La democracia es decidir

10 Sep 2017
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Meri Pita Cárdenes
Secretaria de Plurinacionalidad y Diversidad Territorial. Diputada de Podemos por Las Palmas

“El ideal de progreso no puede encerrarse en instituciones viejas”
(Nicolás Estévanez)

Tal día como hoy, hace ya cuarenta años, una porción significativa de la sociedad catalana abarrotó el Passeig de Gràcia y la Ronda de Sant Pere, pidiendo libertad, amnistía y autonomía. Se cumplía un año exactamente de la pionera celebración de la Diada en Sant Boi tras la muerte de Franco, y en poco más de un mes sería restablecida la Generalitat. Daba así sus primeros pasos la misma Transición sinuosa y sembrada de incertidumbre que Vázquez Montalbán acertó a describir como una “correlación de debilidades”.

En la geografía catalana, sin embargo, como en muchos otros rincones del Estado, no se sentía tanto esa debilidad. Más bien se respiraba esperanza. Esperanza y un inmenso anhelo colectivo por superar esa mancha de dolor que había significado la dictadura. Después de todo, fue esa esperanza convertida en valentía el verdadero motor que hizo posible que el régimen fascista comenzara por fin a replegarse.

Es un hecho que la ciudadanía que inundó Barcelona en 1977 tenía la clara intención de reformar las conciencias y las estructuras de una sociedad a la que le había sido negada sistemáticamente su rostro plurinacional. Un Estado en el que es verdad que Catalunya actuaba como termómetro del cambio, pero que, en cualquier caso, no podía desgajarse de las aspiraciones democráticas que compartía con el resto de países y regiones que igualmente habían sufrido el acallador centralismo franquista.

A pesar de esto, la restitución de nuestros derechos se produjo por fascículos y con grandísimas dificultades. Y, lo que es aún más grave, provocó que este proceso se viera atajado por ciertos límites, tabúes y sucesiones forzadas. Las cuales, desde el principio, lastraron el desarrollo de nuestro modelo de convivencia, impidiéndonos alcanzar mayores cotas de igualdad social y económica, además de abortar el necesario debate sobre el diseño político e institucional que mejor se adaptaba a nuestra pluralidad.

Por esa razón, todavía perduran muchos de aquellos dilemas en la actualidad, e incluso se repiten algunos de los hitos y dinámicas que se registraron en aquel momento. Este es el caso particular de la Diada nacional de Catalunya, que tanto entonces como ahora, puede leerse como consecuencia de esa Transición inacabada.

Por más que les pese a los herederos del bunker, en democracia las leyes no se escriben en piedra, y no se puede apelar insistentemente a los consensos del pasado para tratar de evitar que se materialicen los progresos que exige el presente. Si los acuerdos del 78 ya no son válidos es porque las “debilidades” que ayer nos impidieron avanzar como mayoría social, se han transformado ahora en nuestro patrimonio más valioso: se han convertido en nuestra legitimidad para transformar un modelo que se ha mostrado bastante ineficaz, demasiado corruptible e incapaz de acoger nuestras especificidades.

Hoy late con Catalunya el corazón de todas las personas que creemos en el diálogo como vía para abordar cualquier problema político, evitando la crispación, procediendo con responsabilidad y garantías para todas las partes. Late el corazón de quienes hemos venido defendiendo que la suma solidaria de nuestro carácter plurinacional es la mejor vía para resolver muchos de los asuntos que quedaron pendientes hace cuarenta años. Por eso, la sociedad catalana no va a estar sola, una vez más, en los festejos que encomian su existencia como pueblo. Sus calles y plazas volverán a acoger la legítima defensa de su derecho a pronunciarse sobre su futuro, alentando la posibilidad de impulsar un nuevo marco estatal en el que sea posible repensarnos de verdad como sociedad. Y es que, por encima de todo, la democracia es decidir.


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