AGUAS HELADAS// LORENZO SILVA
Lo confieso: siempre he odiado a Meryl Streep. No me jacto de ello, sé que el odio es un sentimiento que degrada y desacredita a quien lo alberga, sin que por lo común quepa considerarlo un desdoro para quien es objeto de él. Pero el caso es que nunca la soporté, a Meryl. Me hizo dormirme como un tronco en Memorias de África y Los puentes de Madison (básicamente, no podía entender que nadie se enamorase de ella, por lo que ninguna de las dos pudo resultarme creíble), me chafó en parte El cazador y logró ponerme de los nervios en La decisión de Sophie. Pero nunca es tarde para encontrar el camino de Damasco. El fin de semana pasado caí rendido a sus pies. Ahora que ya no es joven y se ha librado de la brutal competencia a que Hollywood somete a las tiernas cervatillas que corretean por sus bosques, se ha convertido en una estrella inapelable, arrolladora, deslumbrante. Si no has ido a verla en Mamma mia, desocupado lector, no lo demores más. El arranque de la película resulta algo inquietante, casi cursi, y al espectador que acude al cine con suspicacia le hace temer el cumplimiento de sus peores presagios. Pero los cien minutos largos de emoción y diversión que siguen son, con El caballero oscuro, el mayor espectáculo que nos ha deparado este 2008 ese séptimo arte que muchos creíamos en coma. Y en cuanto a Meryl, sencillamente, se sale. Ríe, llora, canta, baila, salta. Un torrente de vida que la redime y te redime. Un gusto. Palabra.
¿VENTANA O PASILLO?// ISABEL REPISO
Un hombre rechoncho, con naúticos y la cabeza pelada, pasea todas las mañanas por el parque. En mi cabeza es Ruiz Zafón pero vete a saber. Soy miope y voy corriendo, con lo que las posibilidades de hacerle una entrevista son mínimas. Le pierdo de vista. Aún no he llegado a la neurosis de renunciar a mi itinerario por una exclusiva. Al menos, no con él. Si fuera la Nothomb me lo pensaría aunque no me la imagino con naúticos. Pero digámonos la verdad: lo que me pasa con la gente que admiro es que me bloqueo, así que tampoco.
Cruzo la fuente de piedra; ya he recorrido un tercio del recorrido. Oh, no ¡la patinadora suicida! Ayer casi me lleva por delante. Menos mal que tuve cintura para hacer una finta en el último momento. Nunca entenderé a la gente que se pone a aprender cuesta abajo; creía que sólo pasaba en las comedias románticas, esas de chica-conoce-chico-de-manera-absurda. Ya me llego por la zona de obras. Si creías que en el parque te ibas a librar, eres una ingenua. Afortunadamente no lo soy. Como el ochenta por ciento de las veces que paso por un socavón, el obrero de turno me espeta algo con cariño. El cien por cien de las veces tiene que ver con mi culo, por lo que prefiero subir el volumen del MP3. Si no, mi vanidad crecerá cual levadura al horno. Cuestión de rubor no es, porque roja ya voy. Pero no hay modo de escapar y mis auriculares me regalan dos desgarradores sei bellissimaaa! Será el precio a pagar por tanto sacrificio.
¿?// JOSÉ LUIS GARCÍA SÁNCHEZ
¡Qué pena el viejecito pobre que se pela de frío en las calles nevadas mientras los ricos celebran la Navidad junto a la chimenea!
¿Y el calor? Ya no hay segadores achicharrándose, sin otro alivio que el botijo, pero ¿qué me dicen del Papa, sofocado bajo de sus ropajes litúrgicos, viendo por todas partes a pobres felices en camiseta y hasta bañándose en piscinas?
El sufrido Pontífice, con esas prendas y ese gorro encima, todo el santo día… Ese uniforme que no se puede quitar, por su condición de infalible. Aplastado por telas pesadas, bordadas. Lleno de refajos (quizá no sea ostentación de riqueza: a lo mejor el cuitado esta aprovechando el vestuario de Papas precedentes y quiera dar salida a ropa de siglos económicamente más boyantes).
Todo es misterioso, muy vaticano. Es probable que tenga un ayudante, un mozo de espadas eclesial que le ayudará diariamente a ponerse el traje de faena como a los toreros: sotanas, estolas, manteos y solideos… La ropa interior ¿será con puntillas de encaje, obra de monjitas? ¿Tendrá cilicios sado? ¿Y el bañador? ¿Cómo será el bañador del Papa? ¿Meyba tripero, tipo Fraga-en-Palomares? ¿O un tanga de firma, marcando paquetón? ¿De qué color? ¿A juego con los zapatos rojos? ¿Púrpura? ¿Leonado? No creo que se bañe en bolas.
A lo mejor ni dejan bañarse al pobre Papa, con esta calor… ¡Qué pena!
EL DECANO// JUAN LUIS CANO
Pasados ya los Juegos Olímpicos y hechas las reflexiones, deberemos estar de acuerdo en que nuestros y nuestras deportistas, ganadores y menos ganadores, se merecen un diez. Quienes no deberían estar tan eufóricos son los encargados de organizar la Casa de España en Pekín. Todas las delegaciones eligen un lugar que viene a ser una embajada portátil donde recibir a las personalidades, deportistas y gente de a pie que quiera sentirse un poquito en casa estando a miles de kilómetros. La Casa de Holanda ha sido famosa estos Juegos por las fiestas diarias a las que todo el mundo podía acudir; la de República Checa porque se llenaba de gente deseosa de probar una buena cerveza y meter unas canastas –que hasta un minicampo de baloncesto tenían montado– y así sucesivamente. Pero la Casa de España no. La Casa de España era un rincón obsoleto, triste, ajado, de moqueta mustia, a la que solamente se podía entrar con rigurosa invitación, silenciosa, hecha a la medida de los presidentes de las federaciones y sus esposas. La Casa de España olía a naftalina, a moho, a cuchicheo, a pijerío trasnochado… y hasta se la cerraron a cal y canto a los jugadores de la selección de balonmano, que pensaban ir allí a celebrar su medalla. Se quedaron en la calle, más colgados que un ahorcado, porque la Casa había chapado. Como los presidentes de las federaciones y sus señoras ya se habían ido… Les salvó de tan triste local Paco, el cocinero: un tío legal.
¿VENTANA O PASILLO?// ISABEL REPISO
Llegó septiembre, mes del reciclaje vital. Marina lo nota al salir de la ducha, en cuanto se seca con la toalla, y se hace un peeling improvisado. Adiós al moreno. A los dos morenos: el que le ponía la tumbona y el suyo propio (merecido y celebrado después de 11 meses de blancura nuclear).
Septiembre es el mes del coraje. “Si algo no te gusta, cámbialo ahora o calla otros 12 meses”, parecen gritarle las portadas de todas las revistas de su quiosco habitual. Pero Marina es una tipa sufrida que se conforma con poco, lo cual explica que no le pidiese el número de teléfono al moreno que le ponía la tumbona.
Septiembre es el mes de los charlatanes. Marina lo aprecia en la peluquería, donde todos los presentes hablan de los paraísos que han visitado, los palacios donde se han alojado y los manjares que han ingerido. “Gente con suerte o algo bocazas”, piensa, mientras le enrollan el último rulo en la cabeza.
Bien pensado, septiembre podría ser el mes de los pesados. De los que protestan porque los editores cambian los libros escolares cada año, de quienes te obligan a que veas todo su álbum vacacional, de los que te someten a interrogatorios interminables sobre tu rincón secreto y de quienes te cuentan sus propósitos de enmienda para el nuevo curso. Sobre eso, Marina tiene algo que decir. Unos van al curandero para dejar de fumar, otros se apuntan a cursos de inglés; Marina aspira a seguir igual.