Opinion · Mundo Rural s.XXI

Por un Mundo Rural Vivo, bases sobre las que planificar su futuro

Miguel Reinares (Circulo Celtiberia Podemos)
Francisco Javier Garrido
(Miembro del Consejo Rural de Podemos)

Desde los comienzos del desarrollo industrial español, las diferentes teorías que han abordado el concepto de Mundo Rural han tendido a asociarlo a la agricultura en tanto que espacio geográfico abastecedor de productos agroalimentarios, además de proveedor de mano de obra a la industria incipiente de las zonas urbanas.

De este modo, las políticas llevadas a cabo venían a practicar un esquema de dominio de lo urbano sobre lo rural, del núcleo de producción de riqueza hacia el suministrador de productos básicos. Y el resultado obtenido fue el de la desagrarización, el paso a sistemas de cultivo intensivos, concentración de las explotaciones agrarias y ganaderas -ante la falacia de la necesidad de dimensión competitiva- y despoblamiento debido a la menor necesidad de mano de obra en el nuevo sistema agropecuario y a la demanda de trabajadores para la industria urbana. El desarrollo de los servicios públicos necesarios ha sido, además, permanentemente insuficiente para conseguir atender las necesidades rurales y fijar población.

De la mano de este concepto economicista, surge también una depreciación social de la figura del agricultor (que no del industrial agrario, habitualmente afincado en las ciudades) y un desprecio patente hacia los habitantes de los pueblos siendo considerados social y culturalmente inferiores con respecto a los de las ciudades, lo que ha tenido el efecto de provocar durante décadas el escaso interés de las nuevas generaciones para mantener las pequeñas o medianas explotaciones familiares como forma de vida o para valorar positivamente su permanencia en el ámbito rural.

Las sucesivas crisis económicas, a partir de los 70, la mundialización progresiva de la cadena alimentaria con la toma de control de la producción y comercialización de los productos agroalimentarios por parte de grandes corporaciones supranacionales, la decadencia de la expectativas en el entorno urbano y ciertos factores positivos, aunque aún menores, como la incipiente conciencia ecológica, facilitaron un cierto efecto de neoruralización. Sin embargo, las actitudes tanto sociales como políticas adoptadas vinieron a reafirmar el concepto de relación dominante de lo urbano sobre lo rural. De esta forma, el Mundo Rural se conceptúa prácticamente como espacio turístico o de descanso para urbanitas sin tomar conciencia de las necesidades propias de los pueblos sino facilitando la “comodidad” de los visitantes.

En resumen, el Mundo Rural no ha sido analizado en ningún momento desde el propio ámbito rural, ni en toda su complejidad, ni se ha tenido realmente en cuenta los intereses de sus pobladores ya no solo a nivel de infraestructuras sino también en sus necesidades básicas, teniendo en cuenta que residir en el ámbito rural es una decisión de carácter personal y, por tanto, relacionada con unos parámetros razonables de calidad de vida. A la hora de realizar los diferentes diagnósticos han venido interviniendo  tradicionalmente geógrafos, sociólogos, economistas, incluso urbanistas, que han valorado el Mundo Rural desde la óptica del desarrollo económico y social de las urbes. El problema, por tanto, de plantear medidas de sostenimiento y desarrollo rural dependen del diagnóstico inicial a partir del que establecer, hoy y para el futuro, objetivos y metodología adecuados.

Las estructuras de toma de las decisiones que atañen al Mundo Rural siguen estando alejadas de los verdaderos protagonistas, las comarcalizaciones actuales no atienden a las necesidades reales y la representación rural en las instituciones regionales y nacionales es precaria y escasa.

Y lo más importante de todo, es imprescindible tener en cuenta, realmente, las necesidades individualizadas de las mujeres y los hombres de cuya decisión personal depende mantener vivos hoy los pueblos y sustentar una deseable revitalización en un futuro inmediato. Con esta perspectiva debe plantearse un nuevo “contrato social” para el Mundo Rural. Un modelo basado, contrariamente a la idea roussoniana de decisiones dependientes del número de pobladores, en la transversalidad de elementos y factores que van a ser indispensables para facilitar de la forma más individualizada posible las decisiones personales de mantener o iniciar proyectos vitales en las zonas rurales.

El Mundo Rural español hoy es heterogéneo y desequilibrado. Por tanto, no pueden practicarse unas políticas de homogeneidad. Del conocimiento exhaustivo de las diferentes realidades devendrán soluciones adecuadas para cada entorno. Y estas soluciones deben basarse en la cobertura de los derechos sociales que corresponden a todos y cada uno de los ciudadanos españoles en condiciones de igualdad, y atender a los factores que pueden dar lugar a fijar definitivamente población, en un primer paso, y a atraer nuevos pobladores mediante la generación de economías susceptibles de crear empleo estable a corto plazo.

El concepto de Rescate Ciudadano en el Mundo Rural tiene más que ver con la prestación de servicios solidarios que actualmente realiza la “generación soporte” que con los problemas hipotecarios o habitacionales de las ciudades. Se trata más de que no haya quienes decidan abandonar sus hogares rurales por temor a no poder mantener unas condiciones de calidad de vida razonable o por falta de suministros de bienes y servicios suficientes.

Y la potenciación de economías generadoras de empleo debe proceder de la especificidad de cada entorno, de una visión multidisciplinar que contenga un nuevo modelo de agricultura y ganadería, de transformación en origen, de un nuevo concepto de cadena alimentaria de cercanía entre productor y consumidor, de la generación de proyectos basados en recursos locales, en las energías limpias, en el turismo sostenible, en el patrimonio cultural y las tradiciones, de la potenciación de la economía de los cuidados y de los servicios públicos.

Pero todo ello no puede sustentarse sobre reglas creadas en, por y para el mundo urbano, es necesaria su adaptación a las realidades diversas del Mundo Rural. Para que estas medidas a implementar sean efectivas, tengan valor real y, fundamentalmente, den forma a ese “contrato social “, tiene que contar con los pobladores y actuales sustentadores del Mundo Rural, identificarlos como coprotagonistas de un nuevo modelo de desarrollo donde lo urbano y lo rural puedan reencontrarse.