LAURA LEÓN

Lo que me hizo disparar esta foto fue la sensación más definida que he sentido en este viaje: extrañeza. Parecía que me habían metido en el túnel del tiempo y me habían arrojado dentro del coche. El responsable es el hombre que cruza la imagen, su sombrero, su expresión endurecida. Me miró incómodo por mi presencia y entonces hice la foto. Todo esto ocurrió en las puertas del Ministerio de Agricultura del oscuro Gobierno de Uzbekistán.
LAURA LEÓN

En cualquier rincón del mundo hay un grupo de chicos jugando al fútbol. En la hora de la oración, y entre las madrasas más importantes de la era del imperio persa, una portería pintada en la pared señala el objetivo del juego. El partido es mixto, y los empujones también. La pelota se consigue con destreza o a golpes y, de paso, se arreglan algunas cuentas pendientes. Los niños y niñas saltan, gritan, corren y marcan goles en la portería.
LAURA LEÓN

Esta señora ya estaba cuando llegué a la taberna del mercado. Bebía té. Miraba a su taza y a través de la ventana. Compartía la mesa con extraños a los que en ningún momento se dirigió. Yo estaba sentada en la mesa de al lado y no dejaba de observarla. No me devolvió la mirada. Estaba sola y quería seguir estándolo. Su rostro a veces transmitía calma, la sensación de que lo peor ya había pasado, y otras veces parecía infinitamente triste y cansado.
LAURA LEÓN

Las calles de Moinaq no recuerdan a nada, porque nada hay en ellas. Esta escena callejera me conquistó en un instante: los chicos, su manera de reunirse y callar, lo explican todo. Sus caras hieráticas, sus posturas rígidas. Sin hacer demasiado ruido se pasan los cigarrillos. En Moinaq, debido a la fuerte represión, los habitantes prefieren no hacer demasiado ruido ni para pedir fuego.
LAURA LEÓN

Paseando por el laberinto de las calles de Samarcanda vi una casa en ruinas. Este anciano de mirada cansada vive allí, y su cama es lo único que mantiene intacto, lo único que el tiempo y sus guerras no han destruido. Cuando levanté la cámara, él enderezó su espalda y posó orgulloso. Me explicó que sólo le quedaba en la vida lo que mi vista alcanzaba, y que lo estaría custodiando hasta que su Dios se lo llevase. Al irme me pidió la voluntad.