Necesitamos más indignación ante las agresiones tránsfobas

05 Sep 2017
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Emilio Garcia
Padre de persona trans*, @egarciagarcia

Según el último informe anual realizado por Ministerio del Interior, los delitos de odio relacionados con la orientación e identidad sexual experimentaron un crecimiento del 36,1% entre 2015 y 2016.  En la Comunidad de Madrid, el Observatorio Madrileño contra la LGTBfobia tuvo conocimiento en 2016 de 240 incidentes motivados por LGTBfobia, que tuvieron como objetivo a 316 personas. Sólo el 12% de estos incidentes fueron con personas trans*, un dato que sorprendió al propio Observatorio “dado que no parece reflejar la realidad de la discriminación tránsfoba”, pero que es de por sí alto dado el menor peso de esta población dentro del colectivo LGTB.

Informes internacionales sitúan a la sociedad española como la más solidaria con los derechos de las personas trans*,  por lo que es muy posible que al leer el párrafo anterior se haya sentido herido por las estadísticas del odio. También existe una alta probabilidad que las noticias de agresiones a personas trans* le sean, aunque dolorosas, lejanas por su círculo de lazos emocionales. Somos pocos aquellos que contamos con un familiar o persona cercana trans*, son tan sólo entre una de cada mil y una de cada trescientas personas. Por ello nos es importante a los padres y madres de personas trans* visibilizar nuestra perspectiva íntima ante las agresiones tránsfobas. Por ejemplo, ante el ataque que sufrió S. la semana pasada en Madrid (ahorraré en todo el texto el cansino adjetivo de presunta bajo el que aún hay que calificarla).

Para empezar, no vemos lo mismo que otros en la difusión que se realiza a través de los medios de la violencia tránsfoba. Nunca se puede dejar de agradecer la visibilización de los incidentes, que en un escenario ideal desearíamos llevase a una repulsa social similar la de otros tipos de violencia. Sin embargo, vemos como a la agresión física sufrida se añade en ocasiones la del lenguaje utilizado para describirla. Derivados de los imperativos legales y la simplificación asociativa, se introducen términos que, sin mala voluntad, producen malestar.  Fue lo que ha sucedido con el caso de S., donde casi todos los medios se limitaron a hacer una reproducción no meditada de la noticia de agencia.

Quizás el error más grave es el tratamiento del género de las víctimas, aunque no deje de ser el más comprensible. Los obsoletos requisitos legales para la rectificación registral de identidad de género tienen como consecuencia que muchas personas trans* tengan en su DNI un género con el que no se identifican. Es el caso de S., por ejemplo, que no sería “un transexual” como indicaron casi todos los medios sino una mujer.  Si la única referencia del género de la víctima es sólo el atestado de la agresión tránsfoba, resulta más apropiado utilizar términos neutros, como hizo algún medio hablando de “persona trasexual” al dar el titular de la noticia. No añadan al dolor de la agresión la negación de la identidad de la víctima.

En segundo lugar, por ejemplo, se tiende a homogeneizar toda la violencia contra personas LGTBIQ+ como agresiones homófobas. Todos describieron la acometida contra S. como “agresión homófoba”, cuando estaba involucrada una persona que se identificaba trans* de la que desconocen su orientación sexual, y que, además, denunció insultos transfóbicos. No es capricho pedir que se hubiera calificado la agresión como “tránsfoba”. Toda violencia es condenable, pero la comprensión social de las diferencias entre orientación sexual e identidad de género comienza por la singularización de los ataques a cada una de estas diversidades.

Finalmente, se echa de menos en todos los relatos, probablemente originada también en atestado policial, considerar a una mujer trans* como una mujer. El relato de los medios describe en todos ellos el ataque de varios hombres a una mujer, pero en ninguno se califica la agresión como violencia de género.

Las palabras son importantes porque conforman la realidad y son la punta de lanza de percepciones sociales diferentes. Pero más allá del uso del lenguaje, los familiares de personas trans* también sentimos la herida de vislumbrar o (en este caso) conocer la historia personal de la víctima. Son vidas de valor y resiliencia, de personas que aún duele más que reciban castigos inmerecidos. Porque más allá de los datos estadísticos, debajo del creciente número de agresiones tránsfobas existen personas cuyas historias también merecen ser contadas.

Conocí a S. hace un año, por entonces hacía ya otro que había iniciado su transición social. Habían sido cerca de cuarenta años viviendo como quien no era, de sentirse mujer y ocultarlo por el temor al rechazo por tener un cuerpo diferente. Tras el paso de visibilizar su género femenino, le dejaron de contratar como pintora y tuvo que salir del hogar familiar. Los encuentros con su hijo los tiene limitados, todas las semanas son para ella una lucha por obtener el dinero que le permita desplazarse a la ciudad donde el niño vive. Y todo ello, no la hace detenerse ni dejar de decir que todo ha valido la pena. S. siempre está dispuesta a ofrecer su ejemplo de que la vida no merece ser vivida escondida.

Pero sobre todo, pensamos en las razones por la que siguen acaeciendo las agresiones a nuestros hijxs y el resto de personas trans*. ¿Existirían si la transexualidad y transgeneridad fueran socialmente respetadas? ¿Seguiría pasando si no se permitiera circular a aviones o autobuses con mensajes que niegan el derecho a ser de las personas trans*? ¿Se tendría el valor de cometer un delito de odio tránsfobo si los poderes públicos no fueran reluctantes a implementar las medidas de integración contenidas en las leyes? ¿Habría menores que agredieran a una mujer trans* si en los colegios no se les enseñara que existe una única forma de ser mujeres y hombres y de que, además, no hay más opciones? ¿Habría lugar social para la transfobia sí el diccionario de la Real Academia tuviera espacio para recoger su definición?

Desgraciadamente, existirán nuevas agresiones a personas trans*, alguna volverá a estar en los medios y quizás hasta le revuelva el estómago. No es suficiente, necesitamos que sientan nuestra indignación. Piense la imprecisión lingüística  al relatar el ataque y cómo se sentiría si al relatar una agresión a su persona confundieran el género. Imagine la historia vital de la persona que la sufrió y que tan solo pide que se respete su derecho a ser, el guión se lo da cualquier estudio sobre una población trans*: Rechazo familiar, tasas más altas de desempleo, no reconocimiento legal de su identidad, historias de acoso escolar, …  Espero que se sienta aún más airado al considerarlo. Será el primer paso para que achiquemos el espacio a la violencia tránsfoba. El cambio social es necesario para hacer efectivas en un futuro la leyes por venir y que también necesitamos.


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