Pluma lesbiana

19 Oct 2017
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Andrea Momoitio
Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

A mí de pequeña lo que más me gustaba en el mundo era escribir. Igual que ahora.

Mi juego favorito, pasar la tarde con las señoras de barrio mientras jugaba a ser periodista. Eso tampoco ha cambiado.

¿El regalo perfecto? Un libro.

¿El plan más divertido? Leer cualquier cosa que cayese en mis manos.

Recuerdo cómo en verano, cuando mi aita subía al pueblo al acabar de trabajar los viernes en Bilbao, me traía siempre alguna novela. No sé si él se acordará, pero me trajo dos veces ‘La voz dormida’, de Dulce Chacón. No sé si es que no le ponía mucho empeño a la misión o que el hombre ya no sabía qué libro comprarme, pero me dio igual. Lo redevoré. No me gustaba mucho ir a la Biblioteca porque, igual que ahora, me costaba devolver esas historias que, una vez leídas, ya forman parte de mi vida. Gané varios concursos de literatura. La mayoría, he de confesarlo, de cartas de amor. Era una preadolescente bastante irreverente —tampoco ha cambiado eso demasiado, joder— cuando escribí a Rosa Montero un correo electrónico para contarle que su ‘Loca de la casa’ era ya mi novela favorita. Sigue siéndolo, pero ahora comparte el honor con muchas otras. Me contestó con muchísimo cariño y creo que nunca sabrá qué supuso aquello para mí. Me decía que escribía bien, que no cesase en el empeño y que si quería ser escritora, sólo escribiese, escribiese, escribiese. Luego, llegó el periodismo de sujetos y predicados sosos. Pensé entonces que la posibilidad de escribir sobre mí, de escribir para salvarme de dolores cotidianos, era incompatible con el periodismo. Al menos, con esa forma de entender el oficio que trataron de imponerme desde la facultad. Intenté entonces abstraerme, escribir de otras, para otras; pero ya lo dijo Marguerite Duras, que “una se encarniza. No puede escribir sin la fuerza del cuerpo” y mi cuerpo es el cuerpo de una lesbiana, que tiene muchas cosas que decir, que está herido. Menos mal que también aparecieron June Fernández y Pikara Magazine para ayudarme a justificar ideológicamente por qué pensaba seguir saltándome todas las normas. Una a una. Sin pudor alguno. Sin dudar y sin temblar porque esas normas, esos cánones, esa forma de entender la escritura no tenía nada que ver con mi vida.

Esta semana se ha celebrado el #DíaDeLasEscritoras y me acordaba, claro, de Monique Wittig o de Jeanette Winterson, dos mujeres lesbianas que me han marcado con su escritura. Una, con su maravilloso ‘El cuerpo lesbiano’; otra con ‘¿Para qué ser feliz si puedes ser normal?’. En ambos casos, la vivencia lésbica es el eje central de las obras. No me quiero quedar en el manido “Lo personal es político”, de Millet, para tratar de entender por qué ellas —como otras muchas escritoras lesbianas— han hecho de su lesbianismo parte y gracia de su obra. Porque nada es político per se sino que para que así lo sea tiene que politizarse de manera consciente y ellas, lo han hecho. Y, a veces, creedme, no apetece.

Coincide el #DíaDeLasEscritoras con la celebración en León de un congreso sobre columnismo en el que el 80% de las personas invitadas son hombres. Me resulta casi ridículo tener que escribir que existimos, que aquí estamos, pero, todavía hoy, hay que hacerlo: ¡Eo! ¡Eo! ¡Eooooooooo! Escribiendo sin parar, contando nuestras propias vivencias para que nunca más nadie tenga que hacerlo por nosotras. Por eso, admiro tanto a quienes han dedicado su vida a hacernos el camino más fácil a todas con su escritura. Gracias a todas esas plumas visibles, que han escrito sobre sus deseos, sus miedos, sus amores, sus polvos, sus vivencias lésbicas; gracias a todas las que han cogido cuaderno y lápiz para contarse, para que nadie tenga que escribir su historia; gracias a todas las que han denunciado la lesbofobia, pero, sobre todo, gracias a todas las que han hecho visible el amor entre mujeres. Lo decía Marcela Lagarde: “¿Qué habría sido de las mujeres sin el amor de las mujeres?”.


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