Por vuestros santos cojones

04 Oct 2017
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Andrea Momoitio
Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

Hay verdades de Perogrullo en las que, sin embargo, es preciso insistir: qué compleja es la realidad. Por más que lo repitamos nunca es suficiente y, mucho menos, fácil entenderla en su complejidad. Hoy, con las imágenes de la violencia estatal tan presentes en nuestra retina, me resulta inevitable no defender a ultranza el derecho a la autodeterminación de Catalunya. Esto, sin embargo, no es motivo suficiente para que dé por válido el referéndum planteado por la Generalitat, que no ha tenido las garantías democráticas suficientes. No les han dejado hacerlo de otra manera, lo sé, pero, probablemente, a muchos tampoco esto les haya importado demasiado.

La política se hace por cojones. Por cojones plantearon un referéndum y por cojones lo llevaron a cabo. Por cojones dijo el Gobierno que no lo aceptaría y por cojones, Rajoy mandó acudir a todos sus cuerpos policiales a Catalunya. Por cojones, arrancaron las urnas. Por cojones, alguno votó dos veces. Por cojones, apalearon a la ciudadanía y, por cojones, declaran que la actuación fue proporcional. Por cojones, nadie asume los errores y, por cojones, la declaración de independencia unilateral está sobre la mesa. Por sus santos cojones, como siempre.

Nunca he sentido el patriotismo, pero he vivido de cerca lo violento que es el Estado español; nunca me he sentido abertzale, pero he visto cómo pisotean Catalunya, Euskal Herria, Galiza, cómo pisotean cualquier iniciativa de resistencia, cómo escupen sobre la diversidad; yo no entiendo por qué es tan importante para la ciudadanía de Catalunya convertirse en una República independiente, pero ni falta que hace que lo entienda yo.  No lo entiendo porque no es mi mundo. Por eso, mi opinión no puede ser vinculante, por eso, mi voto no es necesario.  Nací en una casa en la que el euskera y Euskal Herria eran conceptos que no significaban gran cosa. En una cultura claramente españolizada, con raíces complejas, en un lugar marcado por la inmigración, por el hierro, entre Palencia y Asturias, Sopelana y Cardeo. Nunca me he sentido parte de ningún lugar más allá de Ortuella, mi pueblo, y de San Francisco ahora, ese barrio lleno de mundo, que es mi casa desde hace muchos años. Lo que sí entiendo es que la violencia es cosa de hombres, que son ellos quienes la ejercen, a todos los niveles; quienes nos violentan, quienes nos matan, uniformados o no, con traje o sin él. Esa es su patria y nuestra es la resistencia. Y ya sé que hay excepciones, que hay hombres maravillosos y está Angela Merkel, lo sé, pero sé también que el domingo cientos de personas fueron apaleadas en Barcelona por cojones, por sus santos cojones, porque han sido educados en la lógica de la guerra, porque así se les educa para gobernar y para amar.

La violencia policial, además, como ha denunciado Ada Colau, se muestra de una manera específica si quienes la sufren son mujeres. Aprovecho para mandar desde aquí todo mi cariño a Marta Torrecillas, una mujer agredida por la policía que denuncia también haber sido víctima de agresiones sexuales. Marta Mato, experta en represión con perspectiva de género, me explicaba así de bien cómo la represión toma otros tintes con las mujeres en una entrevista que me dio hace meses para Pikara Magazine: “No sólo se trata de la violencia política ante la voz que diside, sino que también es una violencia contra los cuerpos de las mujeres. Hay un vídeo, del primer aniversario del 15M, en el que se ve cómo se produce una carga brutal de los antidisturbios, algo a lo que nos acostumbramos entonces, y luego se ve cómo un policía coge a una tía, la neutraliza y la pone contra la pared. Él está detrás de ella en una postura de clara agresión sexual. Eso es un acto de discurso que pretende decir algo así: “Vamos a mantener el orden público controlando a la gente que protesta”, pero también: “Vamos a controlar a las mujeres y a disciplinar esos cuerpos que se atreven a cuestionar la dicotomía fundamental”. Las mujeres somos eso a proteger, las que guardamos la esencia de las comunidades, la familia, el honor, la feminidad. En la teoría de la guerra, los hombres luchan para proteger el honor de sus mujeres y ganar significa conquistar el cuerpo de las mujeres del enemigo. Las activistas rompen esa dicotomía de alguna manera. Aparecen en el espacio público no como cuerpos a proteger por el orden público, sino como cuerpos amenazantes”. Esto, sin embargo, no parece quedar del todo claro en los análisis y críticas políticas que se están haciendo estos días sobre la violencia policial en Catalunya. Estamos presenciando con estupor cómo muchas de las críticas esconden detrás un imaginario machista que nos niega a las mujeres la posibilidad de ser sujetos activos de la lucha política. Declaraciones como “A nuestras abuelas no se las toca” o “¡Qué barbaridad! ¡Están pegando a ancianas!” lo evidencian.

A mí no me hace falta entender de patrias para sentirme profundamente agradecida con todas las personas —y especialmente con las mujeres— que el domingo se pusieron delante de la violencia estatal para defender sus pueblos, sus colegios, sus derechos, sus vidas; todas esas personas que, sin necesidad de estar 100% de acuerdo entre ellas con todo lo relativo a la independencia o no de su territorio, supieron mirarse a los ojos para tratar de frenar la barbarie. Las cifras sobre las víctimas son terribles. Ninguna democracia puede sostener tanta violencia y Barcelona se convierte así en la evidencia de lo que muchas ya sabíamos: el gobierno del Partido Popular, heredero a muchos niveles del franquismo, es un gobierno represor, armado, violento. Un Gobierno que atenta sistemáticamente contra los Derechos Humanos. El mismo Gobierno que trató de evitar que pudiéramos abortar libremente, el que puso trabas a la ley del matrimonio igualitario, el Gobierno de los recortes, de la Gürtel, de la corrupción, el gobierno que caza, que tortura.  El Gobierno que avergüenza. El Gobierno que caerá ante nuestros aplausos. Aplausos que sonarán con fuerza en Barcelona, pero también en Cádiz, en Bilbao, en Cuenca. El Gobierno al que veremos caer porque la otra opción es que acabe él con nosotras.


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