JOSÉ COLÓN

Lo siento, pero la sardana como baile no me gusta y como música me gusta tan solo un momento. Lo que pasa es que uno tiende a solidarizarse con los indefensos y con los perseguidos. Indefensos por su propio aislamiento, por el retroceso imparable de las tradiciones, y perseguido por el marketing dominante de nuestras elites socioculturales, que discuten todo lo que aparezca como muy catalán.
JOSÉ COLÓN

… los regímenes de fuerza serían menos groseros, arrogantes y opresivos. O, al menos, a la hora de pisotear y agredir a sus pueblos, lo harían con menos dureza. Las naciones democráticas, muchas de ellas con ejércitos innecesarios, se ahorrarían millones que podrían dedicar a la erradicación de la pobreza y al desarrollo, pues mientras un par de alpargatas tiene un coste de céntimos, un par de botas militares cuesta un buen puñado de dólares.
JOSÉ COLÓN

“¿Qué pensaría si, cada domingo, un autobús aparcara en la Plaza de Catalunya, se bajara un grupo de gente vestida de chulapa y se pusiera a bailar el chotis?”. “¡Una provocación en toda regla!”, contestó airado el político. “Señor Jordi, un momento”, le intentó tranquilizar el comensal. “¿Sabe que todos los domingos un autobús lleno de personas va al Parque de El Retiro de Madrid y se pasa la mañana bailando sardanas? ¡Y nadie dice nada!”.
JOSÉ COLÓN

El origen de la sardana se remonta a épocas remotas. Por un lado, parece provenir de la llamada “danza astronómica”, una danza de adoración al Sol. También se la relaciona con las “danzas mágicas” que, en diversas culturas ancestrales, eran actos rituales relacionados con la intención de conseguir buenas cosechas o también para lograr el triunfo en batallas decisivas.