¡Viva mi pueblo!

13 Oct 2012
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En pocos días he visto al honorable Artur Mas jugando al baloncesto en silla de ruedas, inflando globitos y bailando la conga con sus alegres camaradas. En estos tiempos oscuros y cariacontecidos casi se agradecen tanta alegría y desparpajo. Las finanzas continúan su debacle imparable, las deudas aprietan y en el horizonte colisionan nubes de tormenta pero Mas está contento y transmite euforia a sus electores. El sueño de la independencia es una quimera para el rey, una pesadilla para el gobierno, un dilema para la oposición y una coloreada cortina de humo para los socios de Conveniencia y Unió. Declaremos la independencia y todo lo demás se nos dará por añadidura aunque la independencia signifique depender de Bruselas y Berlín. El 74% de los catalanes está de acuerdo, la nave de la deriva soberanista navega viento en popa y el enemigo de Madrid que lucha en varios frentes ha situado al frente de las tropas a su ministro menos valorado y más deslenguado, José Ignacio Wert, para españolizar a los niños catalanes aunque se resistan a ello. El patriotismo- reflexionaba el doctor Johnson- es el último refugio de los canallas. Cuando las banderas flamean, las voces enronquecen gritando consignas y los pasos resuenan en las calles a ritmo de desfile, la razón se repliega, enmudecida por el griterío y zarandeada por los sentimientos “más nobles” y las pasiones más desenfrenadas.

Los niños tendrían que aprender la historia de España, y la de Cataluña, para protegerse de ellas, de sus gestas heroicas y de sus gestos desaforados. “Otra vez se oye hablar de grandeza, Ana no llores el tendero nos fiará”, cito de memoria, de mala memoria a Bertolt Brecht. Cuando las autonomías empezaron a ocuparse de sus respectivos libros de historia repitieron los mismos esquemas de la historia general, apuntalaron y honraron a sus héroes y mitos locales, la sangre derramada de los patriotas fecundó las páginas de los libros escolares como en los viejos tiempos, aunque Wifredo el Velloso pasara a ser Guifré el Pilós que impresiona menos. Dice Wert que quiere que los niños de Cataluña se sientan tan orgullosos de ser españoles como catalanes. No soy niño, ni catalán, pero nunca me he sentido orgulloso de ser español o madrileño, ni europeo, ni siquiera humano. “Patriotismo es que un imbécil se sienta muy orgulloso de que un genio haya nacido en la casa de al lado” escribía el Perich, sabio humorista catalán.

“A más patrias, más fronteras” rezaba una pintada anarquista sobre un muro de Santiago de Compostela, más controles, más ejércitos, más policías. ¿Duelen menos las pelotas de goma si las dispara un mosso de escuadra de tu pueblo?. La izquierda siempre defendió el internacionalismo pero en España cuarenta años de represión franquista de las lenguas y de las culturas vernáculas, de monolingüismo y españolidad a machamartillo cambiaron el panorama. La izquierda siempre defendió también el derecho a la autodeterminación de los pueblos oprimidos y está claro que todos los pueblos están oprimidos de una u otra forma. ¡Viva mi pueblo! y ¡ Viva Cartagena!. Los timoneles de la deriva soberanista catalana no son precisamente revolucionarios, Convergencia y Unió es la coalición de dos partidos eminentemente conservadores y derechistas empantanados en una corrupción que no es ni mucho menos sintomática de su país aunque en el tenga sus peculiaridades. Que los corruptos hablen tu idioma y vivan en la casa de al lado no marca mucho la diferencia.

¿Hay que españolizar Cataluña?. Cuando escucho la palabra españolizar sufro escalofríos, la inmersión lingüística de los españolizadores acaba ahogando a cualquiera. También me dan temblores cuando veo a multitudes que enarbolan la bandera con el toro rampante y corean estremecidos de injustificado goce: “¡Soy español, español, español! ¿Y qué?


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