Y de nuevo, el iceberg

19 Jun 2017
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Susana Gómez Granell, asesora del área de Agricultura, Desarrollo Rural y Soberanía Alimentaria de Podem Comunitat Valenciana.

No aprendimos nunca. De los sucesivos Titanic que enviamos al océano con soberbia y reciben el escarmiento. De la de veces que, arrogantes, aseguramos que lo teníamos todo controlado. De nuevo, el ser humano, muy corto de memoria, tropieza desafiando a fuerzas frente a las que debe ser humilde.

Enfrentándonos a la naturaleza, tablet en mano, bici en ristre, priorizando teoría sobre relación. Temerarios e irresponsables, como si nos enfrentáramos al despecho de un amante con una biblioteca completa de autoayuda amorosa como escudo. Con las mismas esperanzas de éxito.

Los GIF (Grandes Incendios Forestales) son una peligrosa realidad, impredecible, que crece cada año. Mutantes con vida propia, capaces de tomar decisiones en segundos, crear sus propias corrientes de aire y consumir, de forma explosiva, todo aquello que apetezca al hambre del monstruo que hemos creado.

Las noticias que llegan de Pedrógão Grande, en Portugal encogen el alma. No hay palabras suficientes para expresarlo. No hay capacidad para aceptar y entender la magnitud de la tragedia.

Pero es inevitable la pregunta, por todos aquellos que pisamos monte y vemos la realidad que la gran mayoría no quiere ver. Donde será la siguiente. En qué carretera, qué pueblo o qué urbanización de nuestro país.

Sin embargo, la reacción en redes es cuanto menos, curiosa. Tras la pena obligada (y el horror, incuestionable) los comentarios van encaminados hacia el negacionismo más absoluto de una realidad que no nos gusta. Buscando culpables ajenos, ecoterrristas inmobiliarios o agrícolas, incluso ganaderos, con la ignorancia de quien no ha intentado encender una hoguera para calentarse o comer en su puñetera vida. Totalmente ajenos a una verdad que en el mundo rural es incuestionable: para encender un fuego y convertirlo en semejante horror, no sólo hace falta una cerilla, sino toda una serie de condiciones climatológicas, políticas, físicas y de acumulación de combustible que no son efecto del pirómano o del azar. Son responsabilidad de una sociedad que da la espalda al mundo rural y al terrible escenario del Cambio Climático.

Consecuencia de una realidad urbanita incapaz de ver más allá de lo que dicen los libros de texto sobre naturaleza. Que ha olvidado por completo la relación y el respeto con ella porque es capaz de recopilarla en cartografía digital y atravesarla en trasporte cada vez más veloz. Como si desde el móvil pudiéramos manejar a nuestro antojo ese ser contra el que nuestros antepasados han estado siglos batallando para poder sobrevivir al fuego, al hambre, las heladas, los parásitos, los rayos y los apedreos. Convencidos que podemos vivir encerrados en nuestras ciudades, completamente ajenos al abandono del mundo rural, y salir a disfrutar del campo a ratos sin preocuparnos de hacer gestión sobre él. Como tener un león en el jardín desentendiéndonos de echarle de comer y domesticarlo. Con todo el atrevimiento de la ignorancia.

No podemos dejar la agricultura abandonada, los pueblos vacíos y las tierras baldías, cuando el fuego se frenó durante siglos gracias a la custodia de los pobladores que vivían en los bosques y los mantenían, con trabajo diario, ganados, cultivos y aprovechamiento forestal.

No podemos vivir de espaldas a las montañas, y salir, ingenuos, sin miedo a recorrerlas sin ver más allá de la senda por la que pisamos y el camino marcado. No podemos consumir sin plantearnos cuándo la naturaleza nos enfrentará al desastre.

Es urgente tomar medidas realistas que salven vidas, que prevengan el escenario temerario en el que se han convertido las interfaces urbano forestales. Todas esas maravillosas urbanizaciones entre cuidadas pinadas, pegadas a carreteras sin capacidad de evacuación y bosques sin gestión alguna y con acumulación de años de ramas rotas y matorral seco. El alimento de ese monstruo de tamaño impensable frente al que nuestros superhéoes de mono y manguera no tienen oportunidad alguna. Que permanece agazapado esperando, bajo cada ola de calor, cada tormenta seca, cada zona de acampada y cada urbanización entre montañas.

Frente al que no podremos defendernos sin una política valiente, que encare la gestión forestal y la recuperación del sistema productivo y el mundo rural y que proteja a nuestra gente frente a la vorágine de una sociedad cada vez más inconsciente e irresponsable con el medio en el que habita.


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