Cuando resistir es vencer

Revista Números Rojos

En 2002, en plena crisis argentina, los ocho trabajadores que aún permanecían en sus puestos en la imprenta Gaglionone, en Buenos Aires, desafiaron a su patrón, que les adeudaba varios sueldos, y a la orden de desalojo de un juez. Se encerraron durante meses, se adueñaron de las máquinas y lograron empezar a trabajar de forma autónoma. Hoy, la imprenta Chilavert, como se llama ahora, es el mejor ejemplo de que no siempre pierden los más débiles.

Texto: Martín Cúneo y Emma Gascó*. Fotos: René Squella.

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“Cándido, que mañana me mandan a desarmar la máquina”, dijo Julio Berlusconi, el mecánico que vivía en el edificio contiguo a la imprenta Gaglionone SA, fundada en 1923. En 1960, la empresa llego a tener 50 empleados. Ese día, el 3 de abril de 2002, apenas quedaban ocho. Ninguno cobraba su sueldo desde hacía un año.

–“Quédense tranquilos”, dijo Cándido González, que llevaba trabajando en la imprenta desde hacía décadas. “Ustedes vengan como si tal cosa, que nosotros ya nos encargamos de que las máquinas no salgan”.

Unos meses antes los ocho trabajadores que aún quedaban se habían enterado de la primera convocatoria de quiebra por el periódico. El patrón, Horacio Gaglionone, intentaba convencerles de que lo mejor era vender las máquinas que le quedaban para poder hacerse con una moderna y reluciente máquina de seis colores. Pero los trabajadores no le creyeron. Cuando al día siguiente Julio Berlusconi, como avisó, acudió a Gaglionone S.A. para llevarse la máquina, los trabajadores estaban preparados para bloquear la salida, tal como habían convenido el día antes.

“Nosotros decíamos ‘menos mal que tenemos a Berlusconi acá’. Démosle gracias que nos avisó”, explica Fermín González, hermano de Cándido, y trabajador de la imprenta desde que tenía 14 años. Los dos habían llegado a Buenos Aires en 1951 procedentes de las Islas Canarias, donde habían dejado las penurias de la posguerra.
Esa noche la pasaron en la imprenta, y también la siguiente y la siguiente. Y así durante siete meses. Todo para evitar que ninguna máquina saliera de allí.

Los trabajadores no se iban, pero el patrón tampoco. “Al fin y al cabo la empresa lleva mi nombre”, debía pensar Gaglionone. Precisamente por eso no tardarían mucho en cambiárselo. Chilavert es la calle donde se ubica la imprenta, además de un portero de fútbol paraguayo muy popular en aquellos años. Como nombre no estaba mal.

“Por las noches estábamos siempre en asamblea y hablábamos sobre cómo íbamos a manejar la empresa. Sabíamos que no teníamos capital, y si no tenés capital… con semejante empresa, ¿cómo nos íbamos a arreglar?”, cuenta Fermín González.

Uno de los apoyos principales que tuvo Chilavert llegó de las asambleas vecinales, que se extendieron en 2002 por todos los barrios de Buenos Aires. La coordinación de todas las asambleas barriales en el Parque Centenario reunía, en aquellos momentos, a 700 personas todos los domingos.

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Franco Basualdo, del Frente Popular Darío Santillán (FPDS), explica aquel fenómeno: “Las asambleas cristalizaron por la falta de una alternativa de izquierda. Fueron una cosa muy espontánea, muy caótica, que mezclaba militantes con vecinos indignados”. Y ahorradores de clase media, parados, jóvenes, exmilitantes de los 70… la diferente procedencia de los integrantes confería a las asambleas muchas de sus principales fortalezas, pero también algunas de sus debilidades.

“Éramos 200 personas cortando una esquina tres veces por semana, discutiendo qué hacemos, si íbamos y reventábamos el Coto –cadena de supermercados argentina– o si hacemos un petitorio para que nos den comida”, cuenta Basualdo.

Las reclamaciones de las asambleas confluyeron con un movimiento que venía de años atrás, el movimiento de trabajadores desocupados. “En ese momento estaba la consigna de piquete y cacerola, la lucha es una sola”. Esa alianza fue inédita y duró poco, cuenta Carina López, también del FPDS, “pero justo en ese momento clave coincidieron en el barrio de Pompeya, en la defensa de la imprenta Chilavert”.

Un cuadro de ladrillos

Al mes de ocupar la fábrica, los ocho trabajadores decidieron que el dueño no volvería a pisar la imprenta.

–“¡No puedo entrar! ¡No puedo!”, gritaba el patrón desde el otro lado de la puerta.
–“No, usted ya no es más dueño”, le dijeron.
–“¿Cómo que no soy dueño?” .
–“Usted pidió la quiebra, ahora el dueño es el Estado”, le contestaban.

El 24 de mayo de 2002, 30 agentes, ocho furgones de policía, ocho patrulleros y un coche de bomberos se disponían a desalojar la imprenta por orden judicial. A la hora prevista, cientos de asambleístas, del movimiento de trabajadores desocupados, más 200 trabajadores del IMPA –una de las primeras fábricas recuperadas argentinas–, se agolparon para defender la imprenta Chilavert. Hasta una unidad de Crónica TV, el canal de noticias más amarillista del país, entró en la imprenta para seguir en directo el intento de desalojo. En medio del caos, como salido de la nada, entró un cliente.

–”Estoy haciendo un libro sobre las asambleas populares”, dijo gritando para hacerse oír. “En la imprenta donde estaban trabajando con él se les ha roto la máquina de cuatro colores y no tengo donde imprimir la portada, lo único que falta. ¿Ustedes me la podrían imprimir?”
–“Si usted se arriesga a entrar todo el material aquí…”, le dijeron.

No podían rechazar un trabajo. Hacía meses que no llegaba ningún encargo y apenas tenían dinero para sobrevivir y pagar las facturas. Aunque aceptarlo significara trabajar en medio de un desalojo.

En mitad de un “quilombo bárbaro”, dice González, entre el griterío de la gente y las negociaciones con la policía y las autoridades, lograron introducir en el edificio los pliegos ya impresos, las planchas de la portada y el papel necesario. Todo lo necesario para que los trabajadores de Chilavert volvieran a hacer lo que mejor sabían. “Todavía no habíamos empezado con la encuadernación cuando la policía empezó a avanzar… cada vez que venían los agentes, entre el abogado y los negociadores conseguían frenarlos”, recuerda Fermín.

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–“¡Tanto lío por ocho personas!”–decía el juez.
-“No hay solo ocho personas. Dentro hay 200 y otras 300 fuera”, le respondía el responsable policial sobre el terreno.

“Nadie se quería hacer responsable. En ese tiempo si había muertos se armaba lío y los jueces se lavaban las manos”, recuerda con claridad Fermín González.
-“Bueno, vamos a ver si alguien se hace responsable de esto” –dijo uno de los mandos policiales.

Pero nadie dio la orden y el desalojo finalmente tuvo que suspenderse. Eso sí, dejaron dos policías en la puerta con una orden clara: nada ni nadie podía salir del edificio. Los trabajadores de Chilavert habían conseguido una primera victoria, pero ahora se les presentaba un gigantesco problema: tenían 750 ejemplares del libro ¿Qué son las asambleas populares? impresos que tenían que ser entregados al cliente con urgencia. Y ni ellos ni los libros podían salir por la puerta.

Pero de nuevo emergió la figura del vecino, el mecánico Julio Berlusconi. En uno de los despachos arrancaron un aparato de aire acondicionado y golpearon la pared hasta hacer un hueco de unos 25 centímetros. Cuando cayó el último trozo de ladrillo pudieron ver la cara de Julio Berlusconi al otro lado. Libro por libro sacaron 750 ejemplares de su primer encargo como trabajadores sin patrón. La imprenta volvía a funcionar.

En 2004 se aprobó una ley que entregaba a los trabajadores la imprenta de forma indefinida en virtud de su “utilidad pública”. Hoy 12 personas trabajan en la empresa. Y ya no solo es una imprenta. Un bachillerato para jóvenes y adultos con título homologado y «orientación en cooperativismo», talleres de artes gráficas, espacios para movimientos sociales y hasta un centro de estudios sobre fábricas recuperadas son algunas de las actividades que la ya mítica Chilavert ofrece al barrio.

Un cartel que reza “Toque el timbre, fábrica abierta”, se ha convertido en el lema de la imprenta. El hueco en la pared que salvó a Chilavert está cubierto de ladrillos, pero hay un marco de madera rodeándolo. Como una obra maestra del arte de la solidaridad.

Sobrevivir al desastre desde dentro. La imprenta Chilavert es una de las 350 fábricas recuperadas y gestionadas por sus trabajadores que hay actualmente en Argentina. Un sector surgido como consecuencia de la crisis económica de 2001 y que hoy da trabajo a unas 25.000 personas en todo el país sudamericano. Para más información se puede consultar www.fabricasrecuperadas.org.ar o en la propia Chilavert, que hoy es también un centro de documentación de empresas recuperadas.

*Martín Cúneo y Emma Gascó son autores del libro “Crónicas del estallido” (Icaria & Antrazyt), un viaje a los movimientos que cambiaron América Latina. Más información: cronicasdelestallido.net

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