Llevo toda la vida oyendo ese axioma de que “el cliente es el rey”, pero la mayor parte de las ocasiones en que he sido cliente me he encontrado con que ni soy reina, ni princesa, ni tan siquiera familiar lejano. Más me he asemejado a la falsa moneda, esa que de mano en mano va y ninguno se la queda. Y he llegado a la conclusión de que el único rey es el vendedor y/o instalador-reparador.
He de confesar que en mi casa hay un maleficio por el que los electrodomésticos no llegan en buen estado a la mayoría de edad, así que tengo experiencia con las garantías. Tan harta estaba del escaqueo general cuando los aparatos se estropean, que el último me decidí a comprarlo en una tienda que ha sido el paradigma del servicio al cliente. Más caro, pero al final mejor, porque ahí jamás hay problemas. Pero tampoco allí fui reina.
Así que cuando la campana extractora de humos de la cocina dio sus últimas boqueadas, me dirigí sin dudarlo a la tienda emblemática a encargar otra. Tras veinte días de espera, llegó la campana, pero el que la transporta no es el mismo operario que la instala, así que hay que volver a hacer gala de paciencia y aguardar a que llame el instalador. Y cuando finalmente lo hace, lo que dice es: “Voy a pasar dentro de media hora por su zona”. Tú, que estás trabajando y que no puedes dejarlo todo para acudir rauda y veloz a recibir al instalador, explicas lo que llevas años diciendo: me tienen que avisar con tiempo porque trabajo y no estoy en casa (ni el resto de la familia).
Esperas que entonces te diga un día y hora concretos, pero te contesta “Bueno, pues la volveré a llamar”. Y te quedas con cara de tonta.
Consigo que alguien se quede en casa el día D. Llegan, instalan la campana y todo funciona. Pero cuando, a la media hora, se vuelve a apretar el interruptor de la campana, uno de los halógenos ya no se enciende. No hay problema, me digo, porque el servicio al cliente es lo primero. Pero olvidaba que soy –otra vez– el puchingball: quien me lo vendió dice que la cosa ya no va con ellos, que llame al servicio de asistencia “de la marca”. Por supuesto, en el servicio de asistencia me aseguran que eso es cuestión de la tienda y que la garantía no cubre las luces, sino sólo el motor. Me explican que las luces pueden fundirse por una subida de tensión y eso no es responsabilidad de la marca de electrodoméstico. Pero tampoco será mía, le digo. ¿Qué hago? ¿Llamo a la compañía eléctrica? Seguro que también se escaquearía…
Sectores
No me extraña que el sector de electrodomésticos sea, junto con el de telefonía, banca y electricidad, el que más quejas de los consumidores recibe. El año pasado, los consumidores presentaron en total 1.222.392 quejas y consultas, de las cuales 250.000 fueron reclamaciones. A ellos, como a mí, una vez vendida la mercancía, si te he visto no me acuerdo.
De hecho, según el Índice de Satisfacción del Consumidor, la demora en el servicio y la reparación incorrecta acumulan el 75% de las quejas de los usuarios en lo que se refiere a la asistencia técnica de electrodomésticos. Sin embargo, sólo el 61% de los que tuvieron problemas en este servicio tomó medidas, mientras que el resto (cuatro de cada diez) no hizo nada para que se lo solucionaran.
Como a pesada no me gana nadie, yo, la falsa moneda, vuelvo a llamar al vendedor, quien me ofrece, “como un favor”, darme un halógeno para que lo instale yo misma. Ni por un momento se me pasa por la cabeza trastear en la campana extractora recién comprada para que, si luego se estropea (aún más), me digan que ha sido por manipularla yo.
Y, de repente, la solución: vendrá una persona a instalarme el halógeno. ¿Ha triunfado el sentido común, la responsabilidad frente al cliente, me he vuelto tan convincente que no se me niega esta reclamación descabellada? Nada de eso. Está pendiente de que vengan a instalarme otra cosa y aprovecharán el viaje para instalar el halógeno. Lo que está claro, en mi opinión, es que los reyes debemos reclamar nuestro trono sin desfallecer. Animo a todos. Sólo así podremos volver a creer en la
monarquía.
Europa sale por fin del túnel. El viaje ha sido largo, más de un año de recesión, pero empieza a verse el final. La locomotora, como casi siempre, es Alemania, cuyo PIB ha crecido un 0,7% en tasa intertrimestral entre julio y septiembre, ayudada por Francia, que ha registrado un crecimiento del 0,3%. No en vano son la primera y segunda economías europeas.
En el furgón de cola se encuentran España y Reino Unido, los dos países de la UE que más han sufrido la burbuja inmobiliaria. Vamos a rebufo de los otros países, pero es motivo de optimismo que nuestros principales mercados en el exterior mejoren. El 70% de las exportaciones españolas va a la Unión Europea, principalmente Francia y Alemania; así que, si ellos crecen, nuestras ventas posiblemente también. Sin embargo, hay que ser precavidos porque en el aumento del PIB alemán han jugado más la inversión y las exportaciones que el consumo, que sigue flojo.
La Comisión Europea prevé que España sea el último país en salir de la recesión, allá por el tercer trimestre de 2010. De ser así, nos podemos encontrar con una decisión muy perjudicial en esa situación: que el BCE suba los tipos de interés. Eso supondría que los créditos –la gasolina del crecimiento– serían más caros y se entorpecerían la inversión y el consumo. Así que hay que darse prisa en todo lo que aún queda por hacer: la reestructuración del sistema financiero, el Diálogo Social, la reforma del sistema productivo, el impulso de las exportaciones, los cambios en el mercado de trabajo para frenar el aumento del paro…
Hay luz en el túnel, sí; incluso salida, si no equivocamos la dirección.
España ha llegado tarde a muchas cosas. A la reestructuración bancaria es posible que también lo haga. Aunque ya hay siete procesos en marcha y muchas elucubraciones, el curso de los acontecimientos va demasiado lento. Tanto que puede llegar el momento en que Europa decida que se ha acabado el tiempo de las ayudas públicas para la reeestructuración bancaria y el FROB (Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria) apenas se haya estrenado.
Otros países están empezando a salir de la crisis y ya han hecho sus intervenciones bancarias. Para cuando el nuevo mapa financiero español esté completamente dibujado puede que sea tarde para recibir fondos. En España, las perspectivas más realistas señalan que la mitad de las entidades financieras españolas registrarán pérdidas en 2010 y el Banco de España está buscando gestores competentes que lleven a buen puerto las fusiones.
La próxima semana, los ministros de Economía de la Unión Europea discutirán cuándo se tienen que retirar los planes de ayuda pública a los bancos. Se trata de no seguir distorsionando la competencia ni manteniendo bancos no rentables. Y la Comisión Europea propone fecha de salida: junio del año que viene para empezar a suprimir los avales, subiendo el precio que se cobra a los bancos que los piden.
Tampoco es un detalle menor que esta semana el presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, nuestra autoridad monetaria, haya avisado de que va a empezar a cerrar el grifo del dinero para los bancos y que en diciembre se hará la última subasta ilimitada de liquidez a un año. A estas subastas han acudido los bancos y cajas españoles a obtener dinero barato (el tipo de interés es el 1%) que luego han colocado en deuda pública o de otras empresas logrando una rentabilidad importante (1.600 millones de euros este año según cálculos
prudentes).
Dice el Banco de España en su último informe que el FROB “acelerará su actividad en los próximos meses”. Es más, asegura que “ese uso más intensivo del FROB será imprescindible para compatibilizar la inevitable reestructuración del sistema financiero y la financiación de la economía productiva una vez superada la actual fase recesiva”. Porque el objetivo tiene que ser que, sin volver al alto nivel de endeudamiento de los últimos años, el crédito fluya de nuevo a las familias y a las empresas –la financiación a las pymes ha caído un 30% en un año–.
Caja Madrid, ausente
Mientras se diseña el mapa bancario, hay una protagonista que podría jugar un papel principal y, sin embargo, está ausente: Caja Madrid, que en los últimos meses se ha limitado a ser campo de batalla política escenificando como no se había hecho hasta ahora la gangrena que pudre a varias de estas entidades. Mientras no se resuelva la pelea seguirá así, pero en cuanto haya nuevo presidente pocos dudan de que el Banco de España querrá utilizarla como salvadora de alguna otra entidad.
La necesidad de restar poder a los políticos en las cajas de ahorros es tan grande que hasta el presidente de la propia Confederación de Cajas de Ahorros (CECA) defiende que se reduzca del 50% al 25% la representación política en los órganos de gobierno de las cajas. El deseo de los gobiernos autonómicos de no perder poder en su región está obstaculizando las fusiones interregionales de cajas. De las que están en marcha (Cajastur-Caja Castilla La Mancha; Caixa Sabadell-Terrasa-Girona-Manlleu; Caixa Catalunya-Manresa-Tarragona; Caja España-Caja Duero-Caja Burgos; Caja Navarra-Caja General de Canarias; CAI-Caja Insular de Canarias-Caja Rioja), sólo son auténticas fusiones las de cajas de la misma autonomía; en el resto se trata de “fusiones frías” donde la integración se hace a medias, creando una sociedad para compartir riesgos pero manteniendo cada una sus órganos de gobierno. De esta manera se pierden sinergias que harían más fuerte a la entidad
resultante.
Y eso que la historia de las fusiones bancarias anteriores demuestra que, siempre, la primera consecuencia es una pérdida de cuota de mercado: uno más uno no suman dos, sino uno coma algo. Luego, al cabo de unos cinco años y sólo si los gestores son buenos, la fusionada empieza a sumar dos coma, tres o más. Eso, si no se les pasa el arroz.
Tags: crisis estado del bienestar gasto social parados servicios públicosSi una sociedad libre no puede ayudar a sus muchos pobres, tampoco podrá salvar a sus pocos ricos”. Lo dijo Kennedy hace unos 50 años. Hoy, en Occidente, estamos aplicando el mensaje al revés: hemos empezando salvando a los banqueros, o sea, a los ricos. Los economistas explican que ha sido por “el riesgo sistémico”: como todos tenemos nuestro dinero, mucho o poco, en un banco, si quiebra un banco se nos lleva por delante a todos. Lo que está claro es que a los que no se ha llevado por delante es a los banqueros.
Pero, ya que hemos aplicado la máxima de Kennedy al contrario, ¿habrá llegado la hora de salvar a los pobres? Para nueve de cada diez europeos, sí, porque quieren que su Gobierno tome medidas urgentes contra la pobreza. En la mayor parte de Europa tenemos un Estado del Bienestar que no se disfruta en otros países, con asistencia sanitaria gratuita y universal, educación pública obligatoria, sistema de pensiones, subsidios de protección a los parados… Pero las críticas a los servicios públicos arrecian (muchas veces con razón), la resistencia de la ciudadanía a pagar más impuestos para mejorar el gasto social es enorme y cada vez existe una mayor percepción social negativa de que utilizar los servicios públicos te degrada si puedes pagarte un seguro o un colegio privado.
De esta forma se crea el círculo vicioso de menos dinero para los servicios públicos, mayor deterioro de estos, por lo que menos gente quiere hacer uso de ellos y cada vez menos están dispuestos a pagar más impuestos para mejorarlos.
Círculo virtuoso
Frente a este círculo vicioso podríamos reflexionar sobre el círculo virtuoso del gasto social. Ahora que tanto se habla de los estímulos económicos que permitan impulsar la demanda y el consumo para salir de la crisis, hay que recordar que el gasto social también ayuda a ello.
Cuando se introdujo el Estado del Bienestar, se liberó renta de los trabajadores –que ya no tenían que ahorrar para la educación de sus hijos o para la sanidad o las pensiones de su vejez– lo que mejoraba el poder adquisitivo de los salarios y les permitía destinar ese dinero al consumo, y eso, a su vez, impulsó el crecimiento económico.
Ahora deberíamos hacerlo otra vez. No se va a frenar la presión para mantener la contención de los salarios, por lo tanto es necesario mejorar el poder adquisitivo de estos garantizando unos servicios públicos que, como cuando surgió el Estado del Bienestar, permitan que los trabajadores no tengan que financiar la educación de los hijos, la sanidad o mantener gastos irracionales de transporte o vivienda. Se trata de mejorar el salario indirecto y eso se hace desde el sector público. Esto es lo que explica Ludolfo Paramio en su ensayo La socialdemocracia, que acaba de publicarse.
También apunta que es posible que la crisis acabe provocando el rearme moral y político para defender una sociedad cohesionada, de crecimiento sostenible. Pero igualmente hay que mejorar la cualificación profesional de los trabajadores, con formación en nuevas tecnologías, que les dé capacidad para variar de rama de actividad o de sector, en función de la evolución de la economía y del mercado de trabajo. Eso significa renovar el sistema educativo de forma que sólo lo puede hacer el sector público.
Las políticas socialdemócratas han visto estrecharse el margen con el que contaban. Con la globalización, aumentar los impuestos puede provocar deslocalizaciones empresariales hacia países con menor presión fiscal, por lo que la inversión pública está limitada por las restricciones fiscales, pero aumentar el déficit hace vulnerable al Estado ante los mercados. Y, sin embargo, la crisis actual también ha puesto al descubierto las debilidades del modelo neoliberal. Las reglas económicas de las últimas décadas han dado prioridad a mantener los beneficios empresariales y a las rentas más altas a expensas de los salarios. Sólo el endeudamiento y el efecto riqueza de las burbujas permitían a los asalariados mantener el nivel de consumo necesario.
Hay que hacer reformas en profundidad. La duda es si, al estar empezando a salir de la recesión económica y asomando ya la nariz por la superficie, las reformas se quedarán también en la superficie o habrá el suficiente valor para llegar hasta el fondo.
Tags: bucear burbuja financiera burbuja inmobiliaria crisis financiera hipotecas subprimeHace cuatrocientos millones de años, los futuros seres humanos tomamos la decisión de arrastrarnos fuera de los mares, vivir en la tierra y respirar oxígeno. La consecuencia fue que hoy nos están vedadas tres cuartas partes de la superficie del planeta. No podemos respirar agua ni tampoco soportar la presión.
El agua es 1.300 veces más pesada que el aire, de modo que según desciendes cuando buceas, la presión aumenta lo equivalente a una atmósfera (todo el peso del aire que tienes encima de ti cuando caminas por la calle) cada 10 metros de profundidad. La Torre Caja Madrid, uno de los cuatro rascacielos construidos donde los antiguos terrenos del Real Madrid, tiene 250 metros de altura.
Ahí arriba, el cambio de presión es inapreciable. A la misma profundidad bajo el mar, los pulmones se comprimen al tamaño de un melocotón. Pero, como estamos hechos principalmente de H2O, el cuerpo se mantiene a la presión del agua que lo rodea y no resulta aplastado en las profundidades, de modo que el problema de bucear no es el cuerpo, sino las burbujas: los gases del interior de los órganos sí se comprimen y descomprimen muchísimo con los cambios de profundidad.
El 80% del aire que respiramos es nitrógeno. Al someter a presión al cuerpo, el nitrógeno se transforma en pequeñas burbujas que pasan a la sangre y a los tejidos. Si la presión cambia demasiado rápidamente, como ocurre en una ascensión rápida hacia la superficie, las burbujas atrapadas en el organismo empiezan a bullir igual que hacen las de una botella de cava al abrirla, atascando vasos sanguíneos, privando a las células de oxígeno y causando dolor de cabeza, vértigo, trastornos neurológicos… puede que incluso la muerte.
La única solución es la paciencia: hay que subir lentamente, permitiendo que las burbujas de nitrógeno se vayan diluyendo solas. Si lo haces bien, evitas esa enfermedad del buzo: respiras y te descomprimes correctamente. Y has llegado al mismo sitio que si hubieras intentando el ascenso a toda velocidad: arriba.
Rescate de los grandes
En economía, al parecer nos está ocurriendo lo mismo ahora: mientras muchos buzos subimos centímetro a centímetro, hay otros que empiezan a acumular burbujas demasiado rápidamente porque quieren llegar arriba ya mismo. Si se les deja, en mitad del ascenso es probable que tengamos que volver a parar para rescatar a los que necesiten urgentemente otra descompresión. De forma que no es sólo su problema, sino el nuestro.
Lo dicen el premio Nobel Joseph Stiglitz o Joaquín Almunia, nuestro comisario de Asuntos Económicos de la Unión Europea. Ambos acaban de alertar de que los bancos, después de los gigantescos planes de salvamento con dinero público que se han instrumentado para ellos en todo Occidente, vuelven a ser tan grandes que se puede generar el mismo problema de nuevo: que son demasiado enormes como para dejarlos quebrar. También gentes como el especulador arrepentido George Soros o Nouriel Roubini, otro de nuestros economistas brillantes, alertan de la renovada y desmotivada euforia bursátil, la subida de las materias primas, la deuda pública… Es decir, vuelven las burbujas financieras, los buceadores de riesgo se han cansado del fondo y quieren volver a toda pastilla a la superficie.
En la historia de la economía se habla de muchas burbujas que han causado gravísimos problemas. La primera fue la de los tulipanes holandeses en la primera mitad del siglo XVII. Luego está la de las “compañías de acciones”, en el XVIII, cuando cientos de europeos empezaron a invertir en las compañías que estaban colonizando América y el mercado se colapsó; la crisis de los especuladores del ferrocarril en el XIX; el crash de 1929, la crisis del petróleo de los años 70 del siglo XX, el boom inmobiliario de los 80 y los 90, el derrumbe de los “dragones asiáticos” (que provocó, entre otros, el propio Soros), el pinchazo de la burbuja punto com a partir de abril de 2000 y la crisis financiera internacional y las hipotecas subprime desde 2008.
Ahora quizá se esté generando de nuevo una gran burbuja de nitrógeno, mucho más rápidamente que en la crisis anterior (apenas dos años). Todo lo cual quiere decir que los humanos no aprendemos de nuestros errores: nunca debimos salir del agua.
Tags: subida de impuestosAsustados se habrán quedado los ricos de este país cuando han conocido la tremenda subida de impuestos que van a soportar. Las rentas de capital superiores a los 6.000 euros pagarán el 21% en lugar del 18% actual. Esta es la gran medida del Gobierno para que las rentas altas paguen más que las rentas medias. La vicepresidenta segunda presentó sus cálculos, pero permítanme que yo haga los míos.
¿Cuánto dinero hay que tener para lograr unos rendimientos del capital superiores a 6.000 euros, por ejemplo de 7.000 euros? Si lo que se cobran son dividendos (los primeros 1.500 euros están exentos), tendría que tener invertidos al menos 170.000 euros en acciones (calculando un rendimiento por dividendo del 5%, que es la media del Ibex en lo que va de año).
Si obtiene esos 7.000 euros por los intereses pagados en depósitos bancarios a plazo (se remuneran a un tipo medio del 3,3%), tendría que tener 212.000 euros en el banco.
En el caso de que fueran plusvalías, dependerá de la revalorización, pero en lo que va de año, la bolsa ha subido el 27%, por lo que al menos tendría que haber invertido 26.000 euros en acciones en enero. Y todos ellos pagarán 90 euros más que lo que abonarían sin la subida impositiva, cantidad descomunal como se ve. A los que sí que puede crujir la subida es a los que vendan un inmueble y no reinviertan en vivienda habitual.
Lo que no explica el Gobierno es por qué las rentas de capital pagan menos que las del trabajo: un máximo del 21% para las primeras frente al 43% de las segundas.
La negociación parlamentaria puede cambiar el proyecto, pero por ahora el 49% de la mayor recaudación procede de eliminar la deducción de 400 euros y el 44% de aumentar el IVA (ambas medidas afectan a rentas bajas, medias y altas); sólo el 7% viene de las rentas del capital (que afecta sobre todo a las rentas altas).
Lo dicho, los ricos deben estar temblando.
Tags: ley de economía sostenible propuesta de Rajoy para recortar el gastoYa tenemos la respuesta de cómo afrontaría el líder del Partido Popular, Mariano Rajoy, el presupuesto del Estado en 2010 para controlar el déficit público sin subir los impuestos. Lo explicó el jueves, en una entrevista con Carlos Herrera. Lo que haría Rajoy si fuera el presidente del Gobierno es no poner en marcha la Ley de Economía Sostenible. ¿Defiende la política de no hacer frente a la de hacer? ¿La del mercado frente al Estado?Para el líder del PP, su fórmula es una simple resta. Como, según él, con la Ley de Economía Sostenible, el Estado “se va a gastar 25.000 millones”, basta con no ponerla en marcha para no tener que subir los impuestos y,
encima, sobraría algo.Quien le oyera se estaría diciendo ¡naturalmente!, ¿cómo es posible que teniendo la solución tan cerca, estos ministros no la hayan visto? Hay que ser borricos. No sacamos esa ley que, además, a saber qué quieren hacer sostenible y no nos suben el IVA, ni las rentas de capital, ni
nada de nada.A sumar y a restar creo que llegamos todos, lo que no sabía Rajoy cuando contestó –a lo mejor sí lo sabía pero estropeaba el mensaje– es que esos 25.000 millones de euros que dice que le va a costar al Estado la Ley de Economía Sostenible no es dinero del presupuesto del Estado y, por tanto, no influye en el déficit ni se quita de otros gastos.
De entrada, Rajoy suma 5.000 millones de su propia cosecha a la cifra que Zapatero dio en mayo, cuando anunció la ley en el Congreso: 20.000 millones, no 25.000. ¿Esos 5.000 otros millones son un detalle menor? Pues son casi un billón de pesetas, que es la cifra que se busca recaudar con la subida del IVA.
Nimiedades aparte, lo verdaderamente importante es que los 20.000 millones es la cantidad que se movilizará con la Ley de Economía Sostenible, pero, ¡oh sorpresa!, en financiación privada y préstamos del ICO, es decir, que además de que el ICO no saca el dinero del que dispone de los presupuestos sino de los mercados financieros, un préstamo es un dinero que se adelanta y que luego hay que devolver. Así que entre ICO y déficit público no hay apenas relación, como parece creer equivocadamente el presidente del Partido Popular.Si hacemos caso a la propuesta estrella de Rajoy nos quedamos sin Economía Sostenible y, encima, no hemos conseguido contener el déficit público. Ahora, eso sí, no hemos subido los impuestos, con lo que no sé cómo se va a financiar la ayuda de 420 euros a parados sin ingresos –que el PP apoyó en el Congreso– y otros gastos ineludibles de protección social.
Y sería una pena quedarse sin la Ley de Economía Sostenible, de la que la mayoría de los expertos opina que está bien orientada y va en la buena dirección. De hecho, es una ley que apuesta por los dos elementos que deberían marcar nuestra economía en el futuro: la sostenibilidad y la innovación. Pretende dar cuerpo a lo único bueno que podemos sacar de esta tremenda crisis económica, que es el espíritu de cambio: en los mercados financieros, en las relaciones internacionales y, sí, también en el modelo productivo.Mejor invertir en coches eléctricos, en energía eólica, en rehabilitación de viviendas que en especulación inmobiliaria y financiera. Entonces, tal vez haya servido para algo pasar por esta crisis.
Más IVA
Ahora, Rajoy cuenta con el apoyo de CEOE en su rechazo a una subida de impuestos, pero hace menos de un año no era así. A finales de 2008, la patronal defendía una “ligera subida del IVA” que permitiera rebajar las cotizaciones sociales que pagan las empresas por sus trabajadores. En estos momentos, a Gerardo Díaz Ferrán, presidente de la patronal, le parece muy mal subir los impuestos, entre ellos el IVA… ¿tal vez porque ya no se liga a rebajar cuotas empresariales? Rajoy rechaza la Ley de Economía Sostenible por una falsa austeridad, pero lo que no es sostenible es su solución.
Tags: gasto público presupuesto recorteUna escena imposible: José Luis Rodríguez Zapatero, de pie en el segundo escalón de las escaleras de la Moncloa, apoyado en la pila de tomos de papel reciclado de los Presupuestos del Estado, espera que su invitado, Mariano Rajoy, que porta unas grandes tijeras de podar, termine de bajar del coche. Ambos se sientan ahí mismo, en el suelo, y discuten juntos animadamente qué hojas cortar de los librotes. Se les oye decir: “La parte contratante de la primera parte…”
Eso sería lo que hubiera ocurrido en el caso de que Rajoy hubiera aceptado la última invitación de Zapatero –hecha hace pocos días en el Congreso– para analizar juntos qué partidas de gasto público pueden ser reducidas. La propuesta del presidente del Gobierno no era inocente: sabe que su margen de maniobra es mínimo, al igual que el de Rajoy, y que ni en el país de Nunca Jamás ambos se van a sentar juntos para concertar los Presupuestos del Estado, ni aunque la crisis sea la más profunda conocida desde la llegada de la democracia.
Rajoy también lo sabe, al igual que tiene claro que su propio margen de maniobra, no el financiero sino el político, es igualmente ínfimo. Pactar los Presupuestos, en el caso muy improbable de que coincidieran en las prioridades de gasto, daría más réditos al Gobierno que a la oposición. El PP cree que su mejor estrategia es ir a la contra. Así que se pueden hacer todas las ofertas que se quiera sabiendo que nunca se pasará de las palabras a los hechos. Por eso, tras la propuesta de Zapatero para acordar recortes, el jefe del PP propuso como condición previa para sentarse con el presidente que el Gobierno renunciase a la anunciada subida “temporal” de impuestos, una Arcadia imposible si se analiza el estado actual de las cuentas públicas. No hay recorte posible que compense en su totalidad el aumento del déficit.
Terceras partes
Los datos hablan por sí solos. El gasto público total en España es de 425.000 millones de euros y se reparte, grosso modo, en tercios: Seguridad Social (127.000 millones, el 29,5%), comunidades autónomas y ayuntamientos (137.000, el 31,7%) y Estado (161.000, el 37,5%).
Esto quiere decir que sólo una parte del total del gasto público en España depende del Gobierno central. Y, dentro de esa parte, hay corrientes tectónicas –como la del magma del centro de la Tierra– que no se pueden tocar sin riesgo de que se altere y se venga abajo el eje de rotación del planeta social y financiero español o se genere conflictividad, la bicha de la que hasta ahora ha conseguido escapar Zapatero.
Entre los gastos que no se pueden tocar de un año para otro se encuentran los más de 33.000 millones que suman los sueldos de los funcionarios del Estado (se puede restringir o anular la oferta de empleo público, pero no existen los ERE en la Administración, así que a los que funcionarios que ya lo son hay que pagarles). También hay que abonar las pensiones –que son más de 100.000 millones de euros–, pagar las prestaciones por desempleo –unos 40.000 millones este año por el vertiginoso aumento del paro–, hacer frente a los intereses de la Deuda Pública –17.000 millones de euros– …
¿Las inversiones en infraestructuras? Es una corriente de 14.000 millones al año, pero está comprometida en planes plurianuales y compensa parcialmente el brutal descenso de la inversión privada… A futuro se puede impulsar la financiación público-privada, pero lo que ya está comprometido hay que pagarlo, el Estado no puede ser moroso. Vamos ya por más de 200.000 millones y no hemos recortado nada. Después están los gastos en investigación y desarrollo, las subvenciones a familias y empresas, el fomento del empleo… ¿quitamos de ahí, de todas esas partidas, una apuesta que sólo da frutos años después? En ello están, pero el margen para meter la tijera en el gasto de los ministerios es de apenas un 5% o 6%…
Así que la oferta de Zapatero lo que buscaba era que Rajoy se mojara. No lo va a hacer, lógicamente, pero quedan los presupuestos de las CCAA –que han aumentado su deuda en más de 18.000 millones de euros en un año–. Y ahí no le quedará más remedio al PP que retratarse.
Tags: fiscal impuestos irpf IVA Patrimonio rentas de capitalCoja la última factura que haya pagado: la lavadora con centrifugado silencioso, esas zapatillas de deporte que ha comprado aprovechando las rebajas o el recibo del gas. Ahora fíjese en la penúltima línea del recibo, donde aparece IVA, 16%. Muy probablemente, dentro de poco pondrá IVA, 18%. ¿Le parece mucha subida fiscal? Depende. Pasar del 16% al 18% de IVA significa que si las zapatillas le costaron 35 euros –incluyendo 4,8 euros de IVA–, la próxima vez le costarán 35,5 euros –de los cuales 5,4 euros serán de IVA–. El impuesto sobre una lavadora cuyo precio sea de 400 euros subiría de 64 a 72 euros. Cuanto más elevado sea el precio del producto, más se notará en el bolsillo la subida del IVA.
¿Reduciría la subida del IVA el poco consumo que hay? En el Gobierno creen que no tendría un efecto disuasorio en el gasto. Por varias razones: las rentas bajas han reducido sus gastos a los indispensables y no les queda más remedio que seguir haciéndolos; las rentas altas no se desanimarán en su consumo por un aumento moderado del impuesto y el aumento de la protección social ayuda a mantener el consumo.
A cambio, el Estado y las Comunidades Autónomas (a las que se les transfiere el 50% de la recaudación del IVA con el nuevo sistema de financiación) obtendrían entre 4.500 y 5.000 millones de euros anuales más con la subida de dos puntos en el tipo ordinario, lo que seguiría dejando a España por debajo de otros países europeos, como Francia, Alemania, Italia o Portugal, que lo tienen entre el 19% y el 20%. Reino Unido lo ha bajado del 17,5% al 15,5% pero sólo para este año con el objetivo de incentivar el consumo. El aumento de la imposición indirecta también se pretende aplicar en los impuestos especiales sobre el alcohol y el tabaco, lo que añadiría unos cientos de millones más.
La escalada del déficit público y de la deuda no puede seguir mucho tiempo más porque, de continuar, llegaría un momento en que resultaría imposible de financiar y conduciría a un encarecimiento de la financiación no sólo pública sino también privada. Pero por la vía del gasto hay poco margen de ajuste, dado que la mayor parte está comprometida (pensiones, desempleo, inversiones, intereses de la deuda…). La justificación de la subida de impuestos tendrá que estar en la manera de gastarla: no sólo en la protección social, sino también en que los impuestos sirvan para mejorar la capacidad productiva y la competitividad de la economía española. En este contexto, podría enmarcarse una rebaja de las cotizaciones sociales.
Ahorro
También va a subir el tipo impositivo para las rentas de capital; es decir, del ahorro. Ahora está en el 18% y el Gobierno estudia ponerlo en el 20%. La base imponible de las rentas de capital del Impuesto sobre la Renta de 2007 (último año con cifras oficiales) fue de 49.648 millones de euros. Lógicamente, por la crisis económica, tanto en 2008 como en 2009 ha tenido que producirse una contracción de las plusvalías: peores datos en bolsa, caída del valor de las viviendas, depósitos bancarios menos rentables… Aun suponiendo que todo eso implique una reducción del 20% en la base imponible declarada, una subida de dos puntos en el tipo impositivo para el ahorro aportaría al Estado en torno a 800 millones de euros de mayor recaudación.
Pero la medida que más ingresos permitiría recuperar sería eliminar la deducción de los 400 euros en el IRPF, implantada para compensar la subida de las hipotecas y la inflación. Ahora, con el Euríbor y el IPC en mínimos, pero sobre todo con una urgente necesidad de reconducir el abultado déficit público, suprimir la deducción de esos 400 euros puede ser un salvavidas que Hacienda no va a dejar de utilizar. Aunque en un principio se manejó eliminarla sólo para las rentas altas, cada vez es más seguro que se suprimirá para todos. Y eso dará 6.000 millones más para el Presupuesto.
No es fácil políticamente anunciar una subida de impuestos y menos para un Gobierno cuyo presidente dijo que “bajar impuestos es de izquierdas”. Tampoco faltan voces que reprochan haber eliminado el Impuesto sobre Patrimonio, que aportaba más de 2.000 millones de cuota íntegra y que reclaman recuperarlo para los patrimonios realmente grandes. Sin embargo, si se analiza la distribución de los declarantes, sólo con el 10% de los patrimonios más elevados se podría recaudar más de la mitad de lo que proporcionaba este impuesto. Y sería un auténtico guiño desde la
izquierda.
Tags: casa real monarquía presupuesto reyDicen que la democracia es como una comunidad de vecinos: a) sólo te enteras de lo que pasa si vas personalmente a las juntas, b) aunque vayas a tales juntas, en realidad no vas a poder hacer nada, el pescado ya está vendido, c) el presidente es el que maneja el cotarro, d) las cuentas del administrador no las entiende nadie, e) muchos vecinos han dejado de pagar no se sabe cuántos recibos y f) esto obliga a los demás a compensar la deuda si quieren que se arregle el ascensor. En esta nuestra comunidad nacional presupuestaria, además de eso, cada año hay una derrama que pagamos todos, que no sabemos cuánto nos cuesta exactamente, que cobra un único vecino, que casi nadie pregunta por qué sigue ocurriendo ni en qué se emplea en concreto el dinero.
En 2009, una vez más, se va a convocar la asamblea de vecinos para aprobar el presupuesto y un vecino, el rey, recibirá nuestra derrama sin que se vaya a cuestionar o, al menos, a pedir en la junta todos los datos sobre ella, euro por euro.
Con el fin de reconducir el déficit público, el Gobierno –presidente de esta nuestra comunidad– aprobó una reducción del techo de gasto público del 4,5% respecto a lo que prevé gastar este año, pero al margen del recorte presupuestario quedarán varias partidas: por ejemplo, las prestaciones por desempleo, en parte por el aumento automático que conlleva el fuerte incremento del paro y en parte por el nuevo subsidio de 420 euros para parados sin ingresos. No parece discutible la necesidad de incrementar el gasto social.
Menos social y mucho más discutible en el fondo y en la forma es el presupuesto de la Casa Real. El dinero del que va a disponer el rey para gastar libremente, sin tener que someterlo a control y sin dar cuentas a nadie, ascenderá a 8,9 millones de euros, según lo anunciado por el Gobierno. Esta cifra es la misma que la aprobada para este año. En la última década, el presupuesto monárquico ha subido anualmente un 3,5% en promedio, con dos picos del 4% en 2004 (año de la boda Felipe-Letizia) y del 4,5% en 2008 (cuando la crisis mundial ya estaba en su apogeo). Ahora, dicen que el rey ha pedido que, en atención a la crisis, se le congele el dinero para sus gastos en 2010. Gracias, vecino.
Sin embargo, en buena lógica con la evolución del Presupuesto estatal, también podría haber pedido el rey que se le recortaran los gastos en la misma proporción en que el Estado reduce los suyos globalmente. Igualmente, podría haber mencionado como recortables los demás epígrafes del Presupuesto del Estado, además del que se llama “Casa de S.M. el Rey”, donde se enmascaran gastos de la monarquía y, ya puestos, podría haber admitido que es hora de que los vecinos conozcamos en qué gasta el dinero que pagamos entre todos. No por nada, sólo por si la derrama se puede eliminar.
Bajo el epígrafe general de “transferencias a familias e instituciones sin fines de lucro”, el rey recibe esos 8,9 millones de euros “para el sostenimiento de su familia y casa”. Pero estas cifras tienen truco. No todos los gastos de la Corona española están en esos 8,9 millones. Hay otros muchos gastos repartidos entre diversos ministerios. Por ejemplo, el Ministerio de Administraciones Públicas se hace cargo de pagar a parte del personal de la Casa Real y gastos corrientes: bajo el apartado “Apoyo a la gestión administrativa de la Jefatura del Estado” aparecen 6,5 millones de euros en 2008. Además, el mantenimiento de la Zarzuela, el Palacio Real y los demás corren a cargo de Patrimonio del Estado, aunque su presupuesto no especifica cuántos millones destina a los palacios reales; los automóviles utilizados por la familia real –excepto los privados– van a cuenta del parque móvil del Estado; los viajes, del Ministerio de Exteriores; y la seguridad, del Ministerio del Interior. Un sueldo estaría más claro: 14 pagas y revisión con la inflación.
La reina de Holanda tiene un sueldo de 792.000 euros anuales – con la suma de otras partidas se llega a un presupuesto de 4,2 millones de euros–; la reina de Inglaterra dispone de 40 millones de libras (50 millones de euros), pero incluye todos los gastos. No obstante, la principal diferencia estriba en que los ciudadanos británicos conocen el presupuesto real al detalle y en Holanda existe un proyecto para que cualquiera pueda consultar en qué se gasta cada euro.
No incrementar el presupuesto del rey no soluciona la transparencia en las cuentas reales, unas de las más opacas. Si no se sabe qué va dentro del paquete de congelados ¿cómo se puede aceptar su pago?