La partida interminable

02 Dic 2017
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Francisco José Martínez Mesa
Profesor de CC. Políticas y Sociología UCM

Queda muy poco que decir sobre la cuestión catalana. Son innumerables los artículos y columnas consagrados al tema desde muy diferentes ángulos y perspectivas. Y sin embargo mucho de cuanto en ellos se trata pronto deviene efímero ante lo vertiginoso de los acontecimientos. Nos movemos pues en un terreno movedizo y, por consiguiente, inseguro. Lo que pensamos y previmos ayer ya no parece valer hoy y probablemente lo que pensemos en estos momentos difícilmente pueda aplicarse mañana. Pero ¿a qué se debe ese vértigo? ¿qué instiga ese ritmo tan infernal? ¿o son los mismos hechos los que imponen esa deriva? Se diría que el conflicto de Cataluña sigue la lógica de un videojuego: los jugadores salen de un escenario para entrar en otro superior, más difícil y complejo dentro de una dinámica imparable que no parece tener fin. En este punto cabría preguntarse si lo verdaderamente importante para los protagonistas es llegar al final, es decir, obtener la victoria, o bien de lo que se trata es calibrar las fuerzas propias en cada momento de la partida.

Por supuesto, estamos hablando tan solo de un juego. Nada que ver, por tanto, con el nivel de trascendencia que los diferentes actores en conflicto han conferido al problema actual en función de su resolución en un sentido u otro. Pero… ¿existe la conciencia de que esto realmente sea así? O dicho en otras palabras ¿no estamos actuando todos en torno a esta cuestión como si se tratara efectivamente de un juego?

Por supuesto, si atendemos a la opinión de unos y otros tal sospecha queda inmediatamente desmentida: rápidamente se nos replicará diciendo que nos estamos “jugando” el futuro de España y/o Cataluña….  Pero ¿es eso absolutamente cierto?

Buena parte de la trascendencia concedida al conflicto deriva de un hecho absolutamente ajeno al conflicto mismo: tanto unos como otros situamos la cuestión como crucial en la medida en que nos sentimos muy implicados emocionalmente en el mismo. Los dilemas planteados, desde luego, no parecen dejar lugar a dudas: lo que está en peligro -se nos advierte- no es ni más ni menos que la unidad de España, según unos, y la libertad de Cataluña, según los otros. Nuestra lectura pues, no puede ser más personal: nos adscribimos a una de ambas posiciones apropiándonos de ella y haciéndola nuestra, interiorizándola hasta tal punto que la asociamos a nuestra propia esencia, como si realmente tuviéramos una. Ahora bien ¿es verdaderamente esa la cuestión a debate o en realidad lo que hay detrás de ello solo son una serie de intereses mucho más terrenales y mundanos?

Cuesta mucho pensar que España y el conjunto de los españoles vayan a ser mejores con los catalanes dentro. Pero también que lo vayan a ser los habitantes de Cataluña en torno a una república independiente. Tampoco, a día de hoy, y con la que está cayendo, parece muy plausible que alguien se sienta realizado con una solución de consenso, como muchos propugnan. Y seguirá siendo así y no de otra manera en tanto nuestra implicación emocional, nuestras banderas interiores, siga dictando nuestras decisiones en la materia e imponga un nivel de expectativa cada vez mayor, que en última instancia solo se verá satisfecho con la completa humillación del contrario.

En toda guerra el principal objetivo de cada bando consiste en deshumanizar al enemigo y achacarle la responsabilidad de todos los males para así justificar su eliminación. En tanto convirtamos el conflicto en una cuestión de vida o muerte de la que hagamos pender el curso de nuestras vidas, lo normal es que tendamos a privar nuestros hipotéticos antagonistas de todo ápice de humanidad, aunque ello sea al precio de convertir a nuestros vecinos y conciudadanos en viles y detestables enemigos.  No es fácil escapar de este escenario y menos aun desdramatizarlo y observarlo desde una cierta distancia. Pero no nos equivoquemos: sabemos hacerlo.  ¿En cuántas ocasiones al cabo de un mismo día encontramos a gente a nuestro alrededor envuelta en situaciones de extrema injusticia y desigualdad?, ¿cuantas medidas trascendentes publicadas cada sábado en el BOE o tramitadas en las sesiones del Congreso, afectan tan seriamente nuestra vida cotidiana y nuestro porvenir? Indudablemente, muchas. Y, sin embargo, en todos estos casos conseguimos con una prodigiosa eficacia evitar las incomodidades que nos genera esa aquella realidad para distanciarnos y limitar nuestro nivel de implicación al respecto, a fin de sentirnos hasta cierto punto ajenos a esa problemática.

¿Supone, pues, esto que debemos restar toda la importancia al conflicto catalán?  Desde luego, no es esa la intención. La fractura que se ha abierto en los últimos tiempos exige y va a exigir un fuerte esfuerzo de todos los actores políticos cara a su resolución., pero de ninguna manera resulta admisible que el cometido de éstos se limite -como está sucediendo en la actualidad, a alentar a los suyos para lograr el respaldo y dotar de fuerza desde fuera unas estrategias en ocasiones tan contradictorias como incoherentes. En tanto eso sea así, quizás correspondería a la sociedad aplicarse a la tarea de destensar ese clima y pasar a contemplar a nuestros supuestos antagonistas como lo que realmente son: seres humanos normales y corrientes como lo somos todos  nosotros.

A cualquier jugador le gusta que le jaleen. Necesita sentirse importante porque sabe que cuanto mas amplificadas se vean sus acciones mayor sentido y valor tendrá el mismo. Por consiguiente ¿qué interés va a tener él por poner fin a ello?

Por mucho que nos empeñemos, no está en nuestra mano la resolución de esta crisis. Pero quizás si hay algo que podemos hacer. Quizás sea posible contribuir a no a agravarlo. ¿Como? Posiblemente yendo a contracorriente. Quizás toque ser más insensibles y distantes ante el tema. Quizás debamos plantearnos que al fin y a la postre este enfrentamiento no va tanto con nosotros. A diferencia, por ejemplo, de otros menos visibles que sin embargo, si nos afectan y mucho.  Dirijamos nuestra mirada hacia esos otros focos. Quién sabe si obrando de tal manera, diluiríamos sus efectos y sus repercusiones, al tiempo que contribuiríamos a atender otro género de cuestiones injustamente marginadas. Mostrar nuestra indiferencia y hacer oídos sordos a sus apelaciones, no implica, sin embargo, que no reclamemos a los actores políticos que desempeñen su papel, que no consiste en seguir recreándose en su eterno juego sino en trabajar para anunciarnos el final de esta interminable partida.


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