Hay que cambiar la política migratoria europea

12 Sep 2017
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Lucila Rodríguez-Alarcón
Directora de la Fundación porCausa

En diciembre de 2016 la Unión europea acuerda asignar un presupuesto al fallido estado libio para que lleve a cabo un control del tráfico marítimo de pateras entre sus costas y las costas europeas. El sistema de control de costa de las patrullas libias es muy agresivo, incluye pateras hundidas, muchos ahogados e incluso ataques con armas a barcos solidarios. En tierra, las fuerzas libias que gobiernan los llamados “campos de refugiados”, matan, esclavizan, vejan a los inmigrantes que se encuentran en ellos, esto según un informe presentado por Angela Merkel en diciembre 2016.

Libia, era un sitio peligroso para los inmigrantes y refugiados que la atravesaban, pero ahora, gracias a la inversión de los gobiernos europeos, es un sitio mortal por defecto.

Esta información se ha transmitido entre los inmigrantes que cada vez más evitan seguir la ruta Libia, rodeando el país y llegando a la siguiente frontera con Europa: nuestra frontera sur.

Como resultado de este cambio de flujos ha habido un incremento significativo de la entrada de personas por Ceuta, Melilla y el Estrecho. Hemos vuelto a tener saltos cuantiosos a la vallas, volvemos a tener muertes cuantiosas en el Estrecho, y esto solo sobre lo que nos cuentan porque no queda más remedio.

El pasado domingo, la OIM anunciaba que ya llevamos 10.276 personas fichadas en su entrada a las costas españolas hasta el 6 de septiembre, superando en ya 2.000 a las 8.162  que llegaron en todo el 2016. Y si Libia sigue haciendo tan bien su trabajo es de esperar que acabemos el año con un record historio de llegadas.

En medio de todo este desastre de gestión surge un rayo de esperanza cuando leemos las declaraciones la jefa de la misión de la OIM en España, María Jesús Herrera: hay que cambiar las políticas europeas, permitir los movimientos ordenados, abrir las fronteras, los muros no sirven. Aleluya. Efectivamente la gestión ordenada de los movimientos de personas aseguraría su participación legal en el tejido productivo, es decir que pagarían impuestos, por ejemplo. También permitirían a la gente ir y volver, es muy probable que, cómo ya ha pasado en otras ocasiones, la gente sólo se quedará en sitios dónde tiene trabajo, retornando a su país de origen en caso contrario. El cierre de fronteras ha producido una situación de excepcionalidad histórica, dónde miles de personas acaban acumulando en campamentos improvisados a la espera de poder redirigirse a otro sitio. Los países en los que se crean esos tapones se quejan y solicitan medidas drásticas para afrontar el tema. O distribuimos a la gente o directamente que no entren más, ¿500 millones de personas no pueden absorber a medio millón de inmigrantes que representan el 0,1 de la población? Finalmente los muros…unas estructuras que cuestan miles de millones, tanto en su construcción como en su control. Según datos del prestigioso think tank de investigación británico, Oversea Development Institute, en los 2 últimos años Europea se ha gastado 17.000 millones de euros en control migratorio cuando de las más de 890.000 personas que pidieron asilo en Europa, solo fueron interceptadas en las fronteras 330.000. Más de 500.000 llegaron sin necesidad de enfrentarse al muro construido ni al muro natural que supone el mar. Las cuentas no sale.

Así que efectivamente por todas estas razones de índole muy práctica deberíamos de verdad plantearnos cambiar la política migratoria europea. Pero además está el tema de los derechos de las personas. Y dentro de personas estamos nosotros, nuestros familiares y amigos. Ahora estamos del lado bueno de la valla, pero ¿hasta cuando? El Brexit, la política de Trump, son los primeros avisos. Como dice el maravilloso ingeniero José Esquinas, si no lo hacemos por ética y moral, hagámoslo por egoísmo inteligente.


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