CARLOS DE ANDRÉS

Lo cercano nos deslumbra mientras en la parte trasera se negocia el futuro global. Sólo depende de nosotros saber observar para analizar una costumbre ancestral: descifrar lo bello de lo ajeno. El negocio siempre se realiza a la luz de los focos, pero se firma sobre las anchas espaldas del ciudadano y sin rechistar. El precio lo ponen ellos. Es el nuevo fenómeno mundial.
CARLOS DE ANDRÉS

Se cierra el telón… y la magia. La curiosidad nos hará abrir los cortinones nuevamente y el miedo a lo desconocido nos hará pensar en algún enemigo. El hombre nunca ha ganado al miedo: la propuesta es eterna y difícil de vencer. Intentaremos que no nos gane y volar a donde nada se olvida, para, así, conquistar todos los sueños del mundo. Después de muchas lunas, llegaremos a lo esencial, a lo desconocido. Así se crece: siempre contra algo y siempre contra alguien.
CARLOS DE ANDRÉS

El detalle, my friend. De abajo a arriba el mundo se contempla diferente y lleno de matices. Sobre la banqueta acolchada y reluciente de modernidad, se asientan unas suaves piernas de mujer. De negro, un tosco hombre se arruga con su moderna espalda y chupa caída. Y junto a él, el pensamiento. La obscenidad o la elegancia las separan una línea roja donde residen los detalles. La cenefa del borde alto de las braguitas. Como siempre.
CARLOS DE ANDRÉS

El hombre, vestido de traje oscuro, negro y sin arrugas, sometido al control de su negocio y con la tecnología en sus manos. Enfrente, las mujeres imaginadas, vivas, coloridas, suaves, pulcras, posicionadas y altivas con su delgadez. Ellas bajo la luz; él sin ella. Miramos como nos gustaría ser, y como buenos gregarios que somos los pueblos, nos esforzamos con la envidia para ser como los otros; más vistosos. La calle en la que vivimos es otra cosa. ¿La imagen que vemos es imaginaria?
CARLOS DE ANDRÉS

Espejos o ventanas. Compramos con los ojos y a través de superficies transparentes o pulidas emulando a los maniquís como mortales; sin manchas, sentados, pasivos. Sólo nos reflejamos en nuestro espejo desnudo cada mañana y sin vernos hacia adentro. Vivimos como compramos. Nos desgastamos en demasía para conseguir lo que no poseemos. Llegamos, vemos, compramos y sin detenernos nunca en mirar entre querer ser ventana o espejo.
CARLOS DE ANDRÉS

Madrid. La moda vuela en los sedosos vestidos de las musas que los lucen. El colorido de temporada, la sutileza de movimientos desafiantes, la música de laboratorio, nos garantizan la visión de una belleza imaginaria que siempre nos resulta inalcanzable. Nos recreamos con las ideas de otro y pagamos por ello. Perseguimos el imposible salto hacia ese camino, liso y blanco, como si de un desfile de inocencia se tratara. Mentira.