Opinion · No hay derecho

9-N: ganar la democracia

* Por Gerardo Pisarello, portavoz de Guanyem Barcelona

Lo que se celebra este 9 de noviembre en Catalunya no es la consulta no refrendaria acordada por una amplia mayoría del Parlament. Tampoco es el referéndum informado y con garantías que exige casi el 80% de las ciudadanas y ciudadanos catalanes. Pero no será un asunto menor. La jornada de participación y protesta de este domingo condicionará de manera decisiva el futuro de la democracia en Catalunya y en el resto del Estado. Solo por eso, quienes cuestionan el actual Régimen de poder deberían sentirse concernidos.

¿Por qué no habrá consulta ni un referéndum con garantías, como el escocés? De entrada, porque el Gobierno del Partido Popular no ha querido. En sus manos estaba haber transferido a la Generalitat la competencia para convocar referendos. O haber instado la reforma de la Ley Orgánica que regula la materia. El PP podría haber reconocido el derecho a decidir o podría haber impulsado una reforma de la Constitución que lo facilitara con la misma celeridad con la que la rindió frente a los intereses de los grandes acreedores. Pero no lo hizo. Rajoy no ha sido Cameron. Ha avanzado sobre la autonomía local, ha impuesto un centralismo rancio, ha consentido ataques inadmisibles contra la lengua catalana y ha respondido a las demandas de participación con el desprecio, la amenaza y las prohibiciones.

El recurso del PP contra el Estatuto catalán fue, como escribió el jurista Javier Pérez Royo, el inicio de un auténtico golpe de Estado. Este golpe permitió al PP convertir al Tribunal Constitucional en un sumiso apéndice de su política contraria a todo tipo de diálogo. Cuando se produjeron las primeras movilizaciones masivas a favor del derecho a votar, Rajoy las despachó asegurando que eran simples “líos” y “algarabías”. Más adelante, diversos miembros de su partido pidieron que se utilizara contra ellas el Código Penal. En el aniversario de la suspensión de la autonomía catalana de octubre de 1934, el ministro Fernández Díaz se permitió sugerir que la historia podría repetirse. Este desdén ha permitido al PP alejar los focos de los efectos devastadores de sus políticas anti-sociales y de la corrupción que lo corroe por dentro. Pero ha disparado las ansias de independencia de mucha gente en Catalunya que cree que con el nacionalismo español impulsado desde el Estado no hay nada que hacer.

El PSOE no se ha diferenciado demasiado de esta estrategia. Sus vínculos con el Régimen heredado de la transición son tan fuertes que le han impedido impulsar cualquier alternativa creíble al estado actual de cosas. Su apoyo a la reforma del artículo 135 de la Constitución y a la Monarquía contrasta con su falta de compromiso con el derecho a decidir y con un nuevo proceso constituyente. Sólo algunas voces aisladas, como las del dirigente andaluz José Antonio Pérez Tapias, de Izquierda Socialista, han argumentado a favor de un nuevo pacto constituyente que implique un reconocimiento genuino del carácter plurinacional del Estado.

Si este domingo la ciudadanía participa de manera masiva tampoco será gracias a CiU. Desde un primer momento, el objetivo de la derecha nacionalista fue el pacto fiscal, no la consulta, ni la movilización de la gente. Todavía hoy, los grandes lobbies privados catalanes –desde el Círculo Ecuestre al Foro del Puente Aéreo y a Foment del Treball– se oponen abiertamente a lo que consideran una aventura que puede írseles de las manos. Si Mas acabó asumiendo la consulta, fue gracias a la presión de un movimiento popular, transversal, que lo ha forzado a ir al límite de la desobediencia institucional. Ciertamente, Mas tampoco es Salmond. Al igual que al PP, el forcejeo por la consulta le ha permitido sobrevivir a la debacle moral del pujolismo y mantener unas políticas neoliberales que en poco se diferencian de las de Rajoy o Cameron. Pero lo contrario también es cierto: cada movilización, cada impulso del derecho a decidir concretado en la calle, ha debilitado a la derecha y ha reforzado el contenido social de la reivindicación.

En realidad, el referéndum libre e informado exigido por amplios sectores de la sociedad catalana no será una concesión gratuita de los partidos y grupos de poder que han apuntalado el Régimen del 78. Como el resto de derechos humanos, el derecho a decidir, y a decidirlo todo, deberá conquistarse. Si la movilización de este domingo fracasa, si la gente se queda en su casa, el triunfo será para Rajoy y para los sectores más inmovilistas del PSOE. Con ello, el proceso de democratización no sólo se frenaría en Catalunya sino en el conjunto del Estado. Si en cambio hay participación, si hay insumisión contra el autoritarismo, si hay votos, aunque sean simbólicos, será el Régimen el que saldrá debilitado. El PP tendrá que dar más explicaciones sobre la operación Púnica, la imputación de Ángel Acebes o los viajes de José Antonio Monago. Y la presión para que Mas, a su pesar, haga lo que no quiere hacer, convoque elecciones anticipadas y se marche, crecería de manera notable.

Cuando Felipe VI asumió la jefatura del Estado sin pasar por las urnas, se dijo: lo que esta operación pone de manifiesto no es tanto la contradicción Monarquía-República como la oposición entre Monarquía y democracia. Este domingo pasará algo similar. No se tratará de escoger entre el inmovilismo del PP o la independencia. Lo que estará en juego será, ante todo, la democracia. Su nuevo cercenamiento o la posibilidad de profundizarla y de abrir procesos constituyentes que contribuyan a decidirlo todo, tanto en el aspecto institucional como en el económico.

Los últimos años han revelado la existencia de un Régimen injusto, venal e insostenible que comienza a tambalearse. Las movilizaciones del domingo pueden ayudar, de manera modesta pero decisiva, a acelerar su caída. Sólo por eso, las personas demócratas de Catalunya y del resto del Estado deberían darle su apoyo. Rememorando, de paso, los viejos versos que acompañaron a la resistencia  antifranquista y que no en vano vuelven a resonar en estos días: “Si estirem tots, segur que tomba, tomba, tomba, i ens podrem alliberar…”. Que así sea.