¿Qué hacemos con el odio?

08 Sep 2017
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Marta Nebot
Periodista

¿El odio entre catalanes y españoles y entre españoles y catalanes –porque haberlo, haylo? Bueno ese también pero:  ¿cuánto odio tiene que haber en una mujer para que desee que violen a otra en grupo? ¿Cuánto?

Facebook de Rosa María Miras el domingo pasado: “[…] escuchando a Arrimadas en el debate de T5 solo puedo desearle que cuando salga esta noche la violen en grupo porque no merece otra cosa semejante perra asquerosa”.

¿Y cuánta misoginia para insultar en las redes sociales a los que están en una tertulia política, sobre el 1 de octubre,  pero sólo desearle mal, y uno tan brutal, a una mujer que estaba en la mesa?

Otro post de esa noche de la misma señora:  “Qué bonito debate:  la puta barata, el mongolo, la maricona mala, el aborto diablo y el abogado defensor de terroristas de Isis defendiendo que no se vote, claro”.

Inés Arrimadas es una líder política de Ciudadanos muy guapa, inteligente y elegante que defiende vehementemente sus argumentos. Quizás fuera envidia, inquina era seguro. De las dos cosas todos hemos tenido algo alguna vez. El asunto, según los que entienden de emociones, es qué hacemos con eso. Dejarlo pasar es lo más sencillo. En seguida se descubre que casi nada es para tanto. Darse cuenta de que lo mismo una necesita ponerse a dieta e ir al gimnasio para subirse la autoestima y no odiar lo que envidia es más difícil pero probablemente más efectivo.

A Rosa María Miras, dar rienda suelta a su odio le ha costado el puesto de trabajo y un pleito y lo más curioso es que ella lo sabía. El post empezaba así:  “Sé que me van a llover las críticas de todos los lados, sé que lo que voy a decir es machista y todo lo que quiera, pero escuchando a Arrimadas…”.

¿Para qué? ¡Qué manera estúpida de autoboicotearse! Libertad de expresión, sí, toda. Humor, incluso del negro negrísimo, bienvenido pero el odio sencillamente, no aporta nada y es dañino. Las redes sociales a ratos, muchos, dejan de tener sentido por culpa de los que se hacen caso cuando odian.

Y sobre Cataluña: es más que comprensible la impotencia de ese 47% del electorado catalán que votó al gobierno que tienen, que ahora ve como el intento de  hacer realidad el programa electoral que votaron y que obtuvo la mayoría  del Parlament no se va a poder llevar a cabo.  Seguramente, toda esa gente, que es mucha, se quiere tirar de los pelos al comprobar que el gobierno español va a impedir que hagan lo que se les prometió que se haría, renunciando incluso a ideología y a un programa de gobierno, juntando a derecha con izquierda y con antisistemas para hacer lo que han hecho.

Esos votantes pensarán:  parece que les molesta que alguien cumpla con su programa electoral. Y no pararán de preguntarse porqué no les han ofrecido ninguna alternativa a ese plan. Porqué no han visto ningún avance –ninguno– en el arreglo del modelo territorial que todos reconocen que hay que arreglar, en la financiación autonómica que por ley hay que revisar desde hace varios años y se sigue posponiendo.   Pero si ni siquiera ha habido una campaña mediática institucional que, al menos, intentara convencerles de que es mejor para ellos y para todos que se queden en España…

¿Y si después de este lío vienen otras elecciones y el independentismo avanza como tiene previsto? ¿Por qué nos arriesgamos a que eso ocurra? ¿En qué cabeza de gobierno cabe que asumir ese riesgo es mejor que negociar una consulta dentro de diez o quince años?  ¿Acaso temen no poder convencer a la mayoría de catalanes de que quieran quedarse?

¿Es consciente Don Mariano de la dimensión del problema? ¿De que no meterle mano lo único que ha conseguido es que se haga más grande? Esta patata caliente viene de muy lejos pero le ha tocado a usted, Sr. Rajoy, cuando el tiempo se termina. Esta bomba de relojería o se desactiva, aunque sea momentáneamente, o explota y para desactivarla catalanes y españoles, como en todas las negociaciones difíciles, tendremos que perder algo. Seguramente habrá que poner fecha a esa votación para parar la sangría de votos no independentistas y tratar de convencer a los catalanes de que queremos que se queden por gusto y no por obligación.

¿De verdad vamos a llegar a la situación en que la gente se enfrente físicamente por poner o no las urnas  o por  meter o no una papeleta? ¿Son capaces de vislumbrar lo que eso puede producir en las cabezas de muchos catalanes y españoles?

¿Por qué hemos llegado a esto? Es la pregunta recurrente pero más allá del lamento:  por favor, empiecen a arreglarlo.  Responsabilidad y al toro, esa España taurina. Los indepes no se van a esfumar ni van a cambiar su plan. Señores, negocien, paren esto, hagan algo. Y mientras, con el odio, unos y otros, tendremos que aprender a dejarlo pasar o a hacer con él algo constructivo, que no sea odiar mujeres ni hombres, ni creer que esto tiene arreglo fácil.


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