El silencio de Dafne y el rugido de la manada

04 Dic 2017
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María Márquez Guerrero
Universidad de Sevilla

La primera vez que leí el soneto XIII de Garcilaso se despertaron en mí emociones intensas y contrarias: junto a la maravilla ante la belleza de una lengua que fluye envolviéndote y retorciéndose, como los brazos y los pies de Dafne, sentí el regusto amargo de un dolor antiguo. No se trataba del olor de las almendras amargas, ese que dejan en el alma los amores contrariados, como decía García Márquez, sino más bien el eco de una tristeza soterrada, una emoción punzante que te atraviesa cuando contemplas al mismo tiempo la belleza y la muerte.

En los cuartetos se presiente la violencia de un suceso oculto que culmina en la metamorfosis de Dafne en laurel, desplegada ante los ojos y el corazón en un pretérito dolorosamente imperfecto, tristemente durativo. Solo la belleza consigue atenuar la sensación hiriente:

“A Dafne ya los brazos le crecían / y en luengos ramos vueltos se mostraban; / en verdes hojas vi que se tornaban / los cabellos qu’el oro escurecían; // de áspera corteza se cubrían / los tiernos miembros que aun bullendo ‘staban; / los blancos pies en tierra se hincaban / y en torcidas raíces se volvían.”

Junto al soneto, en el libro de texto que usábamos en clase, una fotografía de la escultura de Bernini representaba el momento mismo en el que Apolo alcanza a la ninfa: el contraste entre el gesto de sorpresa contenida del dios y la expresión del horror en la cara de ella da expresión plástica a la tragedia, una historia de violencia detrás de tanta sensualidad y tanta belleza. Por eso, aunque el texto escolar identificara “el amor imposible” como el tema, una impresión siniestra de muerte atravesaba los versos más allá del amor, fuera o no correspondido. Más tarde, la curiosidad me llevó a Las Metamorfosis de Ovidio, fuente del soneto de Garcilaso, donde se desarrolla la historia de la persecución y el acoso de la ninfa por parte de Apolo; el deseo ardiente del dios de unirse a la joven, y la voluntad firme de resistir de ella, quien “no pudiendo soportar el yugo del hombre”, deseaba vivir plácidamente “deleitándose en las soledades de las selvas”,  recorriendo “libre” “los bosques sin caminos”, sin preocuparse “del amor, ni del matrimonio”. Supe entonces de la arrogancia y la ceguera del deseo del dios, que corría tras la ninfa como un perro tras una liebre hasta que ella, acorralada y vencida, impotente suplicó a su padre: “transfórmame y haz que yo pierda la figura por la que he agradado excesivamente”. Es justo ese el momento que recoge el soneto: la metamorfosis de Dafne, punto final de su vertiginosa fuga, que supone la renuncia a su condición humana, a la libertad y a la autonomía, y su vuelta definitiva al reino de la naturaleza.

He recordado la imagen de la ninfa leyendo los detalles del juicio a “la manada” cuando imaginaba a la chica de 18 años acorralada en un pequeño portal, rodeada por una manada de lobos hambrientos. Los medios de comunicación, que han interpretado con detalle los movimientos y gestos de los vídeos, hablaban del silencio absoluto de la joven, vuelta hacia dentro con los ojos cerrados, en una actitud “pasiva”, lánguidamente abandonada mientras los cinco jóvenes la manipulaban.

La metamorfosis de Dafne es una alegoría perfecta de la disociación, una sintomatología que hace referencia al distanciamiento de la realidad como respuesta defensiva; una estrategia de afrontamiento ante el estrés o la ansiedad ocasionada por circunstancias ambientales, especialmente en las relaciones interpersonales. En casos traumáticos, el distanciamiento permite eliminar de la conciencia elementos inaceptables que se han vuelto aversivos para la persona, quien, de algún modo, huye de sí misma y se despersonaliza. A la luz de estos datos, resultan muy escandalosos los relatos de la prensa, que interpretan la actitud “pasiva” de la joven como “colaboración”, o valoran el silencio impotente como “consentimiento”. En un contexto de máxima intimidación, una actitud “pasiva” no puede equivaler, de ningún modo, a un comportamiento “neutro”, como se ha señalado. Nada nuevo, sin embargo. Hace ya muchos siglos que se utiliza el criterio del silencio para sembrar la sospecha sobre nosotras. Cuando denunciamos, se habla de falsedad y picaresca; si no lo hacemos, quedan flotando en el aire oscuras razones que nos convierten en cómplices. Así, se han calificado de oportunistas y falsas las numerosas denuncias por abusos sexuales presentadas contra el productor norteamericano Harvey Weinstein y otros directores y actores famosos, sobre la base de la existencia de un enorme lapso de tiempo de silencio entre los hechos y las denuncias. Quienes así se pronuncian valoran los hechos como si entre agresores y víctimas existiera una situación de  igualdad, obviando las relaciones de poder y el grave riesgo de daño físico y psicológico que pueden derivarse de las denuncias. Se olvida que, en un contexto de dominación, la pasividad y el silencio son, tal vez, los únicos medios de supervivencia de los que dispone la víctima. El miedo a las terribles consecuencias puede llevar a un “sometimiento voluntario”, que de ningún modo puede interpretarse como aceptación libre; en ocasiones, la única salida que tienes para sobrevivir es cerrar los  ojos y obedecer.

Más allá de esta humillación esencial, especificar hasta los mínimos detalles de los hechos constituye otra forma cruel de violencia, esta vez ejecutada por los medios de comunicación, que en su lógica económica, deseosos de aumentar los índices de audiencia, convierten las tragedias más dolorosas en “entretenidos” espectáculos. Hablar de movimientos acompasados o de reacciones instintivas del cuerpo de la chica es muestra de una perversión y de un cinismo sin límites, un síntoma característico de nuestra sociedad, incapaz de sentir afinidad y empatía ante el sufrimiento de otro ser humano” (Z. Bauman, Ceguera moral).

Es cierto que el poder es de quienes tienen la palabra, y más aún si gozan de la información sobre el discurso de los otros. En el caso de “la manada”, el tribunal decidió que la declaración de los cinco acusados se realizara al final del proceso y no al principio, para que los acusados pudieran escuchar antes los argumentos en su contra. Esta práctica no es habitual en España; de hecho, el más veterano de los abogados colegiados en Pamplona, Ángel Ruiz de Erenchun,  señala que “es la primera vez que ocurre en la ciudad”, según su recuerdo. (El País, 29 / 11 / 2017). Y es que entre silencio y poder se establecen lazos secretos.

El juicio quedó listo para sentencia el 28 de noviembre con el alegato final de los imputados, que han proclamado su inocencia ante los delitos que se les imputan. Agustín Martínez,  abogado de tres de los cinco acusados, desató la emoción, los abrazos y las lágrimas de los supuestos violadores al recordar que “aunque pueden parecer “imbéciles en algunos aspectos, patanes, infantiloides, simples o primarios en sus pensamientos” y tengan “comportamientos que merecen reprobación”, son “buenos hijos, algunos trabajan, otros lo intentan, están muy unidos a sus familias y amigos”. Es la actualización perfecta del estereotipo de virilidad machista: el varón simple y primario, pero inocente y de corazón noble. El estereotipo activa su opuesto: la bruja provocadora, doble y malévola, que atrapa en su red a los jóvenes ingenuos.

A través de una perversa, aunque nada sorprendente, inversión en el encuadre, el juicio a los supuestos violadores se ha convertido en una durísima evaluación a la víctima: las sospechas sobre su sinceridad y la sobreexposición de una intimidad vergonzante han supuesto un doble castigo para ella, y una experiencia ejemplarizadora para todas las mujeres. Sin embargo, y frente al rugido de la manada, está el grito unánime de empoderamiento de la gente que ha ocupado durante días las calles y plazas de todo el país: “Hermana, yo sí te creo”, “Nosotras también somos manada”. Sumando nuestras voces, a lo lejos ya solo se oye un único aullido: “No he de callar, por más que con el dedo, / ya tocando la boca, ya la frente, / silencio avises o amenaces miedo” (Quevedo).


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