Los 90 años de Ferlosio

06 Dic 2017
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Máximo Pradera

En 1968 falleció en Luxemburgo, en un accidente de automóvil, mi tío Víctor Pradera. Con él murió también Ana Gómez Mendoza, su mujer, dejando huérfanos a mis tres primos, Víctor, Ana y Gonzalo.

Mis padres, devastados por la noticia, decidieron designar enseguida a una persona para que, en el improbable caso de que ambos fallecieran, ejerciera de tutor nuestro (tengo un hermano menor). Esa persona fue Rafael Sánchez Ferlosio. A mí la decisión me pareció algo macabra (¿de verdad pensaban mis padres que podría repetirse un suceso tan horrible?) pero bastante razonable (porque teníamos entonces un trato casi diario con Rafael).

Tal vez el recuerdo más antiguo que tengo del hoy nonagenario escritor fue de la primera visita que hice a su casa de Dr. Esquerdo 45, cuando aún vivía con su mujer, Carmen Martín Gaite (Calila o Carmiña como era conocida por amigos y familiares) y con su hija Marta (La Torci, como solía llamarla siempre su padre). En el último rincón de la casa estaba el dormitorio de Rafael, al cual se me permitió asomarme durante unos segundos, como cuando se le muestra a un niño, con fines pedagógicos, la guarida de un animal exótico y tal vez peligroso. El subtexto venía a ser: mira, niño, así viven los genios.

A pesar de que era la hora de comer, las persianas estaban totalmente bajadas y Rafael se había asegurado de que las tinieblas fueran absolutas, gracias a un refuerzo de tela negra que impedía el paso hasta del rayo de sol más rebelde. La única fuente de luz era una lámpara de mesa con tulipa verde que descansaba sobre un sólido escritorio de madera, pegado a la cama, totalmente deshecha, como  el jergón de un secuestrado. Aunque yo no supe poner nombre en ese momento al inconfundible olor que impregnaba toda la alcoba, años más tarde me enteré (cuando yo mismo me aficioné a la Dexedrina) de que aquello era esencia de anfetamina. Ferlosio escribía, dormía y comía en el mismo cuchitril durante días enteros y solía emerger al quinto, después de haber dormido durante dieciocho horas el chute de Centramina que se había metido previamente.

Cuando le conocí, Ferlosio ya había triunfado con El Jarama y Alfanhuí (publicó las dos novelas antes de que yo naciera) y tras abjurar de lo que el llamaba el grotesco papelón del literato, se hallaba entregado en cuerpo y alma a sesudos estudios gramaticales, en los que se enfrascaba durante interminables sesiones, en aquella tenebrosa leonera.

Ese primer recuerdo de Ferlosio (todo el mundo le llamaba así), como de un recluso recurrente, autoconfinado en una alcoba durante jornadas enteras para entregarse con fruición a una escritura compulsiva y brillante, aunque no siempre publicable, me ha acompañado toda la vida.

Aunque en la década de los sesenta y setenta, por ser hermano de mi madre, Gabriela Sánchez Ferlosio, tuve mucho trato con él, no recuerdo ni una sola conversación sobre literatura, y sí un montón sobre si era mejor el polo de Frigo o el de Avidesa, películas de terror de serie B o camareros maleducados. Ferlosio me enseñó que Marlon Brando puede llegar ser el mejor actor del mundo (cuando me llevó a ver Julio César a un cine de Sevilla, durante un viaje inolvidable en el que me descubrió Andalucía), que el erotismo se divide en dos grandes categorías, playa y bikini o alcoba y liguero (él prefería el segundo),  y que lo más importante que puede hacer un ser humano por otro es no darle el coñazo. Aunque siempre se le representa con gesto adusto y puede ser – para qué negarlo– muy cascarrabias, Rafael siempre ha dado muestras de tener un gran sentido del humor. Como a diferencia de su hermano Chicho, que cantaba maravillosamente, él no sabía ni entonar El patio de mi casa, a su hija Marta y a mí, en vez de dormirnos con nanas, nos acunaba en Coria con versos de Gómez Manrique (¡y eso que no le gustaba la poesía!), que recitaba con genuina admiración:

«Nobles discretos varones, / que gobernáis a Toledo, / en aquestos escalones / desechad las aficiones, / codicias, amor y miedo…

Y que alternaba con otros que le producían auténtica vergüenza ajena, pero que pensaba que podían divertirnos, como unos del poeta extremeño Alfonso Albalá que decían:

Esta es mi tierra, tierra Madre, Extremadura,/ árida tierra, seca, reseca, tierra dura…

Ferlosio nos remetía las mantas mientras se descojonaba de Albalá diciendo:

– ¿Tierra reseca? ¡Pero si no hay tierra más verde que Extremadura!

Con mi padre, Javier Pradera, que le publicó muchos libros y artículos, Ferlosio siempre hizo muy buenas migas. Compartían un gran sentido del humor, una extraordinaria pasión por las letras y el irrenunciable derecho a la crítica. Si mi padre se fue del PCE porque no soportaba el axioma de que más vale estar equivocado dentro del partido que tener razón fuera de él, Ferlosio acabó renegando de pandillas y cenáculos literarios porque le obligaban a asumir una ideología izquierdosa que anulaba cualquier reflexión intelectual. Para Ferlosio la ideología siempre ha sido como una empalagosa y desconfiable cesta de Navidad, envuelta en celofán por el partido de turno, de la que no puedes coger solo lo que te gusta. Si agarras las peladillas y el lomo, debes comerte también los mantecados y los polvorones, aunque te den cien patadas.

Esa independencia de criterio, esa defensa a ultranza del aristotélico Soy amigo de Platón, pero aún más amigo de la verdad, es lo que ha convertido a Rafael en un referente moral. Por no casarse con nadie, Ferlosio no se casa ni consigo mismo. Hace unos días le confesaba en EL PAÍS al periodista José Andrés Rojo:

No estoy de acuerdo con todo lo que he escrito en mi vida.”

Y podría haber añadido:

ni en cómo lo he escrito”.

Porque Ferlosio siempre ha renegado de todo párrafo hipotáctico que no se pueda leer en un solo golpe de aliento y él se ha mofado de sus propios excesos sintácticos en numerosas ocasiones.

Felicidades Rafael, por haber llegado a los 90 con la cabeza intacta, por haber hecho toda tu vida lo que te ha dado la gana y por haber dedicado esa vida libérrima no solo a pensar,  sino a enseñarnos a pensar.

Como cuando aquella vez que nos metimos dos pizzas calzone seguidas en Da Renzo – con doble ración de mozzarella, como te gustaba a ti– y me descubriste que lo de que la felicidad está en la moderación era una filfa inventada por los curas.

La felicidad está en el exceso – me dijiste–. Por eso uno exclama:

¡Me he puesto tibio de gambas!

¡Me he reído lo que no hay en los Escritos!

O incluso

¡Pienso seguir escribiendo hasta que cumpla otros noventa años!


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