Menos hedonismo, más política

20 Sep 2017
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Andrea Momoitio 
Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

“Inventaremos un lugar para escondernos
de los fantasmas, de las brujas, de los truenos
de todo lo que nos asusta y nos desvela”
Marta Gómez – ‘La vida está por empezar’

Estoy abrumada de buenrollo y mensajes optimistas; agotada de desarrollo personal, de terapias alternativas, de la Gestalt. Me asusta cómo nos venden la felicidad como una meta alcanzable, que puede comprarse en cualquier cadena de librerías firmada por Mr. Wonderful, que tiene, por cierto, el descaro de tener como lema algo así como “regalos originales”. Me preocupa que creamos que todo está al alcance de nuestra mano, que no hay dolor que no podamos curarnos nosotras mismas, que ahora llamemos amor propio al narcisismo, que nos comuniquemos fatal y echemos la culpa a las redes sociales; me desvela la insatisfacción y la meritocracia, que confundamos los deseos con derechos, que gastemos más tiempo en pensar en cómo queremos vivir que en hacerlo, que hablemos cada vez más del amor y lo hagamos cada vez menos, que creamos que el conformismo es una opción para lograr la calma. Por la paz, un Ave María. Hace unos días, Dani Mateo decía en su Twitter: “No hay que buscar fórmulas para vencer al sistema. El sistema es invencible. Hay que encontrar la mejor fórmula para gestionar la derrota”. El panorama que tenemos no tiene gracia, Dani. Hay derrotas que no sabemos gestionar porque solo podemos llorarlas. Y sí, podemos vencer, pero juntas.

La felicidad es una obligación y el mensaje, inequívoco: “Si no eres feliz es porque no quieres serlo”. Así de simple. Nos piden que no dejemos de sonreír a la vida, aunque nos joda, que lleguemos canturreando al trabajo, aunque la precariedad campe a sus anchas y no lleguemos a fin de mes, que soñemos con futuros maravillosos que ya ni siquiera plantea Disney. “Sonríe, imbécil, que la vida es maravillosa”, nos dicen en todas las tazas de colorines. Sonríe porque, si no logras ser feliz, te haremos sentir una fracasada. Trabaja para pagarte la terapia y empieza a expresarte según dicte la corriente que has elegido para salvarte de un mundo: “Te hablo desde la rabia”, que, debe ser algún pueblo. Tal vez, cerca de “Tristeza” o “Rencor”. Yo tengo mucho de todas ellas, por cierto. Por mí y por todas mis compañeras. Por todos los cabreos que no he podido expresar, por todos los miedos que limitan mi vida. Por todas las derrotas que no he sabido gestionar y por todas las que me quedan aún por llorar.

No todo está al alcance de nuestra mano joder, aunque Mr. Wonderful insista en que “si puedes imaginarlo, puedes hacerlo”. Que alguien tenga narices de gritarlo delante de la valla de Melilla, que alguien se atreva a decirlo debajo de mi casa, a cualquier hora, mientras decenas de chavales de norte de África enfrentan nuestra apatía y codicia con sus vidas de mierda; que se lo digan a la cara a M., la mejor periodista que conozco aunque hace años que desistió de intentarlo; a F., que cobra una miseria trabajando en una panadería; a V., sobrecualificada y precaria en la misma proporción; a A. que llegó hace años de Orán a Bilbo, pero sigue temblando al encontrarse con la policía porque le piden continuamente los papeles y le tratan como si fuera un trozo de mierda. Decírselo a ellas.

Yo hoy, por ejemplo escribo esto desde la cama. Triste, quizá, sin demasiados motivos. Sin ganas de enfrentarme a ningún medio, de vencer nada, sin fuerza para alcanzar ninguna meta más allá de acabar este artículo. Triste aunque no esté de moda. Hoy, vencida. Los versos del inicio, de ‘La vida acaba de empezar’, una joyita musical de de Marta Gómez, me ayudan a recordar que tenemos derecho a estar enfadadas, muy cabreadas, amargadas incluso. Razones nos sobran.

Me niego a negar a los fantasmas, lxs brujxs y los truenos de mi vida. Quiero asumirlos, reconocerlos, saludarlos, convivir con todas ellas. Entender que prácticamente todos mis dolores y problemas responden a estructuras sociales, que me trascienden, que no puedo curarme el capitalismo, el amor romántico y el patriarcado yo sola, que no soy ni tengo que ser valiente y fuerte, que ningún proceso individual sirve para lograr la transformación social y todos nuestros traumitas tienen culpables con mucho dinero. Que la independencia ni siquiera debería ser una meta porque las dependencias son mutuas; que a veces querré hacerle frente al miedo y pelear… pero reivindico mi derecho a esconderme, entre mis viejas sábanas, de todos los fantasmas que nos hacen la vida tan difícil. Sobre todo, a quienes no encajamos en los patrones de esa normalidad patriarcal que nos tiene exhaustas. Supongo que, con un sueldo decente, una vida estable y rutinas aburridas resulta más fácil abogar por una felicidad de mentira. Allá cada cuál. A estas alturas, para mí el único camino hacia la dignidad es el activismo, la política y compartir pancartas con las amigas.


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