“Muchas mujeres indonesias son feministas sin saberlo”. Okky Madarasi, escritora y periodista

06 May 2015
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Musulmana, feminista y crítica con el poder y con el gobierno, la escritora Okky Madasari habla para Números Rojos sobre la situación política y social de Indonesia. A través de sus novelas, Madasari escribe sobre la injusticia y la libertad, y lo hace desde la vivencia de sus mujeres protagonistas, a las que dota de voz en un país que durante mucho tiempo guardó silencio.

Texto: Maite Garrido Courel. Foto: Okkymadasari.net

okky-madasari-hasan82_gmgiEn un espacio virtual entre París y Yakarta, Okky Madasari (Java, 1984) periodista y escritora, habla con Números Rojos sobre sus novelas y la realidad que por ellas transita. La dictadura de Suharto; la lucha oculta de las mujeres, la corrupción o la persecución de la comunidad Ahmadía -por la que ganó el premio literario más prestigioso de Indonesia-. Para la autora, escribir y leer es la forma de luchar contra el statu quo.

En tu primer libro, The Years of the Voiceless (Entrok), muestras la vida de dos generaciones de mujeres viviendo bajo la dictadura de Suharto: el abuso de poder contra los campesinos por parte de los militares, la matanza a miembros del PKI, etc. ¿Se puede hablar hoy con libertad de estos temas en Indonesia?

Tras la caída del general Suharto en 1998, los militares, que tuvieron un poder omnipresente en todo el archipiélago, ahora han sido relegados. Fueron muy impopulares en la era post-Suharto y han sido culpables de muchas matanzas en el pasado. Creo que el final de la guerra fría y el proceso de globalización han ayudado a que se alce la libertad de expresión en Indonesia. El hecho de que Gramedia, la editorial más grande del país, conocida por ser muy cautelosa con los libros que critican a las autoridades, estuviera dispuesta a imprimir y a distribuir Entrok en 2010, demuestra el actual nivel de libertad en Indonesia. Sin embargo, aún tenemos libros que están prohibidos y todavía existen leyes que permiten controlar y censurar libros. Hay todavía una regulación que prohíbe divulgar y promocionar ideas marxistas y comunistas en el país.

Llama la atención el choque de creencias entre las dos mujeres protagonistas. ¿Sigue existiendo esa confrontación?

El culto a los ancestros en Java está vivo en Indonesia. Sin embargo, no está reconocido por el Estado, que lo único que reconoce son las religiones mayoritarias como el islam, protestantismo, catolicismo, hinduismo y budismo. Todavía podemos ver y sentir la tensión y algunas veces el conflicto entre alguna organización militar islámica que lanza ataques a esas minorías religiosas.

El personaje de Marni, con su lucha inicial por conseguir un sujetador (entrok en idioma indonesio), es una metáfora que representa la libertad y la autonomía, ¿podría ser una feminista sin siquiera saberlo?

Sí, lo creo; no, lo sé. Muchas mujeres indonesias son en realidad las únicas que mantienen a sus familias. No hace falta que sepan el término feminista, sino que ellas son feministas en el verdadero sentido de la palabra. En Indonesia existe un movimiento feminista fuerte, pero en la ciudad, gracias a la mejora de la educación entre las mujeres. Sin embargo, en las áreas rurales todavía están luchando por liberarse de la dominación y violencia de los hombres.

Denuncias varios temas espinosos en tus novelas como la corrupción gubernamental. Como escritora y periodista, ¿has sentido alguna vez amenazada tu libertad de expresión?

No, porque la conciencia de la mayoría de gente de que la corrupción es mala y es una enfermedad que tiene que ser combatida está aumentando. Así que aquellos que realmente luchan contra ella me han apoyado.

¿Cuál fue la reacción institucional cuando escribiste en The outcast sobre un tema tan controvertido como la represión y persecución a la comunidad Ahmadía?

Los grupos militares islámicos están enfadados pero aún no han hecho ningún movimiento en contra del libro mientras que algunos ahmadíes se han ofendido por retratar a una ahmadí secular como el personaje de Maryam y por describirlos como un grupo exclusivo.

Sabrás que en occidente no tenemos muy buena imagen del islamismo.

Alrededor del 90% de los indonesios somos musulmanes, pero somos diferentes de los de Oriente Medio o Pakistán. La mayoría aquí son moderados y creen en el sistema secular. Nosotros condenamos la violencia. Sin embargo, esta mayoría moderada tiende a quedarse en silencio dejando que unos pocos fanáticos hablen, aparentemente en representación de la mayoría. Creo que el desafío es persuadir a los musulmanes moderados para que hablen, desacreditando lo que sea que estén diciendo o haciendo los grupos radicales.

¿Qué opinas de cómo el islamismo trata a las mujeres?

La mayoría de musulmanes, especialmente las mujeres, están luchando ferozmente contra la poligamia, por ejemplo. Recientemente, uno de los clérigos más admirados ha sido abandonado por sus fieles al tomar a otra mujer como su segunda esposa. Todavía están muy discriminadas y es difícil, pero cada vez tienen más derechos y más voz para luchar contra esta discriminación.

EL ACTO DE OLVIDAR

Texto: Maite Garrido Courel. Infografía: Nerea de Bilbao.

Imagen 2En 2012 se estrenó el documental The act of killing de un director americano llamado Joshua Oppenheimer. El film mostraba por primera vez la matanza de comunistas que tuvo lugar entre 1965 y 1966 en Indonesia, una de las mayores purgas anticomunistas. Pero si dejó perplejo a medio mundo fue por lo estrambótico, surrealista y terrorífico del experimento cinematográfico: el director pidió a los asesinos que recrearan ante las cámaras sus asesinatos y torturas, cosa que hicieron con sumo gusto y detalle. Uno de ellos era el genocida Anwar Congo, el líder más sanguinario de los escuadrones de la muerte de Indonesia. Y lo hicieron sin tapujos ni miramientos porque todavía hoy, no solo no han sido juzgados, sino que viven y son tratados como auténticos héroes en su país.

Indonesia, archipiélago formado por más de 17.000 islas, ha tenido un pasado convulso del que aún se están desprendiendo y del que ahora -y gracias a documentales como el de Oppenheimer- el resto del mundo puede conocer. Colonia holandesa desde 1602, Indonesia se deshizo del yugo imperialista tras la Segunda Guerra Mundial, cuando a su vez se estaban liberando de la ocupación japonesa. En 1945, Sukarno fue el líder nacionalista que logró la independencia y durante 20 años gobernó el país de forma autoritaria convirtiéndose en el primer presidente de la República de Indonesia. El Partido Comunista Indonesio (PKI), que contaba con la aceptación de Sukarno, tenía gran apoyo popular y con casi tres millones de afiliados en 1965 era el mayor partido comunista aparte de los de la URSS y la República Popular China.

En un momento histórico, además, en el que la ascensión de los comunistas en el sudeste asiático preocupaba a un EE. UU. metido en plena guerra de Vietnam. Así, en 1965 y con el apoyo de Norteamérica, se produce un golpe militar capitaneado por el general Suharto. Se reemplaza a Sukarno y da comienzo la persecución de los comunistas y de todo aquel sospechoso de serlo y de la comunidad china.

Los escuadrones de la muerte, guiados por el protagonista de The act of killing, Anwar Congo, asesinaron a más de un millón de personas en menos de un año. Estados Unidos aplaudió la masacre, que se consideró “una grandiosa victoria sobre el comunismo”. La revista Time informaba diciendo que era una de “las mejores noticias para Occidente desde hace años en Asia”, mientras que The New York Times titulaba: “Un destello de luz en Asia”.

Tras el genocidio, Indonesia se quedó sumida en un silencio en el que el inmovilismo y la obediencia suponían la supervivencia en un país militarizado. Hasta la crisis asiática de finales de los años 90 -cuando fue sustituido y se celebraron por primera vez elecciones democráticas-, el general Suharto estuvo controlando con mano de hierro la vida política y social del archipiélago.

Con una inmensa mayoría musulmana (menos en la isla de Bali en la que el 90% son hinduistas) la población se ha refugiado en un islam mayoritariamente moderado para mantener la apariencia de paz tras los años de barbarie. Pero no se trata de un estado islámico como sus vecinos lejanos de Oriente Medio. A pesar de ello, y de que Indonesia con el paso de los años se ha convertido en destino turístico por excelencia, sobre todo de australianos y asiáticos, también se han producido actos violentos por parte de una minoría del islamismo radical. En 2002, dos bombas estallaron en Kuta, el mayor centro turístico de Bali, causando 202 muertos.

Ahora, Aceh, en el norte de Sumatra, una de las regiones de Indonesia más castigada por el tsunami de 2004, es la única del país que se rige por la sharia o ley islámica. Esta ley se impuso en Aceh en 2001, en un intento de apaciguar el conflicto armado entre el Ejército y el movimiento separatista musulmán de ese antiguo sultanato de unos cuatro millones de habitantes y rico en recursos energéticos. Desde 2010, Amnistía Internacional ha denunciado que al menos 156 personas han sido condenadas a castigos físicos en esta región por ser homosexuales.

El pasado septiembre, los legisladores de Aceh daban oficialmente luz verde a una ley que permite castigar con hasta 100 latigazos a aquellos que practiquen sexo con personas de su mismo género. Aunque es la excepción dentro del país con mayor número de musulmanes del mundo, el resto de Indonesia donde está la mayor parte de la comunidad musulmana del país, rechaza la sharia y su imposición.

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