El #MeToo no sale gratis

06 Nov 2017
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Cristina Fallarás
Periodista

La campaña en la que cientos, miles de mujeres, denuncian acosos sexuales, vejaciones y violaciones, bajo el lema de #Metoo está encontrando respuestas, sobre todo masculinas, que la cuestionan e incluso la ridiculizan. Desde Woody Allen alertando de que podría desatarse “una caza de brujas”, hasta el periodista Diego Galán, en El País, definiéndola en los siguientes términos: “esta especie de epidemia, esta moda de denuncias de acosos y derribos sexuales mantenidos en secreto durante décadas y que salen a la luz todos a la vez”. Son solo dos ejemplos. Vendrán más.

Cunde la sensación de que denunciar el acoso, el maltrato o cualquier discriminación por el hecho de ser mujer es un paso fácil e incluso festivo. Nada más lejos de la realidad. Denunciar no sale gratis, y a menudo conlleva una respuesta negativa y dura que permanece durante años.

En febrero de 2013, publiqué en Eldiario un artículo dirigido a Toni Cantó. El político acababa de escribir un tuit en el que afirmaba: “La mayor parte de las denuncias por violencia de género son falsas. Y los fiscales no las persiguen”. Quise aprovechar para detallar algunas de las situaciones de violencia sexual que yo, y no me cabe duda de que muchas mujeres, porque no soy especial, hemos sufrido a lo largo de nuestra vida.

Le narraba la vez en la que, con menos de diez años, calculo que ocho, un hombre me puso una polla ante las narices. Fue en una gasolinera. Yo estaba sentada en el asiento trasero del coche de mis padres y el tipo, mientras cebaba el depósito, se sacó el pene y lo apoyó contra mi ventanilla. No solo no reaccioné de ninguna manera evidente, sino que no entendí lo que estaba sucediendo, ni la náusea, ni mis lágrimas. Desde entonces y hasta hoy mismo, las gasolineras me producen un vértigo cercano al terror. Y un poso de asco espeso.

También le conté la vez que sucedió algo parecido, pero en un tren de cercanías. Entonces ya tenía 18. Y le conté la ocasión en la que un tipo me arrinconó en el retrete de un bar y se frotó contra mi pierna agarrándome violentamente del cuello hasta que eyaculó. Y no le conté, pero lo he narrado en otras ocasiones, la noche en la que un político en ejercicio, hacia las dos de la madrugada, me envió la foto de su pene. A quien pregunte por el nombre, sepa que no lo digo porque el político ya no está, pero que lo denuncié en su momento.

Esas son ocasiones de agresiones sexuales. Pero no son las únicas.

También he contado, y lo publiqué en el libro A la puta calle, cómo me despidieron del diario ADN estando embarazada de ocho meses. Y esa violencia no es sexual, pero igual es violencia, y también discriminación y humillación. En aquel momento, lo denuncié públicamente, además. Y tampoco me salió gratis.

Esto va para quien crea que lo que está sucediendo es una fiesta de chicas que se lo pasan bomba señalando machitos y dolores: Denunciar produce daño. Daña, sí, esa es la palabra. Te daña y te señala y también te mancha. Denunciar te deja una mancha que llevas en la solapa y que ves tú, pero también todo aquel con quien tratas a partir de entonces. Para empezar, porque enunciar no sale gratis, íntimamente. Una cosa es recordar lo sucedido y otra muy distinta ponerlo en palabras, decirlo. Y si decirlo en voz alta, por ejemplo a una amiga o a un médico, tiene algo de brutal, algo que te deja las piernas flojas, como llenas de arena, y te lanza el corazón a la garganta, no es difícil imaginar lo que significa expresarlo públicamente.

Pero además te deja marcada. Pasas a ser una mujer “conflictiva”. Conflictiva es un adjetivo que me he tenido que oír varias veces en el ámbito laboral después de mi denuncia tras el despido embarazada. Y la palabra “conflictiva” implica rechazo, o sea dificultad para encontrar trabajo. Ninguna de las actrices, ninguno de los actores, ninguna de las trabajadoras que han denunciado estos días situaciones de acoso en el trabajo van a enfrentarse de igual manera al mundo laboral. De la misma forma que si denuncias haber sido forzada hay un sector de quienes lo leen o escuchan para el que pasas a ser molesta, o directamente objeto de mofa, o puta, borracha y loca, tres de los adjetivos con los que una tiene que lidiar en esas ocasiones. La eurodiputada que se levantó y declaró en voz alta, en medio de la Cámara, “Me too” cambió definitivamente, con ese gesto, los términos en los que se relaciona con sus compañeros y compañeras. Para bien, en ocasiones, pero en otras para mal. Seríamos bobas si pensáramos que una sociedad donde se producen millones de violencias constantes contra las mujeres es un lugar dulce para denunciarlas.

Cuento todo esto para dejar clara la valentía que implica el gesto de los cientos, miles de mujeres que alzan su voz estos días. Pero además para alertar contra la culpa que muchas veces sucede a la denuncia. Ah, la culpa. Tras el gesto valiente, con el daño que acompaña a la satisfacción cosido ya en las entretelas, llegan los cuestionamientos, las burlas, el rechazo y las consecuencias en ocasiones económicas, y entonces una se pregunta si ha hecho bien, pese a que sabe que sí, que ha hecho bien. La culpa corre por caminos apestosos.

De ahí que debamos considerar otra forma de agresión las frivolidades de aquellos que ponen en duda la veracidad de las denuncias, de aquellos que patean el cuerpo herido.

En fin, que denunciar no sale gratis. Lo que no significa que no merezca la pena.


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