Respeto mutuo

06 Oct 2017
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Ramón Espasa  

La gravedad de los hechos del reciente 1-O y la incertidumbre  de los acontecimientos de los próximos días, no impide a mí entender, constatar  una doble evidencia. Ni el Gobierno ha ganado por diez a cero, en  las desafortunadas palabras de la vicepresidenta, ni la república catalana nacerá ex-nihilo el 9 de Oct. No se trata ahora de repetir y sopesar los argumentos sobradamente esgrimidos  por ambas partes. El actual impasse podría resumirse así: El independentismo catalán ha llegado al día elegido, con una hábil estrategia política, mezcla de un ardoroso grito de “aux urnes citoyens”, acompañada de recursos jurídicos ante unas autoridades judiciales que no reconoce.

Pero si bien, no ha  logrado culminar un referéndum vinculante, si ha conseguido un resultado político nada despreciable (42% de paricipacion y 38% de síes sobre el supuesto censo universal). Repito: el valor es político, no numérico. Pero es un gran valor.

En cambio, el Gobierno del PP ha utilizado dura y abusivamente la legalidad vigente, para esconder una clamorosa  incompetencia política. Ha asfixiado financieramente a la Generalitat, ha detenido arbitraria y violentamente a altos cargos de la misma, ha reprimido con una brutalidad impropia del momento  a pacíficos ciudadanos que solo pretendían votar, quedando en evidencia ante todo el mundo democrático, para vergüenza de catalanes y españoles.

Ahora bien, con independencia de la seriedad de estos  hechos, dos cosas parecen seguras. Por un lado, la identidad catalana saldrá reforzada, pues en un marco democrático, el catalanismo no dejará de crecer ni de buscar nuevos instrumentos para asumir la máxima  autorrealización. Por el otro lado, una España moderna, democrática y vigorosa, necesita ineludiblemente  del dinamismo, creatividad y capacidad de una Cataluña sin limitaciones ni cortapisas, para ser respetada internacionalmente.

Nadie sabe cómo, ni bajo qué formatos, pero después del choque institucional, se impondrá el restablecimiento del  contacto y del dialogo entre las fuerzas políticas catalanas y españolas. La complejidad del problema, la clamorosa falta de dialogo inclusivo y respetuoso entre las partes, obliga a los partidarios de la política del  pacto y entendimiento, a correr el riesgo  de caer en un fácil y cómodo  recetario de soluciones puramente especulativas. Pero, a pesar de todo, me atrevo a proponer las premisas de un nuevo y posible acuerdo. Son las siguientes:

A) Reconocimiento, respeto y lealtad recíproca entre las dos identidades nacionales. La identidad o sentimiento de pertenencia, no es mesurable, no puede valer más uno que otro. Al igual que la dignidad, no puede ni debe cuantificarse. Se ha de respetar en lo que es y significa: el sentimiento personal y subjetivo de los que sienten formar parte de un mismo pueblo. Debería pues producirse un reconocimiento recíproco, solemne y explícito de una nación catalana sin estado, y una nación española, inequívocamente definida y distinguible al menos desde 1812. Nación detentora  en exclusiva hasta ahora,  del Estado democrático dibujado en la Constitución de 1978.

B) Regular y arbitrar una nueva relación entre la Generalitat y el Gobierno de España que permita la resolución de los siguientes contenciosos:

1.- Competencias exclusivas en el área identitaria: lengua, cultura educación.
2.- Competencias financieras con la ordinalidad como principio rector de un nuevo pacto fiscal, y creación de un Agencia Tributaria compartida.
3.- Competencias económico- políticas entre las que sobresaldrían: el establecimiento de una correlación entre la aportación de Cataluña al PIB y los compromisos de inversión estatal anual. Consorciar con la Generalitat todas las actuaciones inversores del Estado en Cataluña, como una forma de asegurar su cumplimiento y de reforzar la lealtad mutua.

C) Restablecer plenamente el papel de la Generalitat como representante ordinario y único del Estado en Cataluña, situando a las Diputaciones y Ayuntamientos bajo la jurisdicción de la Generalitat.

D) El acuerdo resultante debería ponerse a votación en Cataluña (podría entenderse como un referéndum pactado) antes de incorporarse al nuevo marco constitucional, vía Disposición Adicional, o como mejor proceda.

Los que venimos de un catalanismo de largo recorrido (tan continuado que tiene sus raíces en la lucha de la izquierda catalana y española contra la dictadura franquista), siempre hemos rechazado el encontronazo al todo o nada. Hemos sido casi viciosos al querer  combinar siempre la lucha con el pacto y el dialogo. Pero hoy nos encontramos envueltos en este conflicto que  desde el primer día nos ha dejado huérfanos  de respuesta y/o propuesta por parte de  ambos contendientes. Naturalmente, siempre quien más puede es quien tiene más responsabilidad. Por ello mismo, el estentóreo silencio del Sr. Rajoy   obliga, una vez más, a recurrir al arbitrismo   más arriba expuesto. De hecho la propuesta resume muchos años de lucha y trabajo político, personal y  colectivo, en  la Generalitat, en El Parlament y en las Cortes Generales. Se trataría de construir un nuevo significante para una España moderna y democrática con una Cataluña nación que quiere ser distinta pero no distante. Como decía Rubio Llorente: nación por nación y respeto mutuo.


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