¿Estamos en guerra?

“Estamos en guerra”. El gobierno francés ha vuelto sobre esa idea. “Europa no puede permanecer de brazos caídos”, “estamos ante una amenaza global que exige una respuesta global”, “el terrorismo es una amenaza contra nuestra civilización”, “hemos de luchar conjuntamente contra bárbaros, enemigos de las libertades y de la democracia”. Con estas y otras palabras se han pronunciado gobernantes y responsables políticos europeos a propósito de los atentados de Bruselas.

Para cualquier persona razonable resulta evidente que hay que combatir contra quienes, en nombre de ideas políticas o religiosas, se encuentran de cualquier manera implicados en matanzas como las que tuvieron lugar este martes en Bruselas, como las del 13 de noviembre pasado en París o la de hace 12 años en Madrid. Conviene señalar esa evidencia sin descanso, siempre y en cualquier circunstancia, de lugar o de tiempo, y ensanchar al mismo tiempo todos los canales y mecanismos de solidaridad con las víctimas de esas acciones criminales, teniendo en cuenta además que, desgraciadamente, es más que probable que en los próximos tiempos veamos nuevos episodios de terror. Por ese último motivo sobre todo, conviene reflexionar muy a fondo sobre qué se hace y qué se puede hacer contra un mal que viene de lejos, porque también es evidente que las actuales políticas no sirven para atacar de raíz el problema del terrorismo.

Tal como explicó el filósofo francés Alain Badiou tres semanas después de los atentados de París, “hay que apartarse de toda la propaganda que acompaña a las declaraciones de guerra”.

“Estamos en guerra”, había dicho ya entonces el primer ministro francés, Manuel Valls. Este martes lo repitió, tras los atentados de Bruselas. Y como él otros tantos gobernantes. No lo dicen en balde. Occidente combate en Medio Oriente y alimenta maquinarias de guerra en todo el mundo. Lo saben bien los habitantes de países como Siria, Iraq, Yemen, Libia, Afganistán… que han comprobado en los últimos años o décadas los ‘efectos benéficos’ de las alianzas militares, los bombardeos, y las intervenciones armadas  en su vida cotidiana: muerte, destrucción, miedo, miseria y exilio.

Recordó Badiou, en una conferencia, que muy pronto aparecerá en forma de ensayo en las librerías editado en castellano*, que Barack Obama calificó justamente los atentados de París de “crimen contra la humanidad”. Echó en falta el filósofo, no obstante, que el presidente norteamericano no diga algo parecido cuando matanzas similares se cometen en países como Iraq, Pakistán, Nigeria o Congo, y se quejó de quienes habitualmente establecen una equivalencia peligrosa: Humanidad = Occidente.

No puede ser que, en nombre de la justicia, se dé respuesta a las acciones sangrientas de los islamistas con actos de venganza, primitiva y peligrosa, porque entonces la razón desaparece.

Cuando se intenta combatir al terror con más terror belicista  se hace justamente lo que quieren los asesinos.

Para evitar que las organizaciones terroristas crezcan, se extiendan e incrementen su capacidad de actuar, hay que intentar entender qué ocurre en la cabeza de los jóvenes que las integran, nacidos en Europa muchos de ellos, descendientes de inmigrantes, con estudios, marginados del mercado laboral, sin dinero para consumir ni expectativas de tenerlo, humillados ante la arrogancia de los que poseen casi todo… Forman parte de un sector de la sociedad, cada vez mayor, despojado de cualquier fuente de riqueza, ignorado por el capitalismo, porque no producen y no consumen. La religión para estos jóvenes sin porvenir se convierte en signo de identidad antioccidental y se vuelven criminales que rinden culto a la muerte. Si su vida deja de tener valor,  la de los otros mucho menos.

Hay que entender también, indica Badiou en su ensayo, que el triunfo del capitalismo a escala mundial ha traído consigo el debilitamiento de los Estados, en beneficio de “monstruos transnacionales”. Para una mejor defensa de los intereses de unos pocos, hace tiempo que Occidente dejó de construir y fomentar la existencia de Estados dependientes. Ahora se les destruye y se les despieza en pequeños trozos, enfermos y corruptos. Cuando los Estados desaparecen, ocupan su espacio bandas de mercenarios y organizaciones armadas.

Algunos negocios, así, funcionan todavía mejor que antes. Incluso ese Estado Islámico, que ha asumido la autoría de los atentados de Bruselas, se ha convertido en una empresa comercial. Se sabe que vende petróleo, algodón, arte…, que compra armas y equipamiento militar. Y si vende y compra significa que tiene clientes y proveedores. Habrá que identificarlos.

*Alain Badiou. Nuestro mal viene de más lejos. Seminario excepcional tras las matanzas de Paris en noviembre de 2015. Madrid. Clave Intelectual