El cacique de Valdemoro, o la flor de los Granados

21 Feb 2014
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Hijo, primo, cuñado, tío hermano, sobrino, esposa o madre. Tales son los grados de parentesco con alcaldes y concejales del PP del Ayuntamiento de Valdemoro, entre los diecinueve contratados que obtuvieron su empleo a cuenta del municipio. Nueve de ellos fueron contratados cuando era alcalde Francisco Granados, nativo de la noble villa en la que el señor se ha construido “una fortaleza medieval” (según un miembro de la oposición local). Un castillo en Valdemoro, un millón y medio de euros en Suiza, y una larga lista de cargos, en la que se incluye una etapa como consejero de Justicia e Interior de la Comunidad, y una lista aún más larga de turbios asuntos de corrupción, especulación y espionaje a nivel doméstico. Una trayectoria ejemplar, un encaje perfecto con el funcionamiento interno de su partido, esa gran familia española del PP de Madrid. La jefa Aguirre le encargó durante algún tiempo los asuntos más sucios como la presunta investigación del “Tamayazo”. El cacique de Valdemoro tenía oficio, experiencia en moverse en las cloacas del poder a pequeña escala como se iría demostrando a lo largo de su trayectoria política que acabó entre los despropósitos de un caso de espionaje peregrino y pedestre. No se cómo terminó, si es que ha terminado, el caso de los “gamones” que espiaban a cargos del PP (Prada y Cobo) por encargo de otros cargos del PP. Espiaban mal y dudaban de a quién tenían que presentarle sus lealtades y las novedades y de quien iban a cobrar a fin de mes. Cayó Granados, la lideresa prefirió a su segundo de a bordo, Ignacio González, su fiel Nacho que aunque no estaba precisamente fuera de toda sospecha, iba salvando el tipo. Esperanza Aguirre, antes de meterse en el burladero, pudo prescindir de algunos de sus colaboradores más corruptos. “Yo destapé el caso Gürtel”, llegó a decir la inefable. Lo que no dijo es que lo pudo destapar porque la olla de Gürtel se fogueaba en su propia cocina y a través de la tapa escapaban vapores nauseabundos que amenazaban con contaminar sus vestiduras de rompe y rasga. Tras declarar que le parecía muy bien la decisión de dimitir de sus cargos tomada por Francisco Granados, Esperanza declaró que un político no puede tener cuentas en Suiza. Si puede pero no debe. El dinero de la corrupción debería ser invertido obligatoriamente en acciones preferentes y subproductos del banco malo; con un poco de mala suerte acabarían desahuciando a los corruptos.

En la misma comparecencia en la que alabó la dimisión de Granados y condenó sus inversiones helvéticas, Esperanza Aguirre se pronunció sobre sus intenciones de futuro, explicando lo que no va a hacer, que es lo que mejor se le da: “No considero la posibilidad de tirarme a ninguno de los ruedos electorales”, dijo refiriéndose por supuesto a las elecciones municipales, autonómicas y europeas. El ruedo al que debe aspirar la expresidenta madrileña para su retorno a la tauromaquia política es el de las elecciones generales. Ahí puede que se tire de cabeza. Si cae no caerá con todo el equipo al que ya defenestró con anterioridad para pasar sin romperse ni mancharse, como el sol cuando pasa por el cristal. ¿Superaría la lideresa la caída de su querido Nacho al que postula para repetir candidatura? ¿Podría desprenderse de su mala sombra como hizo con casi todos sus validos sin contagiarse esta vez? Todo es posible. Recuerden que esta dama comenzó a triunfar con el “Caiga quien caiga”. La condesa puede ir descalza pero no desnuda o con transparencias.


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