiales empleados, pero las inglesas que tallan extra large han puesto el grito en el cielo por una diferencia que consideran discriminatoria. A las críticas se ha adherido Valeria Marini, consciente de que la medida podría catapultar el presupuesto de las películas de Bigas Luna, además de mermar su oronda capacidad adquisitiva.
La polémica pone de manifiesto que las chicas son guerreras (presumo que no tanto como ellos en caso de que hubieran subido los slips XXL). Imagino que su profundo penecentrismo les hubiera obligado a dar un paso al frente y, como en la escena de Espartaco, no sabríamos quién tiene qué. Los almacenes británicos deberían hacer un favor a la sociedad y encarecer los gayumbos de mayor talla. Algunos estarían encantados de pagar 2,5 euros más por entrar en el selecto club de los más largos, aunque fuera sólo de cara a la dependienta. Lo harían para reconciliarse consigo mismos, para mejorar su autoestima, para contarlo a los colegas, para vacilar al vecino… ¿Y por qué no? Para decorar el armario con un sayo.
AGUAS HELADAS// LORENZO SILVA
Ayer lo supo. Va a tener un hijo. Justo en este momento, cuando todo en su vida está manga por hombro, cuando en su horizonte se acumulan las incertidumbres, cuando ni siquiera sabe si podrá seguir viviendo como lo ha hecho hasta ahora. Un hijo. La responsabilidad sobre otro ser humano, a quien no se puede dejar de atender, a quien hay que darle todo lo que necesita, so pena de cargar en la conciencia con el peor de los pesos. Y se pregunta si, al margen de todas las demás circunstancias, su carácter está forjado, preparado para hacer frente a todo lo que ese desafío implica. Y por otra parte, para qué engañarse: en este momento, un hijo es lo último que desea, y qué mal favor se le hace a alguien trayéndolo al mundo sin querer. Conoce algún que otro caso, sin salir de su propia familia. Hay quien piensa otra cosa, religiones que consideran gravísimo pecado los pensamientos que en este momento pasan por su cabeza. Pero vive en un país aconfesional. Y se pregunta por qué no se le permite decidir si quiere asumir o no la responsabilidad que en este momento se le avecina. Por qué ha de sujetarse, a esos efectos, al parecer ajeno, cuando se trata de su vida. Y entonces lee que el partido en el gobierno va a estudiar una reforma de la ley del aborto. No dicen muy claramente de qué se trata, pero se hace una idea. Cierra el periódico con gesto resignado. Tampoco le servirá de mucho. Seguirá sin poder decidir sobre su futura responsabilidad. Él sólo es el padre.
¿VENTANA O PASILLO?// ISABEL REPISO
Ya era hora de que los hombres públicos elaborasen un código propio de tendencias de temporada. Mi reconocimiento a Miguel Sebastián y Lorenzo Milá por sus contribuciones al Libro Blanco del Estilo Veraniego. Está bien eso de mirar fuera y copiar ideas. Si la moda generalista no consistiera en prescindir de las bragas, yo ya habría abierto una sucursal de burusera –esas tiendas clandestinas que comercian con ropa íntima sucia– con un robot por dependiente, para que no protestara por las 65 horas semanales que, sin duda, le habría exigido. La lástima es que Sebastián haya vendido su propuesta como una acción medioambiental más que como una aportación a la moda masculina. Un argumento que lo aleja irremediablemente de la T de Telva y la Aguja de Oro pero que quizá lo lance a diseñar permorfances colectivas o a presentar documentales sobre el cambio climático.
Para que la iniciativa contra el calentamiento global no se quede coja deberían editar un decálogo de medidas, al modo de los que reparten los centros de salud sobre higiene sexual. Sería recomendable que las directrices no se limitaran al verano y que los ecologistas enviaran sus propuestas a un buzón de sugerencias. Mi amigo Carlitos, por ejemplo, propone reducir el gasto invernal en calefacción con pausas de diez minutos en las que un preparador físico guíe el calentamiento de la oficina entera. Todos en chándal como Jamiroquai. Échate a temblar.
CUALQUIERA TE DICE NADA// ALBERTO OLMOS
Son muchos los que deciden dedicar un artículo a su sirvienta. El último ejemplo con el que me he topado ha sido el de Rosa Montero, que iniciaba su columna de la semana pasada con la frase: Mi asistenta, Julia.
Dice Rosa (la señora de la casa) que Julia (la que se la limpia) ha sido despedida, y que eso se debe a una interpretación sensacionalista de la crisis que poco a poco nos estamos inventando. La asistenta cobraba una miseria, dice Rosa Montero, que se ha informado a fondo. Me imagino a la poderosa novelista bloc en mano preguntando a Julia cómo es eso de sufrir. Sin embargo, no soy capaz de aventurar si la entrevista Rosa/Julia tuvo lugar antes o después de que Julia fregara los suelos.
Ya no sorprende a nadie que uno se alquile una persona para limpiarle la mierda. A mí me sorprende, me irrita; pero yo es que estoy desfasado. El Ayuntamiento de Madrid dice que las prostitutas existen porque tú pagas. Las chicas de la limpieza existen también porque tú pagas y, además, porque ensucias mucho y, a lo que se ve, no te da la gana de limpiar.
No espero otra cosa de un señorito que sentir desprecio por los criados, pero que alguien de izquierdas otorgue naturalidad a una relación de vasallaje me resulta repugnante. Los estáis humillando: esa es la palabra. La humillación siempre da derechos, y los criados tienen dos por lo menos: robarle al señor y no aguantarle cariñitos. Eso, al perro.
COLOFONOSCOPIO// TONINO
En estos días de euforia futbolística es cuando uno se da cuenta de que las normas están hechas para jorobar al bondadoso. Justo antes de la nacional victoria estaba celebrando con unos amigos en un bar la revolucionaria noticia del primer trasplante de cara y habíamos decidido todos trasplantarnos la de Zaplana, que salió por unanimidad como el rostro que todos deseamos cultivar y que te permite alcanzar prácticamente cualquier sueño. Cuando salimos, algo achispados, en nuestros vehículos un control policial nos impuso la conveniente multa y la habitual retirada de puntos del carné. De nada sirvió alegar nuestro entusiasmo por el avance la ciencia médica en España. No nos habíamos permitido el lujo de bañarnos en las fuentes, ni tocar el claxon hasta altas horas de la madrugada coreando “viva el trasplante”. Nos cayó todo el peso de la ley. Sin embargo cuando salí el pasado domingo más sereno que un notario tuve que esquivar a las hordas que celebraban el gol lejano de la selección, los vehículos zigzagueantes y comprendí que las normas viales cambian según el interés general: cuando un conductor saca el brazo por la ventana significa que lleva el cristal bajado; si se detiene en un semáforo en rojo es que se le ha resbalado el pié del acelerador; si enciende el direccional izquierdo es posible que gire a la derecha o que se precipite sobre uno haciendo marcha atrás; cuando se detiene en medio de la calle es que ha atropellado a una señora vestida de rojo y gualda y precisa testigos. Estas son las normas que los invisibles agentes del tráfico nocturno contemplan con condescendencia. Pero confío que tras nuestro trasplante conjunto se nos dará el trato de héroes nacionales que todos merecemos. Con ello conjuraremos nuestro amor a la ciencia, enmascarándolo, sabiamente, con la pasión que la ley siente por aquellos que consiguen que el cumplimiento de los reglamentos sociales siga siendo, en este mundo, un auténtico lujo.
AGUAS HELADAS// LORENZO SILVA
Toda alegría colectiva tiene un reverso de oscuridad y frustración. A veces resulta lógico y en cierto sentido natural: verbigracia, que los alemanes anden estos días cabizbajos. Pero este es un país tan interesante que nos ofrece, sin salir de las fronteras, ejemplos insignes de ese lado oscuro de la fiesta. Incluso tratándose de un éxito como el que nos ocupa, protagonizado por un grupo de tipos trabajadores, talentosos y simpáticos, que no dejan indiferentes ni siquiera a quienes consideramos que el fútbol es un sobrevalorado opiáceo popular, ya ven ustedes: hay a quien le revienta. Ahí está Urkullu, sin ir más lejos, rumiando en su rincón sus mezquinas y ambiguas palabras antes de la final. O Fernando Hierro, que no puede disimular el ardor de estómago por el éxito del entrenador que tan notoriamente no es de los suyos. O todos los que se duelen íntimamente de que en la selección convivan sin problemas todas las lenguas y culturas de España, y se subraye una y otra vez que la camiseta es, como resulta patente y manifiesto, roja y bien roja. Dice el refrán que nunca llueve a gusto de todos, pero omite explicar que eso es porque a menudo hacemos nuestro gusto del disgusto ajeno, y viceversa. Hay otro lado oscuro de esta euforia, y es que se la use para distraernos de otras cosas, al rancio modo. Alguno ya se ha deslizado por esa pendiente: más vale que mire y medite a quien le asemeja el truco. No han sido más, ni menos, que seis hermosos partidos de balompié.