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A lo que las autoridades egipcias llaman contención

18 dic 2011
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Nueve muertos y  al menos 430 heridos en El Cairo, según cifras oficiales. Resulta difícil permanecer indiferente al comprobar cómo mujeres y hombres egipcios son golpeados y torturados en plena calle.

Conozco a algunas víctimas de este último episodio de represión, entre ellos al activista Hassan Mahmoud. Arrestado ya en una acampada pacífica el pasado mes de julio, sufrió ayer una brutal paliza que pudo ser captada por una cámara.

En las imágenes se ve cómo las fuerzas de “seguridad” golpean a Hassan y a otra manifestante, a la que terminan despojando de parte de sus ropas. Después uno de los agentes comienza a disparar contra la multitud.

Es un vídeo que está siendo ampliamente difundido por Internet y por algunos medios de comunicación internacionales, pero que la televisión estatal egipcia ha censurado:

Otras víctimas de la represión de las últimas horas conocidas por muchos periodistas -por su implicación en la defensa de los derechos humanos- son Mona y Sanaa Seif, activistas contra los juicios militares a civiles y hermanas del bloguero Alaa, arrestado en la cárcel desde el 30 de octubre. Ambas fueron detenidas el viernes durante unas horas. Mona vio cómo un oficial abofeteó repetidamente a una mujer mayor exigiéndole que se disculpara por participar en las protestas.

Noor Ayman Noor, hijo del fundador del partido liberal El Ghad Ayman Nour y de la candidata Gamila Ismail, también fue golpeado por las fuerzas de seguridad, mientras protegía a otra joven manifestante. Este vídeo recoge el momento en el que es apaleado (minuto 00:50):

El periodista de Al Jazeera Evan Hill, también fue arrestado y golpeado. La lista de heridos contiene centenares de nombres y sigue creciendo.

Otros han tenido peor suerte, como el estudiante de medicina Alaa Abdel Hady. Murió el viernes. Tenía solo 21 años. Justo antes de unirse a las protestas escribió en su muro de facebook: “Voy a bajar y ver qué pasa. Que Dios nos ayude”.

Sus compañeros de facultad le homenajearon este sábado en una marcha hacia Tahrir. Las fuerzas de seguridad intentaron disolver la concentración.

Los médicos y enfermeras que atienden a los heridos en el hospital de campaña cercano a Tahrir también han sido desalojados por la fuerza.

El equipo de la cadena de televisión Al Jazeera ha relatado cómo varios militares entraron en su hotel, irrumpieron en su habitación y arrojaron sus cámaras y su teléfono satélite por el balcón.

Algunas calles del centro de El Cairo son una zona de guerra creada por el régimen militar que controla el país a base de represión e impunidad, el mismo que defiende las elecciones legislativas de estos días, que las supervisa, que las contamina.

Las fotografías y los vídeos tomados por los manifestantes, en un ejemplo de periodismo que traspasa la censura ejercida por algunos medios de comunicación egipcios, muestran la brutalidad de los agentes de “seguridad”.

En ellos se ve cómo los oficiales arrastran cuerpos de heridos, los patean, los golpean.

Son la prueba irrefutable de la cooperación de las fuerzas del “orden” con los llamados matones -baltageya, en árabe- , hombres vestidos de civiles que se encargan de realizar el trabajo más sucio. En los documentos gráficos aparecen atacando a los manifestantes junto a la policía militar, al lado, codo con codo.

Pero la televisión estatal, enemiga de la “revolución”, cuenta una realidad paralela, falsa, manipulada, en la que la policía y los militares son presentados como los agentes que salvaguardan la estabilidad frente a manifestantes enemigos de la nación.

“Nuestra equivocación en la revolución de enero y febrero fue no tomar y ocupar el edificio de la televisión estatal”, me han dicho varios activistas estos días, conscientes del daño que produce la manipulación informativa.

El muro de hormigón levantado por los militares hace un par de semanas en la calle Mohamed Mahmoud -escenario de los enfrentamientos de entonces- ya no es único. Las Fuerzas de Seguridad han construido otro en la calle Kasr El Aini, donde se concentra la batalla actual.

“Ya tenemos otro lienzo para grafitis”, decía ayer con humor amargo uno de los manifestantes. La defensa del optimismo frente a la adversidad es el arma que despliegan los activistas egipcios.

Las mujeres y los hombres que desean un Egipto libre viven horas de desesperación ante las últimas muertes, ante la sangre derramada. Aún así, muchos optan por mantenerse en la calle, por no regresar a sus casas.

El nuevo primer ministro, Kamal el Ganzoury, nombrado a dedo por el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas -ya fue primer ministro con Hosni Mubarak entre 1996 y 1999- niega la evidencia:

“Dije y reitero que nunca nos enfrentaremos a las manifestaciones pacíficas con violencia, ni siquiera con violencia verbal. Estoy comprometido con ello”, manifestó ayer.

Y en el estilo más goebbeliano, añadió: “Lo que tenemos hoy no es una revolución, es un ataque contra la revolución”.

Este último episodio de violencia tuvo su origen en la paliza que las fuerzas de seguridad propinaron el pasado viernes a uno de los participantes en la acampada levantada hace un par de semanas frente a la sede del Consejo de ministros, situada a dos manzanas de la plaza Tahrir. Tras ello, la sentada fue disuelta con violencia por las fuerzas de seguridad. Antes, según el gobierno, un grupo de manifestantes había intentado entrar en el Parlamento, situado en la misma calle.

La acampada pacífica -cuyo hashtag en las redes sociales de internet es #occupycabinet- tenía como objetivo protestar contra el nombramiento del primer ministro y el nuevo gobierno y exigir el procesamiento de los autores de las muertes de los manifestantes.

En ella vivieron y durmieron durante días estudiantes universitarios, intelectuales, activistas, artistas.

Era habitual que tras la caída del sol se acercara hasta allí algún músico para amenizar la velada con sus composiciones. El grupo Eskenderella tocó allí hace unos días y presentó su nuevo tema, dedicado a las víctimas de la calle Mohamed Mahmoud.

Como en tantas otras noches, se creó una atmósfera mágica, un micromundo de libertad ahora arrasado.

Un día más tarde el presentador de televisión Yosri Fouda, muy popular entre los revolucionarios, comenzaba su programa recitando las primeras estrofas de esa canción coreada en la acampada:

Érase una vez una ventana abierta; En ella un pájaro herido cantó una canción, después voló

Érase una vez otro pájaro herido en el hospital de la plaza que quería regresar con los revolucionarios

Tú que nos disparas, golpees lo que golpees, mates lo que mates, debes saber que los pájaros en el cielo son libres….

Los mártires de Tahrir

13 dic 2011
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Tahrir, El Cairo. Varios carteles con fotografías de los últimos muertos presiden la entrada a la plaza. Unos metros más allá, en la calle Mohamed Mahmoud, escenario de la última batalla, decenas de grafitis recuerdan a los fallecidos, a los heridos, a los arrestados.

El rostro del activista Mina Daniel, muerto el 9 de octubre en un ataque de las fuerzas de seguridad, se repite en las paredes del centro de El Cairo. A él se une el retrato de Khaled Said, el joven asesinado en el verano de 2010 por las fuerzas de seguridad.

Su muerte fue la gota que colmó el vaso del hartazgo colectivo ante la represión ejercida por las autoridades y la humillación sufrida por la población.

La sangre de los muertos pesa en la psicología colectiva de la sociedades, y Egipto no es una excepción.

Grafiti en la calle Mohamed Mahmoud. "Todos somos Mina Daniel". El Cairo (Olga Rodríguez)

Tan solo durante los 18 días de protestas en el pasado mes de enero y febrero murieron más de 800 personas, según cifras oficiales. Miles más resultaron heridas.

Desde entonces se han registrado varias acciones de represión contra manifestantes y activistas que han incrementado el número de víctimas mortales.

El último episodio, por todos conocido, tuvo lugar hace dos semanas en la calle Mohamed Mahmoud. Murieron 43 personas.

Desde hace 18 días un grupo de activistas y ciudadanos protagoniza frente a la sede del gobierno egipcio -a tan solo dos calles de la plaza Tahrir- una acampada permanente con tiendas de campaña.

En ella viven y duermen cientos de personas para denunciar el nombramiento – a dedo, por el Consejo Superior militar- del nuevo primer ministro, Kamal El-Ganzouri, de 78 años de edad, un hombre del régimen de Mubarak que ya ocupó el mismo cargo entre los años 1996 y 1999.

La acampada exige una compensación para todas las familias de las víctimas de la represión, el procesamiento de los autores de las muertes de los manifestantes y el traspaso del poder a un gobierno civil. Ninguna de estas peticiones se ha cumplido aún.

Retratos de las últimas víctimas en Mohamed Mahmoud. Son varios los que han perdido un ojo. (O. R.)

El debate electoral acapara la atención de la prensa estos días – ver Los demonios de Egipto en Dominio Público de la pasada semana- pero la política también seguirá moldeándose en las calles.

Se ha celebrado la primera de las tres rondas de votaciones para las elecciones legislativas, con un dato inicial de participación del 62% que después se redujo a un 52% y posteriormente se elevó al 59%, en un juego de cifras que ha ayudado a restar credibilidad a los comicios organizados bajo el paraguas de la Junta militar.

De aquí a marzo quedan aún varias jornadas más de votación para confeccionar un Parlamento cuyos poderes están aún por definir. Las discrepancias en torno al papel del cuerpo legislativo podrán acarrear nuevas tensiones políticas con un gobierno carente de legitimidad democrática.

A ello se suma el peso de los llamados mártires de la revolución: los muertos, heridos y encarcelados, cuyo recuerdo ayuda a mantener vivas las protestas.

Las acampadas y manifestaciones en este país son pacíficas, pero también resistentes. Con piedras o con su sola presencia algunos jóvenes responden a las actitudes violentas de las fuerzas de seguridad.

“Yo no me voy”, gritaban en la calle Mohamed Mahmoud cientos de chavales envueltos por los gases lacrimógenos estadounidenses lanzados por la policía egipcia. “Tantawi se va”, añadían.

Se jugaron la vida, algunos la perdieron. Ahora sus nombres y sus fotos se suman a las de otros caídos en enfrentamientos anteriores. Sus familias les lloran en Tahrir y les homenajean junto al muro -sí, otro más- levantado días atrás por las fuerzas de seguridad en la calle Mohamed Mahmoud.

Allí hace unos días la madre de uno de los jóvenes muertos dejó unas flores sobre el asfalto aún cubierto de piedras, casquillos de bala y botes de gas lacrimógeno.

“Mientras la memoria de mi hijo permanezca viva, la revolución vive”, dijo con la mirada perdida en el suelo.

Muro levantado por las fuerzas de seguridad en la calle Mohamed Mahmoud. El Cairo (O. R)

La Junta militar ha sabido usar la celebración de las elecciones como una herramienta más con la que legitimarse y mantenerse en el poder. Los militares creen que han resistido y sobrevivido a esta última crisis política.

Pero los familiares y amigos de las víctimas de la revolución no están dispuestos a condenar a sus muertos al olvido. Llevan meses jugando un papel importante en las protestas contra el régimen.

Han salido a la calle en numerosas ocasiones para exigir el procesamiento de los asesinos de los manifestantes y para denunciar las presiones que han recibido para retirar los cargos presentados en los tribunales contra los responsables de las muertes de sus hijos.

El 29 de junio las fuerzas de seguridad egipcias reprimieron con brutalidad una protesta de familiares de víctimas en Tahrir. En julio éstas se manifestaron de nuevo. Desde entonces su lucha por la dignidad de sus muertos ha seguido, con el apoyo de miles de activistas y ciudadanos.

El pasado 18 de noviembre, tras la gran manifestación en Tahrir en contra de la Junta militar, fueron de nuevo las familias de los mártires las que mantuvieron viva la protesta al decidir acampar en la plaza con varios activistas más.

Las fuerzas de seguridad los disolvieron con violencia, destruyeron el campamento y mataron a dos personas.

Alguien, desde un edificio alto de la plaza, captó las imágenes de un oficial de policía arrastrando un cadáver y abandonándolo en la basura (ver vídeo abajo, minuto 5).

Aquella acción encendió de nuevo la llama de la llamada revolución, que, como tantas otras veces en los meses de atrás, parecía haberse apagado.

El grito de “Todos somos Khaled Said” se repite ahora, de nuevo, con otros nombres: “Todos somos Mina, todos somos Ahmed, todos somos los mártires de Tahrir”.

A la entrada de la calle Mohamed Mahmoud alguien ha colgado un enorme cartel en el que se lee: “Calle de los mártires”.

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Este vídeo circula desde hace unos días por la Red. Muestra los episodios más violentos registrados desde enero hasta ahora en Egipto. Es un homenaje a los “mártires de la revolución” egipcia. En los últimos minutos aparecen los nombres de todas las víctimas mortales de este año 2011.

 

Los gases de Tahrir y la realpolitik

08 dic 2011
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En la calle Mohamed Mahmoud de El Cairo se pueden encontrar aún cascotes de los gases lacrimógenos estadounidenses lanzados por la policía egipcia hace poco más de una semana.

“Combined Systems”, se lee en su carcasa. Es el nombre de la empresa fabricante, situada en Pennsylvania.

Varias personas sufren aún los efectos de la inhalación de esta sustancia: ronquera, tos, dolores de cabeza y problemas estomacales. Los médicos han diagnosticado incluso varios episodios de ataques pasajeros de epilepsia.

El gas de Estados Unidos llegó a provocar desvanecimientos y asfixia a los manifestantes que no llevaban máscaras adecuadas.

Durante más de 48 horas la atmósfera de Tahrir y alrededores estuvo envuelta por una nube tóxica que causaba picor en los ojos y en la piel incluso en zonas muy alejadas de la “zona cero”, lo que hizo sospechar que se tratara de una sustancia más nociva que el habitual gas CS.

El olor invadió buena parte del centro de esta capital egipcia. Las denuncias de organizaciones en defensa de los derechos humanos, de manifestantes y activistas, se multiplicaron.

Pero a pesar de los testimonios, las imágenes y los partes médicos, un portavoz del Departamento de Estado estadounidense afirmó lo siguiente:  “No hemos visto ninguna prueba concreta de que las autoridades egipcias estuvieran haciendo un uso incorrecto del gas lacrimógeno”.

Tan solo unos días después del ataque contra Tahrir, cinco trabajadores del puerto de Suez -una zona industrial con un importante movimiento obrero combativo- denunciaron la llegada en barco de otras 7 toneladas de gas lacrimógeno procedentes de la empresa estadounidense Combined Systems.

Los empleados, arriesgando su puesto de trabajo y exponiéndose a castigos mayores, se negaron a firmar los documentos necesarios para admitir la entrada a territorio egipcio de dicho cargamento, por temor a que fuera empleado de nuevo contra población civil.

Horas después las autoridades egipcias se encargaron de rescatar las 7 toneladas de gas.

Los trabajadores de Suez aseguraron que estaba prevista la llegada de un segundo cargamento de 14 toneladas de gas, lo que elevaba la cifra total a 21 toneladas.

Varios movimientos sociales y activistas lamentaron que “las bombas de gas son definitivamente más importante que importar trigo para hacer pan”.

Amnistía Internacional pide a EE.UU. que no venda gas a Egipto

Este miércoles Amnistía Internacional se ha sumado a las críticas a Estados Unidos en un contundente informe en el que acusa a Washington de haber transferido munición de forma repetida a Egipto “a pesar de la violenta campaña de represión de las fuerzas de seguridad contra manifestantes” en los últimos meses en este país.

La ONG ha confirmado la llegada de un cargamento el pasado 26 de noviembre, dirigido al Ministerio del Interior -institución de la que depende la policía- con al menos 7 toneladas de “munición fumígena” que incluye sustancias químicas irritantes y gas lacrimógeno.

También ha comprobado que el pasado 8 de abril, Combined Systems envió 21 toneladas de munición desde el puerto estadounidense de Wilmington hasta el puerto egipcio de Suez, mientras que el 8 de agosto realizó otro envío de 17,9 toneladas de munición desde Nueva York con destino a Port Said.

Según la base de datos sobre comercio de mercancías PIERS, ambos cargamentos llevaban el código de producto usado para balas, cartuchos y proyectiles, aunque el último también se describía como “munición fumígena”.

De aquellos polvos vienen estos lodos

La colaboración militar entre Estados Unidos y Egipto se remonta a tiempo atrás. Los actores internacionales con intereses en Oriente Medio siempre han sido conscientes del papel fundamental que el país árabe representa en la región.

Ya en 1914 el ministro de exteriores británico, Lord Curzon, admitía que “el bienestar y la integridad de Egipto son necesarias para la paz y la seguridad del Imperio británico, que siempre mantendrá un interés británico esencial en sus relaciones especiales con Egipto”. (1)

Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el liderazgo mundial pasó de Londres y París a Washington, el secretario de Estado estadounidense John Foster Dulles buscó el modo de mantener a Egipto fuera de la órbita de influencia de la URSS en el marco de la Guerra Fría.

Washington quería un Egipto cómplice y sumiso, dispuesto a aceptar la presencia británica en el canal de Suez, alejado de Moscú e incapaz de hacer frente a un Israel que representaba una amenaza a la soberanía de los territorios árabes, tras la ocupación de Palestina.

Pero se negó a aportar ayuda militar al Ejército egipcio, por temor a que ésta la empleara contra Israel.

Aprovechando el marco de la Guerra Fría, el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser encontró apoyo económico y militar en la URSS y China, y se erigió como uno de los tres grandes países no alienados, junto con la Yugoslavia de Tito y la India de Nehru.

Tiempo después el secretario de Estado estadounidense de John F Kennedy, Robert Komer, admitiría lo siguiente:

“Nosotros mismos habíamos contribuido a eta situación por nuestra política a mediados de los años cincuenta con respecto a Nasser. Giró hacia Moscú como reacción a la política británica y estadounidense y no queríamos cometer la misma equivocación otra vez”. (2)

Con la llegada al poder del presidente egipcio Anuar El Sadat, Washington encontró el interlocutor que estaba esperando y supo ofrecer al mandatario un trato privilegiado que allanó el camino hacia una alianza mayor, no solo con Estados Unidos, sino con Israel.

“Tenemos interés en ver el éxito de la política de Sadat. A largo plazo, esperamos desarrollar una relación con Egipto que se mantenga más allá de Sadat”, afirmó en octubre de 1975 el secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger. (3)

Sus palabras representan el inicio de una relación de amistad entre El Cairo y Washington que se consolidaría con el tiempo.

Los acuerdos de paz de 1979 entre El Cairo y Tel Aviv completaron el resto y abrieron una nueva era de colaboración que dura hasta hoy.

El gobierno egipcio se ganó la expulsión provisional de la Liga Árabe y el rechazo de importantes sectores de la población. Sadat fue asesinado en 1981.

Su sucesor, Hosni Mubarak, lejos de rechazar sus pasos, consolidó la nueva dinámica de alianzas con Estados Unidos e Israel.

De ese modo Washington envió una ayuda anual al Ejército egipcio de 1.300 millones de dólares, que se mantiene hasta hoy, y levantó el embargo de armas.

De aquellos polvos vienen estos lodos. O mejor sería decir, estos gases, estas armas.

El genuino carácter de las revueltas en Egipto es indudable; pero también es evidente que los actores con influencia en la región intentan reconducir los levantamientos a favor de sus propios intereses.

La llegada de más toneladas de munición y gases lacrimógenos estadounidenses habla por sí sola.

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(1).- Keneth Love: “Suez, The twice-fought war”, 1969

(2).- Robert Komer, “Memorandum for the Record”, noviembre, 1963

(3).-Lloyd C. Gardner, “The road to Tahrir Square”, 2011

No hay libertad sin ruido

29 nov 2011
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Las calles del distrito cairota de Al Shubra están encharcadas a causa de la lluvia caída estos días de atrás en la capital egipcia. Frente a uno de los colegios electorales del barrio un hombre de mediana edad, megáfono en mano, esquiva el barro y el agua mientras lanza consignas de apoyo a uno de los candidatos que se presentan a estas elecciones legislativas.

Un poco más allá miembros de los Hermanos Musulmanes relatan a quienes quieren escucharles las presuntas bondades de la organización islámica. A pesar de ser jornada electoral, la propaganda no cesa.

En la puerta decenas de hombres -hombres y mujeres votan por separado- aguardan su turno en la cola. Dentro y fuera varios militares y agentes de la policía controlan las entradas y salidas de los votantes. Pertenecen a las mismas fuerzas de seguridad que hace tan solo unos días atacaron a sangre y fuego a los manifestantes de Tahrir.

Su presencia junto a las urnas retrata una paradójica realidad denunciada por miles de activistas. Las elecciones legislativas egipcias se celebran en un clima de represión e impunidad, bajo el paraguas del Consejo Superior de las Fuerzas Armadas, que gobierna el país desde la caída de Mubarak.

“Son unos comicios supervisados por los generales de Mubarak y por los mismos jueces que en elecciones pasadas permitieron el fraude”, me comentaba ayer el activista Hossam El Hamalawy, quien desde hace semanas anunció públicamente que no votaría. No es el único.

Tras la muerte de al menos 40 manifestantes en Tahrir varios activistas clave de las revueltas han llamado al boicot de los comicios.

Pero salvo dos agrupaciones de izquierdas, el resto de los partidos políticos se han mantenido en una carrera electoral defendida con ahínco por el Consejo Superior militar y por los Hermanos Musulmanes, precisamente las dos fuerzas que en los días de atrás exigieron el fin de las manifestaciones.

“Me niego a tener que elegir entre los Hermanos Musulmanes y el Consejo Superior militar”, escribió la semana pasada el periodista Hani Shukralleh, editor de la edición inglesa del diario Al Ahram online.

Entre los sectores de la izquierda egipcia se comparte la idea de que la Hermandad -que prevé obtener importante representación parlamentaria- y los militares han alcanzado un acuerdo para repartirse el poder en este nuevo equilibrio de fuerzas que se está configurando.

Es muy probable que el parlamento que se constituya tras las elecciones no satisfaga las demandas de los activistas y manifestantes de Tahrir. En los últimos cinco años las protestas y manifestaciones se han multiplicado en Egipto, no sólo contra el régimen, sino contra la corrupción, por una democracia real, en demanda de un salario mínimo digno, de pan, de agua.

Las elecciones no detendrán fácilmente esa dinámica en un país con una población empobrecida, víctima de una creciente desigualdad y con un aumento demográfico que ha convertido El Cairo en una de las mayores urbes del mundo, con 22 millones de habitantes.

La Hermandad Musulmana y el Consejo Superior militar apelan a la estabilidad para exigir el fin de las manifestaciones y de la revolución. Pero estabilidad no es que el 40% de los egipcios vivan con menos de dos dólares diarios, que millones se agolpen en suburbios de infraviviendas, que a la gente le falte el pan o el agua potable, que siga la represión contra los que luchan por una libertad real.

Mientras diversos actores internos y externos con poder e influencia buscan un modelo para Egipto que satisfaga sus intereses, la fuerza de la calle sigue su propio camino.

Las demandas que manejan los activistas de Tahrir exigen que se ponga en libertad a los civiles detenidos y juzgados por tribunales militares -12.000 juicios desde la caída de Mubarak- que se procese a los represores, que se establezca un sueldo mínimo digno, que se garantice la entrega del poder a un gobierno civil, que se recompense a las familias de las víctimas mortales de las manifestaciones.

Los avances sociales nunca han caído del cielo, han tenido que ser conquistados. No hay libertad sin ruido, ni estabilidad sin justicia social. Quizá por eso los activistas de Tahrir repiten esta frase: “Las protestas de de estos días no son un nuevo levantamiento, son otro capítulo de la revolución que comenzó en enero”.

Como el egipcio de una de las novelas del escritor Naguib Mahfouz, el Egipto actual se encuentra “en medio de ninguna parte y en medio de todo”.

Pan y rosas en Tahrir

26 nov 2011
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Tahrir en días de protesta es un extenso micromundo que alberga diversos ambientes e ideologías y en donde siempre pasan cosas. Es el escenario más vistoso de la revolución, pero no el único.

Detrás, entre bambalinas, en las laberínticas calles adyacentes, donde durante cinco días se ha librado una batalla a muerte, el color es más gris, la atmósfera más tensa. Es la zona cero.

El pavimento está cubierto por una alfombra de latas de gases lacrimógenos, de piedras, de cartuchos, de basura.

Chicos muy jóvenes, algunos aún adolescentes, hacen guardia en las esquinas y en los puestos de vigilancia construidos apresuradamente con tablas de madera, cajas de plástico y alambradas.

Ellos son los que deciden quién puede entrar y quién no. Llevan días sin dormir, tienen los nervios rotos. “Hemos defendido la revolución a vida o muerte”, afirma Ahmed. “Y lo seguiremos haciendo”, añade uno de sus compañeros.

“No tenemos ni para comer, queremos pan, queremos libertad, queremos que caiga el mariscal”, explica un tercero, Mohamed.

“¿Ves esto?”, pregunta mientras muestra un trozo de pan. “Esto me tiene clavado aquí. Por esto lucho, por esto he estado en primera línea de batalla”.

Su contundencia provoca un silencio mudo entre los que le escuchamos, egipcios y algún periodista extranjero.

Las palabras de Mohamed resumen bien una causa clave de las protestas. Tahrir grita revolución, grita libertad -al hurriya- grita contra el régimen que aún gobierna pero también exige dignidad y pan. Karama y aish.

El pan en Egipto ha experimentado un dramático aumento de su precio en los últimos años. La demanda de pan encierra una denuncia dirigida contra las políticas neoliberales que se han extendido en buena parte del mundo y que han provocado un aumento de la brecha entre ricos y pobres.

En Egipto el 40% de la población vive con menos de dos dólares diarios, mientras que el 40% de la riqueza del país está en manos del 5% de la población. La corrupción es una de las causas, pero no la única.

El  Programa Mundial de Alimentos estima que el coste de la vida en este país creció el 75% entre 1995 y 2005. Fue precisamente en ese periodo cuando el régimen de Hosni Mubarak, siguiendo las directrices del Fondo Monetario Internacional, impuso lo que aquí se conoce como “la reforma económica”.

En el marco de la misma se llevó a cabo un proceso de privatización de empresas públicas que provocó grandes beneficios para el gran capital pero que trajo consigo despidos masivos y aumento del desempleo y que vino acompañada de recortes drásticos de las ayudas sociales, así como en la educación y la sanidad públicas.

En 2008 la situación en Egipto se agravó cuando el precio del pan se triplicó a causa de la especulación con los precios de alimentos básicos en los mercados financieros internacionales.

Se formaron largas colas diarias a las puertas de los establecimientos que vendían pan subvencionado, se registraron varias muertes por avalanchas, y estallaron las revueltas.

Los movimientos sociales urbanos se unieron por primera vez a los movimientos obreros que llevaban protagonizando importantes huelgas desde 2006 en fábricas y empresas. Aquello fue el prólogo de la revolución egipcia de 2011.

La exigencia de Mohamed encierra toda una verdad que conecta la libertad de un pueblo con su derecho a tener pan. Y con el pan, las rosas.

Jóvenes que han estado en primera línea de batalla en las calles aledañas a Tahrir (Olga Rodríguez)

 

Los generales de Mubarak se aferran al poder

24 nov 2011
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Los gases lacrimógenos de fabricación estadounidense que las Fuerzas de Seguridad egipcias lanzan estos días contra los manifestantes de Tahrir han sido interpretados por los activistas de El Cairo como una metáfora más del papel que Estados Unidos ha desempeñado durante décadas en el país árabe.

La injerencia estadounidense ha alcanzado elevados niveles de impopularidad en Egipto como resultado de sus acciones en Afganistán e Irak, de su trato de favor a Israel y, sobre todo, por su empeño en dar prioridad a sus intereses en la zona, a veces contrarios a su retórica prodemocrática y a la voluntad y desarrollo de la sociedad egipcia.

Durante más de tres décadas, los militares egipcios han sido la columna vertebral de los intereses de Washington en la región. Han actuado como aliados e interlocutores clave de Estados Unidos, motivados, entre otras razones, por la inversión estadounidense en el programa de entrenamiento militar conjunto Bright Star y por los 1.300 millones de dólares que reciben al año de Estados Unidos, una cifra sólo superada por la ayuda militar estadounidense al Ejército de Israel.

La inversión estadounidense se sitúa en el contexto del rompecabezas de Oriente Próximo. Egipto es el país árabe más poblado del mundo –con 85 millones de habitantes–, alberga en su territorio el canal de Suez, la principal vía marítima que une África y Asia con el Mediterráneo, y comparte frontera con Gaza e Israel. Un Egipto realmente democrático y libre de injerencias extranjeras podría facilitar un cambio de equilibrios en toda la región.

Ya en la década de los cincuenta, con el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, en el marco de la Guerra Fría, la Administración de Eisenhower intentó satisfacer ciertas necesidades económicas de los militares egipcios, en un intento por evitar que El Cairo cayera por completo bajo la órbita de influencia de la Unión Soviética.

Un aliado clave

Después llegó la presidencia de Anuar el Sadat y su decisión de firmar los acuerdos de paz con Israel en 1979, frente a la oposición del resto del mundo árabe. Fue entonces cuando Washington comenzó a aportar los 1.300 millones de dólares anuales que aún mantiene como ayuda militar para el Ejército egipcio.

Tras el asesinato de Sadat, en 1981, su sucesor, Hosni Mubarak, se mostró dispuesto a consolidarse como aliado clave de Estados Unidos.Mantuvo los acuerdos de paz con Israel, ofreció apoyo público a la política exterior estadounidense en la región y luego permitió que en Egipto se encerrara y torturara a personas arrestadas por la CIA en elmarco de la llamada “guerra contra el terror” impulsada por George Bush tras los atentados del 11-S.

Desde la caída de Mubarak, es el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas liderado por el mariscal Mohamed HusseinTantawi, ministro de defensa desde 1991 el que lleva las riendas del país. Bajo su mandato, desde febrero hasta ahora, se han celebrado más de 12.000 juicios militares contra civiles, se han producido cargas violentas contra manifestantes, arrestos arbitrarios, torturas y abusos sexuales a mujeres detenidas, bautizados con el eufemismo de “test de virginidad”.

Uno de los capítulos más sangrientos tuvo lugar el 9 de octubre, cuando la Policía militar cargó contra una protesta de cristianos y musulmanes que criticaban la falta de protección de las iglesias, tras la quema de un templo copto en la provincia de Asuán. Murieron 27 personas y hubo varios cientos de heridos.

El Gobierno atribuyó las muertes a enfrentamientos sectarios. Es cierto que la tensión entre cristianos y musulmanes ha crecido en los últimos meses, jaleada además por algunos defensores del régimen, interesados en sembrar el caos. Pero en aquel incidente la violencia estalló a causa de la actuación de las Fuerzas de Seguridad.

“Todos somos uno”, gritaban cristianos y musulmanes. Decenas de fotografías y vídeos muestran cómo vehículos militares persiguieron a la multitud y atropellaron deliberadamente a varias personas.

Brutalidad policial

Organizaciones internacionales como Human Rights Watch han exigido una investigación independiente, pero las autoridades, en vez de investigar la actuación de los militares, han optado por arrestar a varios activistas, entre ellos ,el conocido bloguero Alaa el Fattah, firme defensor de los derechos humanos.

En los últimos días, la brutalidad de la Policía Militar ha provocado nuevos muertos y heridos en Tahrir. Aun así, miles de personas regresan una y otra vez a la plaza para defender la revolución que les están robando.

Es en este clima de represión e impunidad en el que se van a celebrar las elecciones legislativas, en las que el voto se repartirá en tres fechas la primera, el próximo lunes, 28 de noviembre en función del distrito o provincia de empadronamiento. El Parlamento no estará constituido hasta marzo.

Hace unos días, el Gobierno interino presentó un texto para elaborar la nueva Constitución que concedía al Ejército potestad para revisar el borrador de la Carta Magna. Fue esta maniobra la que desató la ira de los Hermanos Musulmanes, que entendieron este documento como un intento de frenar el poder que esperan adquirir a través de las urnas.

Por eso, el pasado 18 de noviembre, abandonaron su connivencia con el Ejército para unirse a los miles de activistas que desde hace meses denuncian la violencia ejercida por las autoridades.

De este modo se escenificó la ruptura entre dos de las grandes fuerzas del país: el Ejército y los Hermanos Musulmanes. Tras ello, ambas partes han retomado las conversaciones y los Hermanos han pedido el fin de las manifestaciones.

Pero una tercera fuerza, la de la ciudadanía movilizada, se mantiene en la calle para dejar claro que no va dejarse arrinconar. Su presión ha forzado al gobierno civil a dimitir y al Consejo Superior militar a fijar fecha para los comicios presidenciales.

El grito en Tahrir es unánime: “El pueblo quiere la caída de los generales”. Pero el Ejército mantiene secuestrada la revolución egipcia en este otoño del descontento.

Olga Rodríguez es periodista y autora de ‘Karama, las revueltas árabes’ (ENDEBATE)