MIGUEL RIOPA

Junto al puente del barco, chirría la maquinilla que arrastra el aparejo. Buen síntoma. Pero los hombres encargados de supervisar esta maquinaria se temen lo peor. Quizá las redes han quedado enganchadas a un fondo rocoso. Lo sabrán en pocos minutos. De confirmarse sus augurios, el patrón no tendrá otro remedio que comunicar la noticia: “A puerto”. Se acabaría la jornada; todos a casa, mojados y sin un duro.
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Cuando la jornada se tuerce, la compañía suaviza las penas. A estribor del Nuevo Diego David, navega un barco casi gemelo. Patrón y tripulantes de ambos buques se intercambian saludos, deseándose buena campaña. Su travesía al unísono durará lo que tarden en abandonar la ría. Allá, en el mar, cada uno tomará un rumbo diferente. Allá no hay amigos, sólo en las desgracias.
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Las fuerzas van agotándose. El aparejo está empapado y pesa. Los marineros comienzan a hacer cálculos. Por la intensidad del tirón estiman los kilos de capturas. Siempre lo hacen, pero no siempre aciertan. El merodeo de las gaviotas tampoco indica gran cosa. Son carroñeras. Sobrevuelan el barco por si cazan algo, pero si la pesca es escasa ni ellas tendrán qué comer: sólo despojos.
MIGUEL RIOPA

En proa comienza a asomarse el sol. Los tripulantes multiplican sus miradas al horizonte. Son momentos de confesiones, de risas entrecortadas, de preguntas rutinarias por el hijo que estudia, por el país que falta por descubrir. Surgen las hazañas pesqueras en otros caladeros, cuando cualquier marinero llevaba a casa millones de pesetas, cientos de kilos en “quiñones” de pescado, souvenires electrónicos. Rememoran otro mar porque el suyo tal vez se haya agotado.