¿Quién quiere expatriar a Averroes?

17 Sep 2017
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Aristóteles Moreno
Periodista y arabista

Nadie en su sano juicio cuestiona hoy la condición de Donald Trump de ciudadano estadounidense de pleno derecho. Nació en Nueva York en 1946 fruto del matrimonio entre una inmigrante escocesa y el hijo de un alemán que se estableció en Estados Unidos en 1885. En una sola generación, se ganó el estatus de nacionalidad norteamericana, aceptada sin discusión por la comunidad y protegida constitucionalmente en un país construido sobre la agregación de identidades múltiples. Hasta el punto de haber alcanzado la más alta magistratura del Estado.

Muchos de quienes no dudan ni siquiera un instante de que Donald Trump es un indiscutible ciudadano de Estados Unidos se empeñan, una y otra vez, en negarle su patria (andaluza y española) a Abu Al Walid Muhammad Ibn Rushd, conocido popularmente como Averroes, y uno de los eslabones fundamentales del pensamiento racionalista europeo. El insigne filósofo nació en Córdoba en 1126, hijo de un jurista también cordobés, y sus antepasados se hunden en la memoria de Al Andalus hasta tiempos remotos que son difíciles de precisar.

Averroes es, en efecto, un filósofo cordobés, exactamente igual que Ibn Tufail es un matemático granadino, Ibn Árabi es un poeta murciano, Avempace es un pensador zaragozano y Azarquiel renovó la astronomía medieval desde su ciudad natal de Toledo. Todos ellos forman parte de Al Andalus, la civilización islámica que cristalizó en la península ibérica entre el año 711 y 1492 sobre la fermentación cultural y demográfica de elementos foráneos y autóctonos, es decir, árabes, beréberes, bizantinos, bético romanos o visigodos.

Al Andalus es un fenómeno cultural netamente andaluz (y netamente español). Forma parte de la identidad peninsular y vertebra nuestra historia en igualdad de condiciones, al menos, que otros pueblos que han operado en suelo hispano, pese a los denodados esfuerzos por parte de grupos ultraconservadores de extirpar Al Andalus del ADN común y expulsarlo a los confines de la anti España. El debate no es nuevo. Se inscribe en el viejo discurso nacionalcatólico, elaborado intelectualmente en el siglo XIX sobre la concepción totalitaria y excluyente de una identidad española monolíticamente cristiana.

La España que nació en 1492 con la conquista de Granada se forjó sobre la amputación de una parte medular de su población. Los judíos españoles fueron expatriados por el execrable crimen de ser judíos y los musulmanes fueron forzados a convertirse a la fe verdadera, primero, y conminados un siglo más tarde, en 1606, a abandonar la tierra de sus antepasados. Frente a la propaganda nacionalcatólica, que, espoleada por los atentados de Barcelona, recobra hoy todo su vigor, ni en 1492 ni en 1606 se expulsó a una ingente masa de extranjeros. Los que tuvieron que abandonar sus casas, sus huertos y sus raíces eran andaluces, hijos y nietos de andaluces; toledanos, hijos y nietos de toledanos, valencianos, hijos y nietos de valencianos.

Si la perspectiva histórica puede ayudarnos a contextualizar aquel atropello poco misericordioso en un mundo, el medieval, dominado por la lógica de la conquista y el exterminio, hoy, cinco siglos después, se hace de todo punto incomprensible esa obstinación compulsiva por extirpar parte de lo que fuimos y, en cierta medida, aún nos constituye como país. Solo una inquietante voluntad de depuración étnica, religiosa y cultural puede animar un propósito tan sectario (y tan estúpido) en un mundo diverso, complejo y necesariamente multicultural como el nuestro.

A la expulsión y sometimiento de judíos y musulmanes españoles en el siglo XV no sobrevino un nuevo orden de libertades, respeto al diferente y modernidad, como dan a entender algunos corifeos de la manipulación histórica. La nueva España se cimentó sobre una formidable maquinaria de tortura y aniquilación del discrepante llamada Santa Inquisición, cuyas proclamas apocalípticas y retrógradas se parecen como dos gotas de agua a los sermones del salafismo más intransigente.

Desde entonces se consolidó un acendrado antisemitismo, evacuado en las piras de los inquisidores de siempre, que ha durado hasta antes de ayer. Justo cuando los herederos de la España oscura han resuelto indultar a los judíos en la convicción de que hoy representan en Oriente Medio el penúltimo dique de contención contra el nuevo demonio contemporáneo. Pero eso es harina de otro costal.

El aire fresco tuvo que venir, como siempre, de Europa. De la revolución ilustrada del siglo XVIII, que impugnó por primera vez en la historia la visión teocéntrica del universo, liberó el pensamiento racionalista del dogma religioso y abrió la puerta a sociedades flexibles. Fue un proceso preñado de dificultades. Que tuvo que afrontar la resistencia numantina de un antiguo régimen atrincherado en los valores más reaccionarios del catolicismo contrarreformista.

El siniestro auge hoy del yihadismo violento en toda la cuenca mediterránea, con todo su reguero de muerte y miedo multiplicador, está excitando el discurso dogmático nacionalcatólico. Al fin y al cabo, ambos fundamentalismos beben de la misma fuente: la negación del otro.

El universal filósofo cordobés acabó sus días en el destierro de Marrakech. Su pluma acerada y su mirada libre sobre el universo le procuraron el hostigamiento de los ulemas conservadores del mismo modo en que hoy algunos quieren arrancar Al Andalus de nuestra historia. Porque solo el integrismo excluyente explicaría la sinrazón de conceder a Donald Trump lo que le se le niega a nuestro compatriota Averroes.


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