El malestar que no tiene nombre en el siglo XXI

10 Nov 2017
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Noelia Adánez

En La Mística de la Feminidad su autora, la norteamericana Betty Friedan, advierte un retraimiento del discurso feminista en la década inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial. Como consecuencia, en los primeros años sesenta se irá imponiendo un modelo de mujer cuyo rasgo distintivo consistirá en la renuncia a sí misma. Otros factores intervinieron en la elaboración de ese nefasto “modelo”. Algunos lo hicieron no solo en su elaboración sino también en su difusión a escala primero occidental y, más tarde, planetaria. Conforme fue ampliándose la sociedad de consumo, sus lógicas masivas y enajenantes disciplinaron a las mujeres del mundo. Las mujeres de las idealizadas clases medias fueron entrenadas para abrazar un ideal, para consumir un ideal que contradecía lo que las feministas llevaban un tiempo proponiendo: la igualdad y la consecución de la emancipación personal.

Por ponerlo en términos de Simone de Beauvoir -a la que nos guste o no, todos lo feminismos contemporáneos remiten- el feminismo postulaba que las mujeres dejaran de ser inmanencia y pasaran a ser trascendencia. O sea, que abandonaran el confinamiento doméstico y la pasividad y se desarrollaran como seres humanos a través de una vida activa.

Bajo la égida de la mística de la feminidad, las mujeres renunciaron a una vida activa. Dejaron de tener deseos y pasaron a tener necesidades. Necesidades que vendrían determinadas por los dictados del psicoanálisis en una versión que no por rudimentaria dejaba de ser “atrayente” por el extraordinario papel que otorgaba a la sexualidad en las relaciones humanas. Jugaron un papel igualmente determinante la nueva pedagogía y la publicidad en la definición de lo que una mujer necesitaba para “ser feliz”. (La “felicidad” es un invento paradigmático de esta época).

Los conflictos de las mujeres de la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos están maravillosamente reflejados en la irrepetible Mad Men. Las observaciones de Friedan y los testimonios de mujeres que recoge inspiran personajes, tramas e incluso alguna escena de la serie. Recordemos, como anécdota, que la primera mujer de Don Drapper se llama Betty. Ella, mejor que nadie, encarna el eslogan “si solo tengo una vida quiero vivirla de rubio”. A través de sus vicisitudes se narran las devastadoras consecuencias personales de una forma de existencia que coloca en el centro de sus aspiraciones la de “ser rubia”. La trivialidad y despreocupación de Betty ocultan una soledad y un vacío que crece con el paso de los años y que ella solo logra identificar y afrontar cuando la enfermedad y la proximidad de la muerte aceleran un proceso de maduración que había quedado truncado. Betty es una niña cuando toma la decisión de renunciar a su carrera como modelo para casarse con Don. Y, desde ese momento, permanecerá como niña, suspendida en esa inmanencia … Una niña esposa y madre. Cuando está a punto de morir, Betty decide volver a la universidad, estudiar, hacer lo que le gusta, cumplir sus deseos; ser ella misma.

La Mística es un libro escrito en un momento en el que el feminismo goza de mala prensa. En poco tiempo la situación cambiaría y una nueva ola feminista con el eslogan “lo personal es político” se extendería por la cultura, las políticas públicas y los hábitos de consumo. Las mujeres conquistarían nuevos derechos y volverían a desear ocupar el espacio público como trabajadoras, representantes políticas, activistas … Y de la realización de sus deseos se desprenderán necesidades, expresadas en forma de reivindicaciones y exigencias que se han dirigido siempre en la misma dirección: la conquista de la igualdad.

En el momento en el que estamos, con una cuarta ola feminista que surfear en el horizonte, a nadie puede escapársele que coexisten, en una articulación extraña, dos apreciaciones contrarias sobre la situación de las mujeres en el mundo occidental. Un cierto igualitarismo burocrático (banal), difundido a través de tratados internacionales, legislaciones de ámbito estatal y políticas públicas de alcance a menudo limitado -la casuística por países, no obstante, es amplia- convive con una sensación generalizada, por parte de las mujeres feministas, de que se está incumpliendo el mandato de la igualdad. Una clara manifestación, un síntoma de este incumplimiento, se detecta en comportamientos sexistas, machistas, que vamos señalando y nombrando. Si la igualdad pudiera darse por supuesta -como algunos pretenden hacernos creer- las mujeres no estaríamos denunciando violencias y acosos que hasta hace cuatro días estaban aceptados, normalizados, a pesar de nuestros deseos; contra nuestros deseos. Las mujeres deseamos no ser acosadas y abusadas y, como primera medida, resulta imprescindible explicar y consensuar cómo, cuándo y dónde se producen situaciones de sexismo, de abuso y de violencia. Campañas como “Me Too” son necesarias. Sin denuncias masivas como las que este llamamiento ha activado no terminaremos nunca de calibrar la verdadera dimensión del problema: no terminaremos nunca de entender lo lejos que sigue quedando la igualdad.

En la época en la que Betty Friedan escribió su ensayo no existían las redes sociales. Su libro compila un sinfín de experiencias de mujeres de distintos lugares de Estados Unidos y al ordenarlas, se convierte en una enorme conversación en la que todas ellas hablan de lo mismo: del “malestar que no tiene nombre”.  Entrado el siglo XXI las mujeres continuamos peleando por expresar un malestar. Ya no es el tedio lo que nos atormenta, no es el confinamiento y el hastío, es la confrontación cotidiana con una maraña de obstáculos en forma de comportamientos sexistas y machistas cuyo objetivo final es condenarnos a la inmanencia, paralizarnos, congelarnos. Ante esto debemos continuar en movimiento, en procura siempre de una vida activa desprovista de misticismos, congruente con nuestra condición de seres encarnados, deseosos, en proceso…


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