El mundo y las inmundicias

07 Sep 2017
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Andrea Momoitio
Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

Escribía el otro día en mi Facebook que Juana Rivas se jugaba la custodia de sus hijos y que el feminismo se enfrentaba, a través de su historia, a una dura batalla ideológica. Arcuri se va a Italia y nos deja aquí, en los bares y en las plazas, a cientos de hombres que han encontrado en su historia su propia victoria. Hemos visto estos días salir de su caverna a todos los que creen que la ley de violencia de género es injusta, que las políticas para subsanar las desigualdades sociales e históricas entre hombres y mujeres les perjudican, todos los que dicen que el feminismo es como el machismo, pero al revés; los que quitan hierro a la violencia machista, los que ponen en duda nuestros testimonios de acoso y violación, todos los que creen que somos unas exageradas, que los espacios no mixtos atentan contra la igualdad; los de la custodia compartida impuesta; todos los que, últimamente, hablaban en voz baja. Arcuri se convierte en símbolo de una nueva victoria ideológica del machismo. En este caso, nosotras hemos apelado a las emociones; ellos han optado por el proselitismo.

El feminismo se mueve en distintos planos. Por un lado, el movimiento feminista es un movimiento social que trabaja activamente por tratar de sanar las desigualdades sociales, políticas, económicas y culturales entre hombres y mujeres. Estas diferencias son fácilmente contrastables en cualquier centro de estadística, pero todavía hoy son cuestionadas por algunas personas e, incluso, instituciones. Desde el feminismo hemos llamado espejismo de la igualdad a la tendencia actual que induce a creer que estas desigualdades ya no existen, que desprestigia, ridiculiza y cuestiona a quienes militamos en este movimiento. El feminismo es también una teoría de pensamiento, una ideología, que, más allá de tratar de subsanar con acciones políticas estas desigualdades, trata de explicarlas, propone nuevos modelos y sueña con un mundo muy distinto al que sufrimos hoy. ¿Por ejemplo? El movimiento feminista escribe pancartas y manifiestos para denunciar la situación de las trabajadoras del hogar y el pensamiento feminista explica por qué las mujeres seguimos siendo dueñas y señoras de los cuidados, habla de cómo la globalización provoca que, ahora, sean mujeres de otras latitudes quienes se encarguen de los cuidados que ya no podemos asumir de la misma manera las blancas desde nuestra incorporación a un mercado laboral desigual y más precario para nosotras (a esto lo llamamos cadena global de cuidados); y sueña con la economía feminista, una forma de entender las relaciones económicas entre personas y países, que cuestiona estas relaciones y propone nuevos modelos económicos en los que se priorice la vida y la naturaleza frente al dinero o las fronteras. Las feministas pensamos y actuamos; soñamos y construimos; celebramos nuestros logros y lamentamos cada una de nuestras derrotas; apostamos por la vida y lloramos a nuestras muertas. Buscamos la transformación radical de la sociedad porque somos conscientes de que el patriarcado, el nombre que toma el sistema de organización social al que estamos sometidas, lo invade todo. El patriarcado rige las formas actuales de hacer política, la cultura, los medios de comunicación, el amor. Lo inunda todo y nos mata. Es sutil y perverso.

Muchas compañeras feministas hablan en términos de guerra o de terrorismo machista para tratar de explicar la gravedad de la situación a la que nos enfrentamos. Yo no me siento especialmente cómoda con esas expresiones, aunque entiendo de su utilidad en determinados contextos, porque creo que nos alejan de lo que es, para mí, el primer paso que tenemos que asentar: la identificación de las actitudes machistas por quienes las ejercen. Ningún hombre de los que conozco, y todos tienen en común las actitudes machistas de las que hacen más o menos gala, se sentiría apelado como “terrorista machista”. No buscan instalar el terror, ni están organizados; probablemente ni siquiera nunca hayan pensado en hacer daño, pero lo hacen. Lejos de aludir a la manida explicación de la educación que hemos recibido todos y todas para tratar de comprender ciertas formas de relacionarnos que parecen intrínsecas a nuestra condición, lo cierto es que si el patriarcado es un sistema tan poderoso es porque quienes lo mantienen no tienen que hacer absolutamente nada para perpetuarlo. No hay que leer ni formarse específicamente en nada para ser el perfecto señor machista. Es suficiente con vivir. Viruta FTM, un cantautor trans madrileño, al que entrevisté hace unos años para Pikara me decía que ahora, tras su transición de género, comprendía por qué los hombres no entendieran de qué privilegios les hablábamos porque ¡no tenían que hacer nada para ejercerlos! Nada.

En el caso de Juana Rivas, el activismo feminista ha demostrado su fuerza, nos hemos hecho visibles, hemos llegado a los grandes medios de comunicación con nuestro mensaje de apoyo a Juana, hemos abierto las puertas de nuestras casas para ella y sus hijos. No ha servido de nada y, además, viendo las reacciones de la opinión pública siento que, además, hemos perdido la oportunidad de explicar quiénes somos y cómo es el mundo con el que soñamos. Quizá ya sea tarde para Juana Rivas, pero, por si le interesa a alguien al otro lado, os contaré que las feministas no somos una panda de mujeres amargadas, malfolladas ni feas por definición, aunque algunas estemos bien hartas de este mundo, otras sean heteros y algunas no seamos especialmente guapas, pero esos adjetivos que utilizan para insultarnos son causa y efecto de lo que denunciamos. No tenemos nada en contra de que vuestras hijas quieran ser princesas y vuestros pequeños, grandes guerreros, pero sabemos que en esas pequeñas realidades cotidianas se fraguan las desigualdades porque las que lloraremos después; no queremos quitar nada a nadie, pero aspiramos a tener a nuestro alcance las mismas oportunidades que los hombres; no apoyamos la custodia compartida impuesta si los cuidados de esas criaturas no han sido compartidos; no podemos tolerar que sigan hablando de denuncias falsas porque las cifras lo desmienten y nuestras muertas no se merecen tal agravio; no podemos tolerar más Hazte oír porque la transfobia también nos está matando.

Quizá, hoy, me he despertado demasiado amable teniendo en cuenta cuál es la situación de mujeres, lesbianas, maricas y trans en todo el mundo. Quizá, sí, es probable, hoy me he despertado más conciliadora que de costumbre, pero la situación es urgente y, ahora, estoy dispuesta a conciliar, a pararme a explicar, a buscar acuerdos y consensos. Quizá sea el primer paso, no lo sé, pero tengo clara cuál es la meta: lograr construir una cultura que ponga en valor la diversidad, que nos respete, que condene cada uno de nuestros asesinatos, que no titubee, que ponga fin a tanto dolor… y que sólo puede ser feminista.


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