Opinion · No hay derecho

La rebelión municipalista se abre paso

Gerardo Acto Cotxeres

Gerardo Pisarello
Jurista e integrante de la candidatura Barcelona en Común (@G_Pisarello)

Hay voces que son un aviso, una advertencia inquietante en medio del conformismo generalizado. Ovidi Montllor –músico, actor, obrero de la palabra– era una de ellas. Esa lucidez le valió el olvido y la indiferencia. Pero le ha permitido, también, mantener una vigencia reservada a muy pocos. Ovidi decía que los que mandan siempre intentan convencer al mundo de que su reino es el único y el mejor y desacreditar a los que piensan que las alternativas existen. Este vici antic suele dispararse en tiempos electorales. Basta con ver el uso instrumental, abusivo, que tanto el PP como CiU están haciendo de los medios de comunicación y recursos públicos.

En los últimos presupuestos municipales, el actual alcalde de Barcelona Xavier Trías destinó 13 millones de euros a publicidad. Esta cifra representa solo una parte de lo que su gobierno y el de la Generalitat detraen de otras partidas para dedicarlo a anuncios y actos preelectorales. Este gasto opaco es el que está permitiendo que en dos meses se prometa, a trompicones, lo que no se ha hecho en cuatro años. Con ello, CiU pretende que la ciudadanía crea que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Que Barcelona no tiene otro destino que ser una gran marca comercial, un parque temático en el que lo único que prosperan son las desigualdes y los privilegios de una minoría.

En clave electoralista, esta estrategia tiene su lógica. Y puede que el gobierno se salga con la suya. Pero no lo tendrá fácil. Para su desgracia, Barcelona, como muchas ciudades y pueblos, tiene una larga memoria forjada en la rebeldía contra el conformismo y la injusticia. No será fácil reducir a una marca comercial a la ciudad libertaria, republicana, que encandiló al mundo con sus ateneos y sus cooperativas obreras. No será fácil convertir en un parque temático a la ciudad que hizo la huelga de la Canadiense, que paró los tranvías contra la dictadura franquista y que echó a Porcioles. Y no será fácil, sobre todo, imponer el egoísmo a la ciudad solidaria que movilizó a sus barrios más humildes para conseguir parques, escuelas, guarderías infantiles, centros cívicos y una calidad de vida colectiva de la que todavía hoy estamos orgullosos.

Equipo Ada J

Todo valdrá –lo sabemos– para neutralizar a las fuerzas del cambio que conectan con ese pasado. Harán como el bandido que se esconde entre la multitud y grita: “¡al ladrón, al ladrón!”. Dirán que se trata de iniciativas poco patriotas y lo dirán -¡ay!- mientras continúan privatizando y rindiendo la ciudad a fondos extranjeros y grandes lobbies. Lo cierto, sin embargo, es que no tendremos un país libre y justo, capaz de decidir por sí mismo, mientras los que han aniquilado derechos y malversado dineros públicos continúen en La Moncloa, en Plaça Sant Jaume o en Bruselas.

Dirán –lo están diciendo–, que se paralizará la economía, que Barcelona quedará aislada y que diluviarán sobre ella todos los males imaginables. Pero no es eso lo que nos mueve a disputarles el futuro. No queremos que Barcelona sea una provincia cerrada sobre sí misma. Por el contrario, aspiramos a hacer de ella una metrópolis republicana, una capital abierta al mediterráneo y al mundo. Queremos que Barcelona garantice, como París, el control municipal del agua y de la vivienda. Que impida, como el Ática de Siryza, los cortes de gas y electricidad. Que sea ejemplo, como Friburgo, de una movilidad accesible y no contaminante. Que abra las calles, como hace Bogotá, a sus niños, a la gente mayor. Que ponga internet y las nuevas tecnologías, como en Helsinki, al alcance de todos sus barrios y no de una élite reducida.

Esta es nuestra carta de presentación, este nuestro modelo. Un proyecto de ciudad cargado de memoria y también de futuro. No la Barcelona Marca comercial, sino la Barcelona ejemplo, referencia en economía cooperativa, en lucha contra todas las formas de precariedad, en justicia social y ambiental. No la ciutat morta que algunos querrían, sino una ciudad que defienda la vida y el cuidado de su gente por encima del beneficio especulativo, a corto plazo. No Barcelona, como reza la propaganda de CiU, sino nuestra Barcelona.

Sabemos que no será fácil. Que ganar unas elecciones no es hacerse con el poder  y que revertir inercias y remover privilegios exige algo más que un puñado de votos. Por eso defendemos la necesidad de reforzar los contrapoderes ciudadanos antes, durante y después de los comicios. Y por eso apelamos a todas las iniciativas municipalistas, hermanas, que están surigendo en Catalunya, en España y en muchos rincones de Europa, con diferentes nombres y composiciones, pero con un objetivo común: recuperar la democracia para la mayoría social y mostrar que es posible hacer política de otra manera.

Si el 24 de mayo ganamos Barcelona, Madrid, Corunha, Zaragoza, Málaga, Terrassa, Valencia, Sevilla, Donosti, Santiago y muchas otras ciudades y pueblos, la historia puede dar un vuelco. Podremos equivocarnos, y nos equivocaremos. Podremos errar, y erraremos. Pero no podemos fallar. Ni a los que nos precedieron, ni a los que vendrán, ni a nosotros mismos. Nos han quitado ya demasiadas cosas. No queremos, como advertía Ovidi Montllor, que vuelvan a echarnos migajas cuando lo que pedimos es el pan entero. Ha llegado la hora de hacer la política y el pan en común y de repartirlos en común. La primavera será nuestra.

* Este texto es una versión adaptada del discurso pronunciado en domingo 15 de marzo en el acto de presentación de la candidatura encabezada por Ada Colau para el Ayuntamiento de Barcelona.