DANIEL AYLLÓN

La estación de trenes de La Habana se descorcha lentamente a pedazos como la mayoría de los edificios de la ciudad. Cinco minutos antes de tomar la fotografía en las escaleras de entrada, varias placas del techo se han desplomado en su interior. Pese al estruendo, no ha habido revuelo. El policía apenas ha girado el cuello y explica con tranquilidad: “Es normal que haya derrumbes. Faltando dinero para comer, arreglar las casas es secundario”.
DANIEL AYLLÓN

Un nuevo atardecer despide las calles empedradas de la ciudad colonial de Trinidad. Varios niños juegan descalzos con las peonzas que les han regalado unos turistas y, como todos los días, los frijoles y el arroz hierven en los pucheros de las cocinas. Vilma está cansada de la mendicidad y de no poder tomar leche, carne de vaca o pescado. Se encomienda a Dios. Le pide prosperidad. “Somos un pueblo fuerte y valiente. Lo conseguiremos”, asegura.
DANIEL AYLLÓN

El son cubano brota con improvisadas habaneras y el bullicio de las conversaciones inunda cada rincón del bar de Agustín. En su interior, los clientes hablan de béisbol y política, y fanfarronean sobre antiguos amores. No hay mujeres. El ron corre a sus anchas como en los antiguos galeones piratas y a las 16:12 horas una hermosa mulata recorre los ventanales del bar con su hija. Cuatro hombres se acercan a la puerta. Todos miran. Se hace el silencio.
DANIEL AYLLÓN

Cuba es uno de los países más seguros de América Latina y, conforme nos alejamos de La Habana, la nobleza de los guajiros (campesinos) empapa aún más la atmósfera de tranquilidad. En la comisaría del pueblo tabaquero de Viñales, el tiempo se dilata a la espera de denuncias. Tres policías charlan en la puerta con varios vecinos. El cuarto, pensativo y encorvado, cuenta en el interior las lentas aspadas del ventilador. Plomiza espera, ansiada tranquilidad.
DANIEL AYLLÓN

Entre muros descorchados y vallas oxidadas, Adrián tiene instalada su peluquería en pleno corazón de la Habana Vieja. No hay techo, ni agua corriente, ni espejos, ni una sensual recepcionista que reciba a los clientes, pero hoy no le falta trabajo. A diez metros de él, cuatro hombres esperan su turno junto a unos tragos de ron. Después de tres días sin clientes por las lluvias, el cielo vuelve a dar un respiro.