De sapos y princesas

02 mar 2013
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La niña Corinna, que ya era rubia y fotogénica, quería ser princesa y usar uno de esos apellidos largos y compuestos que casi no caben en una tarjeta de visita y que tanto incomodan a los periodistas, Zu Sayn Wittgenstein (nada que ver con Ludwig Wittgenstein, el filósofo austríaco autor del Tractatus). La niña Corinna tardaría dos bodas en conseguir la titulación principesca correspondiente por la vía matrimonial, considerablemente más abrupta que la de la sangre y mucho más precaria. Corinna no nace princesa, se hace princesa con el sudor de su frente y de otras partes de su anatonomía menos visibles. El problema es que cuando accedes al principado en calidad de consorte el siguiente peldaño resulta casi imposible de superar, las princesas suelen quedar encalladas en el escalafón a no ser que hayan matrimoniado con un príncipe heredero bien colocado en la línea de sucesión. Hay que besar, a veces tragarse, muchos sapos antes de encontrar un príncipe que sea verdaderamente azul y al que no le asome demasiado el batracio.

Cuando la vía de acceso a la corona queda taponada, se abre un atajo, convertirse en favorita, en privada, en valida, de algún monarca en ejercicio para alegrarle la vida, a costa muchas veces de amargársela a su legítima esposa coronándola otra vez. Para Corinna, rubia, guapa y por fin princesa, arrimarse a un rey de verdad requería ciertos estudios, nada de filosofía, solo algunas nociones de naútica y de artes cinegéticas antes de emprender el safari definitivo. A los reyes españoles, de Felipe II a Juan Carlos de Borbón pasando por Carlos III, al que nunca se le cayó la escopeta de las manos, les hablas de caza mayor y se les cae la baba ( A veces la razones del babeo obedecen a  otras causas de orden anatómico y fisiológico insuperables). A pelo a pluma y a vela, la princesa Corinna empezó a ejercer oficiosamente en uno de los oficios más antiguos del mundo, situándose a sotavento del monarca para ejercer de mediadora en la semiclandestinidad y trabajar, pro bono, a favor de España en los foros internacionales, por amor al rey, a su patria y a las relaciones públicas. Me gustaría conocer más detalles sobre su presunta mediación en la concesión del AVE de Medina a La Meca. La presencia de Corinna entre un coro de jeques babeantes y rijosos como embajadora de un monarca cristiano daría para un guión cinematográfico pero me temo que para conocer más detalles de tan apasionante “biopic” habremos de esperar a sus memorias.

Para las favoritas, privadas o validas de reyes, la discreción es fundamental y por eso, desde las portadas del “Hola” y del “París Match”, la princesa Corinna proclama su deseo de no ser famosa. Parece una contradicción de términos pero no lo es, si quieres proclamar ante todos tus ganas de anonimato lo mejor es proclamarlo cuanto antes para que se entere todo el mundo y miren para otra parte cuando asomes la cabeza en escenarios inapropiados donde se celebran safaris fotográficos. La gran cazadora rubia debe ocultarse en la espesura, al acecho de los grandes mamíferos que abrevan al claro de luna. Entre estos grandes mamíferos cazaba hasta hace unos meses, Iñaki Urdangarin, más conocido como “El Urdanga” en los circuitos judiciales. Para salvarle de las malas compañías y de sus perversas inversiones, la filantrópica princesa, preocupada por la buena imagen del real suegro, y probablemente a sus instancias, buscó para este duque alto, frívolo y carente de escrúpulos, un trabajo honrado, muy descansado y bien remunerado como embajador de la Fundación Laureus, benéfica institución sin ánimo de lucro cuya actividad más conocida es la de premiar a los deportistas más premiados del año, a los que más destacan en sus diversas especialidades. Estos premios Oscar del deporte cuentan con un jurado del que forman parte Beckenbauer, Boris Becker, John Mc Enroe, Fittipaldi y así hasta 42 relevantes embajadores que si cobran lo mismo que Corinna ofreció a Urdangarin por la embajada deben comerse la mayor parte de los fondos de esta peculiar ONG, fundada por Samaranch junior, y presidida hoy en España por el empresario, filántropo, profesor, exnadador de fondo y escritor Gabriel Masfurroll , cuyo último libro publicado y probable “bestseller” se titula “Aprender a ser abuelo”…

“Urdanga” el ingrato no aceptó tan honrosa salida, no le debieron convencer las dietas suntuarias de la embajada, que habría de ganar a cambio de largas y tediosas deliberaciones en hoteles de lujo de los Emiratos y otros lugares de perdición. Había maneras más descansadas de robar en otros campos “filantrópicos” saqueando fondos destinados a los niños desvalidos o  a los atletas discapacitados. Quedan muchas preguntas en el aire. Terminaré con una que me inquieta: ¿Qué les da Corinna a los de la Fundación Laureus para mangonear de tal forma en el tema de los cargos y los sueldos?. Tal vez el rey la nombró embajadora plenipotenciaria.