Permisivos contra autoritarios

13 Sep 2017
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Máximo Pradera

George Lakoff es un intelectual estadounidense tan deslumbrante que a Donald Trump, que ya de por sí parece un cromagnon cruzado con un pony, lo confunden directamente con un australopitecus cuando está a su lado. El libro Moral Politics, en el que a través de metáforas familiares, explica las diferencias de fondo entre liberales y conservadores, sirve también para entender en profundidad el conflicto entre izquierdas y derechas en España. Para Lakoff, el liberal o progresista cultiva como valor supremo lo que él llama el nurturing, que podríamos traducir como refuerzo positivo y afectuoso. A la hora de enfrentar cualquier problema, el político o padre nurturoso nunca reprime o censura, sino que parte siempre de un aspecto positivo del mismo para desarrollar la autoconfianza del niño o ciudadano.

Llevándolo al terreno del humor, podríamos decir que un padre practica el nurturing cuando, si el hijo le dice que dos y dos son cinco, él responde ¡bien! ¡sólo has fallado por uno! El conservador en cambio, basa toda su política en el principio de autoridad, pues su valor supremo es la obediencia. Un padre autoritario defenderá ante el hijo incluso una errata delirante en un libro de texto (por ejemplo que Fulanito fue embestido caballero) solo por el hecho de que un mocoso no puede saber nunca más que un catedrático.

Partiendo de esta premisa, podemos entender por qué, entre los políticos conservadores, aquel a quien los votantes identifican más con el rol de padre autoritario es el que se lleva (aquí o en la China Popular, que diría aquel pintoresco catalán) el gato al agua. Esperanza Aguirre es un buen ejemplo de que no votamos con el neocórtex, sino con el sistema límbico, que es la parte del cerebro donde radican las emociones y por tanto, también los prejuicios. En efecto, no ha habido político/a en España que haya proferido más cúmulo de sandeces y mentiras que la Condesa de Bornos, y sin embargo, durante décadas logró ganarse la confianza absoluta de los suyos. ¿Por qué? Porque era la perfecta encarnación de la madre prepotente y autoritaria. Con Esperanza, las cosas no se razonaban ni se discutían, simplemente se ejecutaban. Sin rechistar, como en millones de familias españolas. El recientemente fallecido Germán Yanke puso a prueba el temperamento despótico de la Lideresa y fue fulminado en Telemadrid al poco tiempo. Los agentes de movilidad del Ayuntamiento intentaron multarla en la Gran Vía madrileña y solo lograron que se llevara su moto por delante.

El ejemplo opuesto entre los progresistas es Rodríguez Zapatero, que durante años, nos hizo escalar los catorce ochomiles de la vergüenza ajena con frases como los parados no son parados, son personas que se han apuntado al paro (Punto Radio, Febrero de 2008) o La tierra no pertenece a nadie, salvo al viento (Copenhage, 2009) y sin embargo logró ser Presidente del Gobierno durante dos mandatos e incluso que le publicaran más tarde un libro donde terminó de acreditar su falta de talla intelectual.

George Lakoff y sus análisis políticos en clave de padre permisivo/padre autoritario son hoy más útiles que nunca a la hora de entender el problema catalán, que no es un conflicto entre ideas o propuestas, sino entre actitudes morales: para los independentistas, el valor supremo es la permisividad. El pueblo es el niño en edad escolar al que hay que concederle todo lo que pide para que se no se traumatice. Para los conservadores, en cambio, es el hijo díscolo al que, por su propio bien, hay que meter en vereda a base de amenazas y castigos. Frente al inexistente derecho a decidir, que Puigdemont y sus consellers repiten como un mantra hindú mañana, tarde y noche, Rajoy y sus fiscales se han plantado con su obligación de obedecer. La vía de en medio, que es el derecho a ser oído, ni siquiera se contempla, porque no termina de encajar  en ninguno de los dos roles familiares prevalentes en nuestra sociedad. Al padre permisivo, el oír al niño se le queda corto: hay que obedecerle, incluso a costa de que echen al profesor del centro. Para el autoritario, el niño no tiene opinión y si la tiene carece de importancia, porque aún no está formado y el padre es el único que sabe de verdad lo que es bueno para él.

Dan ganas de retirarles a todos la patria potestad y que los Servicios de Protección del Menor se hagan cargo de la maltratada criaturita.


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