Son los estúpidos, estúpido

11 Oct 2017
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Máximo Pradera

Contra todo pronóstico, Bill Clinton le ganó las elecciones en 1992 a George Bush con un eslogan que hoy se ha hecho mundialmente famoso: Es la economía, estúpido. Sin negar el peso que la crisis económica y los recortes de la derecha catalana están teniendo en la crisis independentista, el hecho de que las decisiones políticas estén en manos de cabezas que embisten en vez de pensar (Antonio Machado dixit), me lleva a proponer a los lectores de blico esta paráfrasis del expresidente americano: Son los estúpidos, estúpido. Es decir, son los pseudointelectuales e intoxicadores políticos y mediáticos, que enturbian y manipulan el debate, la información y el lenguaje y emponzoñan nuestra convivencia a diario, el problema más serio que tenemos que afrontar los españoles, tanto dentro como fuera de Cataluña. No es posible salir del bucle del Proceso si no hacemos un esfuerzo deliberado por impedir que nos embistan para exigir que nos inviten a pensar.

Como mi abuelo materno fue cofundador de Falange (Rafael Sánchez Mazas tenía el carnet nº 4 del Partido) y mi tío Juan José Pradera fue Delegado Nacional de Prensa y Propaganda del Movimiento, me voy a permitir un pequeño homenaje familiar: una cita de una conferencia de José Antonio Primo de Rivera, pronunciada en Madrid en 1935:
Para adueñarse de la voluntad de las masas hay que poner en circulación ideas muy toscas y asequibles; porque las ideas difíciles no llegan a la muchedumbre; y como entonces va a ocurrir que los hombres mejor dotados no van a tener ganas de irse por las calles estrechando la mano del honrado elector y diciéndole majaderías, acabarán por triunfar aquellos a quienes las majaderías les salen como cosa natural y peculiar. 

Todos teníamos la ligera sospecha de que las soflamas que llevamos soportando por parte de los dos bandos desde hace años eran un cúmulo, repetitivo y cansino, de majaderías y necedades, pero el domingo al escuchar la arenga de Josep Borrell en Barcelona, llena de argumentos que apelaban a la parte más lógica y analítica de nuestro cerebro, esa sospecha se convirtió en certeza.

Cuando la revista Claves de Razón Práctica llegó al número 100, sus directores, Javier Pradera y Fernando Savater, vinieron a ser entrevistados en Lo + Plus (corría el año 2000), el programa que yo presentaba junto a Fernando Schwartz. Cuando les pregunté qué era para ellos un intelectual, la respuesta de Savater fue, como suele ser habitual en él, deslumbrante:
Un intelectual  es aquel que trata a los demás como si fueran intelectuales. Es decir, aquel que en vez de tratar de hipnotizar a los demás, de seducirles o intimidarles, trata de despertar en ellos su faceta intelectual. Y se puede ser intelectual aunque tu profesión sea la de bombero o payaso de circo.

Es lo que hizo Borrell el pasado domingo: tratarnos como a intelectuales. Desmontó el mantra principal del independentismo, el cacareado derecho a decidir, no haciendo ondear la bandera española ni asustándonos con el corralito catalán, sino formulándose preguntas en voz alta, como si fuera Aristóteles haciendo entrar en razón a Alejandro Magno:
¿Creéis que Cataluña es como Lituania, como Kosovo, como Argelia? No. Cataluña no es una colonia, ni un estado ocupado militarmente. Y por eso Cataluña debe trabajar desde el respeto a la ley y no puede creer a los que le dicen que el derecho internacional está de su lado, porque no es verdad, no está de su lado. Ha venido el secretario general de la ONU a decirlo. 

Borrell mencionó además, en su alegato, la otra cualidad que debe poseer un intelectual de talla, que es el coraje para decir las cosas en el momento oportuno. No en el momento oportunista, como hacen la mayoría de los políticos profesionales, desde Alfredo Pérez Rubalcaba a Artur Mas, desde Albert Rivera a Xavier García–Albiol, sino en el tiempo en que es arriesgado decirlas, porque nadie sabe cómo reaccionará el electorado.

Mi padre poseía esa cualidad, como la tuvieron también en su día Eugenio Trías o Albert Camus o la tienen ahora Almudena Grandes o Irene Lozano. Lo otro, lo de regalar el oído de la muchedumbre, de la turba del circo romano, como la llamó Borrell, es la actitud del cobarde y del manipulador. Que al final es el estúpido, porque más temprano que tarde, las falacias que esparce por el éter se vuelven en su contra y acaba destruido por su propia miseria moral.

No puedes llamar referéndum a una pantomima electoral ni decir que los catalanes son un pueblo oprimido. Y mucho menos, repetirlo una y otra vez, durante años.

O para decirlo con las palabras de Abraham Lincoln:
Se puede engañar a todo el mundo algún tiempo; se puede engañar a algunos todo el tiempo; pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo.


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